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Ballarini: por qué recordamos algunas cosas y otras no

El científico e investigador del Conicet Fabricio Ballarini se describe como “antielitista científico”. Inventó un programa, Educando el cerebro, que ayuda a fijar los recuerdos y mejora el aprendizaje.

Por Juan Carlos Antón
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«Estoy convencido de que el cerebro es el órgano más grosso que existe en el universo”, asegura el joven científico argentino Fabricio Ballarini. Doctor en Biología, miembro del Conicet, 36 años, Ballarini busca que sus descubrimientos y los de sus colegas lleguen a la población y sirvan al desarrollo educativo. Con un estilo informal y capaz de comunicar con sencillez temas complejos –tiene una columna en radio Vorterix con Mario Pergolini–, acaba de sacar su libro REC. Por qué recordamos lo que recordamos y olvidamos lo que olvidamos (Sudamericana).

“Lo que cuento ahí es lo que hacemos acá”, dice Ballarini a Diario Z sentado en el Laboratorio de Memoria del tercer piso de la Facultad de Medicina de la UBA. “Este lugar tiene más de cincuenta años de trayectoria y estoy acá desde hace diez. Cuando entré, no sabía nada de la memoria, pero enseguida descubrí que es mucho más que el hecho de que la abuela se olvide de las cosas o estudiar para repetir como un loro. Lo que más me vuela la cabeza es que la memoria atraviesa a la humanidad de una manera fascinante. ¿Qué es la memoria? Guardar algo y evocarlo, sí, pero ¿qué guardamos? Y, la gran cuestión que a mí me apasiona: la imposibilidad de guardar, que –aunque queramos– no podemos fijar algo. No tenemos un chip que decida qué guardamos. Me fascina que esas neuronas nos comunican y a partir de esa comunicación establecen nuestra vida.

¿Dependemos de neuronas?
Exactamente. Pensar que tres o cinco o siete millones de neuronas, conectadas, están guardando nuestra cara, y que uno depende de que esas neuronas vivan. Si mueren, te levantás, te mirás al espejo y decís quién es éste y te pegás un tiro. Dependemos de neuronas, que son células que intentan sobrevivir porque quieren hacerlo. Los humanos somos un conjunto de neuronas que se comunican eléctricamente. Si podemos saber cómo esa neurona decide, entenderemos por qué olvidamos, por qué recordamos. En el laboratorio investigamos los mecanismos para que algo sea recordado.

¿Cómo funciona?
En términos sencillos, uno está en un lugar y la memoria de golpe hace paff y el recuerdo se guarda en algún lado y entra en un proceso llamado de consolidación que dura muchas horas y es manipulable. En ese tiempo la neurona decide si guarda el recuerdo o no. En nuestro trabajo con roedores, postulamos que las conexiones entre neuronas se hacían más fuertes si a los animales se los sorpredía, si se les generaba alguna novedad. Entonces, descubrimos qué pasaba en el cerebro: había proteínas que ayudaban a sostener un recuerdo y postulamos una hipótesis que se llama “etiquetado conductual”, una de las primeras y únicas que tienen que ver con cómo se guarda la memoria en roedores.

¿Cómo es en los humanos?
Las anécdotas que tengo de mi vida son situaciones que me sorprendieron y la pregunta es por qué me las acuerdo tanto. Lo primero que pensé fue el caso de la voladura de las Torres Gemelas, en 2001. Me acuerdo de todo lo que pasó, antes y después. Me di cuenta de que es parecido a lo que veíamos en los roedores. Y pensé probar si esto pasa en humanos. Hasta 2009, nunca se había hecho a una persona un test de memoria; los subsidios estaban destinados a ratas. La directora me dijo que podía hacerlo pero que dinero no había.

¿Y de qué manera experimentaron?
Pensamos en muchísimas cosas. Lo que se nos ocurrió fue ir a escuelas. Los chicos están sentados siempre en el mismo lugar, suelen venir del mismo barrio y es muy fácil sorprenderlos porque el contexto del aula es rutinario. En un colegio de Avellaneda trabajamos con chicos de entre 7 y 10 años. Necesitábamos mejorar un recuerdo, un aprendizaje. A un grupo, la maestra le leía un cuento, seguía la clase como si nada y al otro día encargaba una actividad sobre el cuento del día anterior. Y a los pibes les iba mal. A la otra división, en paralelo, se le leía el mismo cuento, pero en determinados tiempos, se sorprendía a los chicos. Los llevaban al laboratorio y allí estábamos nosotros con tres probetas, dos huevos duros y hacíamos cinco experimentos con dos pavadas. Algo extraño en esa escuela.

Ni relacionado con el cuento.
Para nada. El texto era “Gervasio, el hombre bala”, de Ema Wolf. Notamos que a esos chicos que habían sido sorprendidos les preguntamos lo mismo que al otro grupo y tenían un rendimiento superior, como el 60 por ciento más. Entre las preguntas, había tres, muy difíciles, y cuando no tenían la sorpresa, las respondían el 20 por ciento pero cuando tenían sorpresa, las respondían el 70. Un aumento del 270 por ciento de efectividad.

Recordaron toda la mañana, incluido el cuento, gracias a esa sorpresa.
Así es. Cuatro años después fuimos para hacer una nota para el Conicet con los mismos chicos del experimento, y se acordaban de nosotros y del cuento. Desde 2009, testeamos a más de 1.600 chicos en escuelas de distinto tipo, de villa, supercaras, bilingües… Variamos todo, el momento del día, las estaciones, pero el resultado siempre fue igual.

¿Y cómo fue la “bajada educativa”.
Tenemos un proyecto: Educando al cerebro. Son conferencias para docentes, que van a escuchar a científicos para mejorar sus clases. Eso no pasa en ningún país, sólo en la Argentina. Me gusta el desafío de que un biólogo pueda capacitar a docentes en aprendizaje y memoria. Es algo que jamás imaginé. Las charlas son gratuitas.

¿La Argentina tiene poca memoria?
Sucede que estamos saturados de sorpresas. Quemamos el fusible de la sorpresa. El estrés es bastante malo para la memoria. En casos agudos, produce amnesia. Tenemos que tener conciencia de que vivimos creando memorias falsas. Cada vez que contamos una anécdota, la edulcoramos, le metemos el sentimiento de ese día. Y la memoria está influenciada por los medios, los amigos, la familia. Esa manipulación altera nuestros recuerdos y creemos haber vivido algo que, en realidad, no vivimos.

Perfil: Doctor en Ciencias biológicas e investigador del Conicet. Trabaja en el laboratorio de Memoria del Instituto de Biología Celular y Neurociencia de la UBA. Se dedica a la divulgación científica. Vive en Palermo.

DZ/ah

 

Fuente Redacción Z
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