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TEMAS DE LA SEMANA

Postales urbanas: Archipiélago Plaza Italia

Historia y particularidades de un oasis en plena ciudad.

Por Cristina Civale
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Plaza Italia es una de las zonas fronteras de la Ciudad. Delimita Palermo Botánico con Palermo Viejo en estos tiempos donde el antiguo barrio de Palermo se encuentra mapeado con estrictos fines inmobiliarios. El metro cuadrado sube o baja de valor, según estemos a uno u otro lado de la frontera. Pero Plaza Italia es un borde construido como un archipiélago donde cada una de sus islas representa una parte del cuerpo social que rara vez se mezcla con el otro.

Se encuentra la plaza propiamente dicha, donde se erige desde 1904 el monumento a Giuseppe Garibaldi donado por el gobierno italiano y secuestrado por las rejas que hoy la plaza, como todo espacio verde de la ciudad, exhibe para supuesta seguridad y preservación. Durante la noche cuatro candados la cierran y antes y después es propiedad de los sin techo. Hombres y mujeres con changos y colchones se arremolinan alrededor de los bancos. No hay pibes jugando -tampoco hay juegos-, ni parejas haciéndose arrumacos. Es un espacio que exhibe una de las problemáticas urbanas de más urgente resolución. Pero ellos son como fantasmas de un mal cuento, nadie se detiene a verlos y, si se detiene, ellos amenazan con palos y aullidos, como exigiendo el último derecho que les queda, el de la invisibilidad. La isla que arma la plaza es la del hambre y la del desamparo.

Bien distinta es la isla construida por el Jardín Botánico, ubicado justo enfrente y donde siempre recibe Mario, un puestero que vende panchos por seis pesos y garrapiñadas por cuatro. Más de cien panchos los domingos, menos durante la semana, según el clima. La isla ecológica de la zona, diseñada con elegancia por Carlos Thays, contiene seis estatuas que homenajean una sinfonía de Beethoven, pero los sin techo no cruzan ahí, es propiedad de vecinos que van a leer, a tomar sol, a hacer caminatas o simplemente a tomarse un descanso entre los gatos, los otros abandonados del archipiélago. Frente al jardín y durante el fin de semana se plantan puestos informales donde se venden desde gafas de sol por 20 pesos hasta pañuelos de papel, bufandas en invierno y collares en todas las estaciones. Vendedores ambulantes que matan la sed convidan gaseosas o agua por 9 pesos.

En otro flanco, el Zoológico aparece como un parque de diversiones y confirma que todo en la zona está enjaulado. La isla de la diversión tiene las rejas que separan a los animales, arrebatados de sus ámbitos naturales, de los visitantes que pagan entre 25 y 40 pesos la entrada.

La Sociedad Rural es otra isla, la isla de la indiferencia. Se planta allí como haciendo caso omiso a su territorio, aunque en su misma entrada otros sin techo traten de albergarse con otros changos repletos y colchones bien usados. Cada año grupos itinerantes de otras zonas de la ciudad habitan por días breves la sociedad de las vacas y el campo. Las hordas de los amantes del libro durante la Feria Internacional del tal, la gente de la moda durante la semana de la BsAs. Fashion Week, los amantes del arte contemporáneo durante los días breves de arteBA. Habitantes de otras islas llegan al archipiélago y no se contaminan. Llegan a sus eventos y ni siquiera registran que su fiesta tuvo lugar en el archipiélago frontera. Es un no lugar.
Incrustadas en el archipiélago las avenidas convergen como ríos que llevan y traen a visitantes a la zona, siempre gente de paso. Que camina, veloz, hacia sus trabajos; que se detiene en la zona unos minutos para hacer combinaciones. El archipiélago visto desde arriba se presenta como una rotonda donde giran, enloquecidos por las arbitrariedades de los semáforos cientos de líneas de colectivos, taxis y autos sumados a los pies raudos de quienes caminan sin intención de detenerse.

Miran como invitados los habitantes de los edificios que se alzan sobre Santa Fe, edificios altos, mayoritariamente construidos en los 70, a excepción del exquisito Bencich que se alza en la esquina de Gurruchaga, frente a la comisaria. Desde sus balcones y ventanas, los habitantes admiran el archipiélago y se siente privilegiados de haber comprado en uno de los pulmones verdes. Desde arriba todo se ve mejor porque no se respira y apenas se oye el ruido bajo del archipiélago al que no le falta nada. Bajo tierra, en una de las estaciones más comunicadas de la línea D de subterráneos, murales no muy bien mantenidos adornan las paredes de los viajeros más preocupados por la frecuencia de los trenes que por la decoración.

Los habitantes de los edificios admiran el paisaje urbano que es bello mientras no se forme parte de su maraña tóxica. El archipiélago es una zona de pasaje, tumultuosa, de las más baqueteadas de la ciudad, pero cuando todos pasan se convierte en tierra de nadie y de nada. Sólo los fantasmas del mal cuento se quedan esperando no ser atrapados, aguardando la llegada de otro día cuando vuelva a develar su vida de vorágine, ese embudo, el archipiélago, casi un ovni que abduce cientos de personas cada día.

DZ/rg

 

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