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TEMAS DE LA SEMANA

Porque mi vieja es lo más grande que hay

Un homenaje a las madres a través de estas que integran nuestra historia. Porque disfrutan y padecen, porque fallan y aciertan. Pero siempre están.

Por Daniela Pasik
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Chiste sobre madres. ¿Cuál es la diferencia entre una mamá italiana y una judía? La primera dice “si no comés, te mato” y la segunda, “si no comés, me muero”. Entre esos extremos está plasmada la parodia de cómo son las mujeres que criaron hijos en la ciudad de Buenos Aires a lo largo del siglo XX. En los detalles del medio, con sus variaciones, se completa el mapa.

En realidad, no importa qué relación con la comida tenga una madre española, coreana o peruana, por nombrar sólo algunas otras de las que criaron hijos porteños que las van a homenajear este domingo 18. Todas tienen en común su interés por nutrir (cuidar) a sus pequeños, no importa la edad que tengan. Ése es el ingrediente de verdad que necesita el chiste para funcionar realmente.

Mamá, mami, má, omma, vieja. Ésas son apenas algunas de las formas de llamar a estas mujeres que pueblan la ciudad de Buenos Aires hoy y cada una en su estilo, y como mejor puede, acompaña a sus hijos en el proceso de valerse por sí mismos.

No es fácil ser madre, no siempre es una elección y a veces hasta es una imposibilidad que duele. Debería ser simple, pero en general requiere mucho esfuerzo porque la sociedad no suele ayudar y a veces hasta dificulta las cosas.

La primera luz al final del túnel la puso Alicia Moreau de Justo al apoyar la sanción de muchas leyes esenciales para el reconocimiento de los derechos de la mujer a inicios del siglo XX. Uno de sus logros fue tan básico como inmenso: que se reconozca la patria potestad de las madres solteras.

“Carrousel, sensación/ de que con el alma nos ve mejor”, dice Maribel se durmió, la canción que Luis Alberto Spinetta les dedicó a las Madres de Plaza de Mayo. Era 1983 y ellas daban vueltas alrededor de la pirámide.

Acá, un breve homenaje de Diario Z. La intención es celebrar a todas a través de estas madres. Una diversidad de mujeres de todo tipo, estilo, clase social, origen y país, que se enhebran en una red invisible que vibra y se tensa, que disfruta y padece, que acierta y falla. A todas, ¡feliz día!

La clásica

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La mamá de Mafalda es tan una madre icónica que casi no tiene nombre. Que se llama Raquel es un dato que sólo saben los fanáticos de la tira. Podría haber sido una ama de casa gris, opacada por la mirada de época, pero la creó el gran Quino, así que tiene muchos más matices, fuerzas y debilidades.

Esta madre ocupa un lugar que muchas otras ocuparon en su generación. Entre 1964 y 1973 fue a primera vista una ama de casa, pero hilando no tan fino, es mucho más. Una viñeta que la muestra entera. Mientras ordena la biblioteca, encuentra sus viejas partituras de piano. “Mis trece años. La profesora Giambartoli. Pobre. Ella creía que yo llegaría a ser una gran pianista”, se dice y sigue limpiando. En el cuadrito siguiente se detiene y, con gesto amargo, piensa: “¿Pobre, ella?”.

Es fácil empatizar con Raquel. La mayoría de las mujeres somos un poco como ella, sobre todo al gritar “cobardes” cuando la familia huye ante la temida pregunta de “qué quieren para cenar”.

La abnegada

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“Nadie se atreva a tocar a mi vieja”, cantaba Pappo y ésa es una que la saben todos. ¿Pero sabe la mayoría quién fue realmente la madre de Norberto Aníbal Napolitano?

Doña Berta fue más que un estribillo pegajoso. Esta mujer crió sola a sus cuatro hijos y le hizo frente a una economía adversa trabajando a destajo de lo que sea toda su vida.

Después, con el Carpo ya exitoso, sí pudo ser la jubilada que, como dice la canción “Mi vieja”, consentía al hijo adulto como si fuera un chiquilín. “Con el café me viene a despertar/ me trae el desayuno a la cama/ no existe nadie como mi mamá”, declamaba Pappo en este clásico de clásicos porteño.

La absorbente

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Jorge Luis Borges y su madre tuvieron una relación  intensa. Doña Leonor Acevedo era una dama de carácter firme que acompañó y ayudó a su hijo en cada paso de su carrera y su vida.

Cuando él se quedó ciego,  pasó a ser su lectora y secretaria, así que la endogamia del vínculo llegó a sus máximos niveles. Como ella aparentaba menos edad, y estaban siempre juntos pasándola bien, muchas personas solían creer que era su esposa.

Castradora o sacrificada, pollerudo o agradecido, no importa la opción, realmente fueron, uno para el otro, el amor de sus vidas. Con lo bueno y malo que eso conlleva en una relación de madre e hijo.

La luchadora

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Como hija y como madre, la periodista y escritora Marta Dillon es una guerrera que no se da por vencida. Activista, VIH+, esposa de la cineasta Albertina Carri, madre y abuela son apenas algunas formas de intentar describirla, pero que de todos modos no alcanzan.

La abogada y militante de 33 años Marta Taboada vivía en la clandestinidad con dos compañeros de militancia y sus tres hijos. El 28 de octubre de 1976 fue secuestrada por un grupo de tareas de la Dictadura.

Su hija mayor, que entonces tenía apenas 10 años, aún recuerda ese día. De grande decidió sacarle el epíteto “desaparecida” y en 2010 recibió un llamado del Equipo de Antropología Forense que le confirmaba que habían identificado los restos de su madre. Así, Dillon pudo saber que había sido fusilada en un simulacro de enfrentamiento en 1977.

Tarde, pero sanadoramente, realizó un funeral, que además convirtió en un acto público. Y poco después escribió el libro Aparecida, que publicó este año la editorial Sudamericana. En esas páginas, Dillon reconstruye la vida con su madre y, desde ahí, tiende los hilos que llevan al lector hasta la actualidad.

El hoy de esta hija luchadora la encuentra convertida también en madre, y no menos aguerrida. Naná, la mayor, la hizo abuela hace un tiempo. Furio, de 8 años, el pasado julio recibió el DNI que reconoce su filiación triple. Así, el niño tiene un papá, el diseñador gráfico Alejandro Ros, padre biológico y amigo íntimo de la familia, y dos mamás: Dillon y su esposa Carri, que llevó adelante el embarazo.

DZ/JPC

Fuente Redacción Z
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