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TEMAS DE LA SEMANA

Postales urbanas: Feliz cumpleaños

Miles de saludos virtuales de amigos y desconocidos a través de las redes sociales.

Por Cristina Civale
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Desde la existencia de Facebook y nuestra participación arrojada en esta red social de punta, nuestra vida cambió en muchos aspectos. Hasta lo que hace unos pocos años había sido una íntima celebración de cumpleaños, tiene ahora otro sentido.
Recientemente fue el mío. Apenas pasada la medianoche del día anterior, casi al minuto, empecé a recibir saludos. Quienes amablemente me deseaban un feliz día eran unos totales desconocidos. Trataba de recordar la circunstancia en la que había aceptado su amistad virtual y realmente no lo conseguía. Cuando comenzó el furor de la red, si no conocía a alguien en persona que solicitaba mi amistad, me guiaba para aceptarla o rechazarla en los amigos que compartíamos.
De este modo en este momento tengo cuatro mil amigos -y más de cien en una absurda lista de espera- y el día de mi cumpleaños recibí 389 saludos. Es decir, casi el diez por ciento de mis amigos virtuales me había mandado algún tipo de guiño.
No me sentí ni feliz ni infeliz. Atravesé un leve abatimiento producto de una contradicción.
De los 389, con suerte, conocía en persona a unos 50, de los cuales apenas diez son amigos que frecuento -o algo así, habría que rever el concepto de amistad-, los demás queridos colegas o conocidos; tampoco falta en estos casos quien manda un saludo tipo propaganda ni quien, desconociendo totalmente al saludado -en este caso yo-, repite la misma fórmula para cada cumpleaños que decide celebrar, es decir las mismas idénticas palabras para la misma ocasión y para los diferentes saludados.
La confusión, ese dejo de tristeza que sentí al final del día, tenía que ver con dos cosas: primero si tengo cuatro mil amigos y sólo 389 recordaron saludarme, mi popularidad está en baja. Luego, sé que no tengo cuatro mil amigos, así como yo no tengo la menor idea de quiénes son muchos de ellos, estoy segura de que muchos de los que gentilmente me saludaron tampoco tienen la menor idea de quien soy yo. Entonces, para qué. Se creó una rara cortesía virtual que no es hipocresía pero tampoco encuentro una palabra adecuada para describirla.
Extrañé el saludo de voz humana, telefónico o en vivo, de mis amigos verdaderos, algunos de los cuales publicaron un saludo vago en el muro tipo «muac» o «que sea un año con mucha luz» -el énfasis con llenar de luz en la red a veces resulta gracioso- sino que optaron por una fórmula más o menos personalizada para desearme lo mejor o algo parecido por un mensaje privado. Agradezco el gesto.
La mayoría de los amigos de toda la vida se olvidaron de la fecha y recibí sus saludos al día siguiente o en la semana posterior o nunca. Los verdaderos amigos fuera de la red están muy ocupados con sus vidas y entiendo -bah, entiendo más o menos- que se les traspapele de la agenda un hecho que ya a esta altura de nuestras vidas no es tan importante.
Quizá deba agradecer a Facebook la magia de haber recibido tantos saludos en un día en que me sentí solitaria, sin la mágica red social mi teléfono apenas hubiese sonado exactamente como no sonó pero al menos me quedó el alivio del recuerdo de esa maraña de gente imprecisa. ¿Patético? Sí, bastante. Facebook puede convertir una existencia solitaria en una fiesta abrumadora y multitudinaria aunque en el fondo cada uno sepa de qué se trata cada maldita y falsa palabra feliz escupida en el muro que no permite lamentos. Gracias a los 389, sean quienes fueren.

DZ/LR

 

Fuente Especial para Diario Z
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