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Plaza Houssay: espacio de usos libres

Fue un hospital y una facultad. Hoy hay chicos y estudiantes.

Por Juan Carlos Antón
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Les salió el tiro por la culata. Cuando el 9 de julio de 1980 el brigadier Osvaldo Cacciatore, por entonces intendente de la Capital Federal bajo la dictadura, inauguró la plaza Bernardo Houssay, seguro que no imaginaba marchas estudiantiles a toda hora, grupos de skaters volando entre sus paredes de cemento o partidos políticos haciendo propaganda. No. La idea era más bien otra. La Houssay, llamada así para homenajear al primer premio Nobel científico argentino, fue concebida como una plaza seca. Y ha sido caracterizada por vecinos y arquitectos sencillamente como “fea”.
Adolfo, coordinador de la feria de artesanos y dueño de un puesto de bijouterie, señala que la plaza “fue la única que figura como plaza antichoque. Te darás cuenta por las paredes de alrededor. No podés escaparte si te rodea la policía”. Y es verdad, a pesar de las modificaciones que se le hicieron hace seis años, y que inauguró el entonces jefe de gobierno porteño Jorge Telerman, la Houssay sigue siendo una plaza gris, casi militarizada.

Antes de la Houssay actual, en esta manzana delimitada por Córdoba, Junín, Paraguay y Uriburu, se encontraba el viejo Hospital de Clínicas. En ese edificio, reacondicionado, funcionó la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA entre 1973 y 1975. Los demoledores sólo preservaron la capilla, hoy parroquia San Lucas. Dos amigas, Ana y Mónica, salen de la pequeña iglesia luego de participar de la misa de las 11. Recuerdan el pasado y se lamentan del presente: “Venimos por un sacerdote espectacular, Juan Cruz, que está trabajando mucho. Antes había más misas y por la inseguridad debieron sacar la de la noche”, señala Ana.

Lo cierto es que, más allá de estos peligros nocturnos, durante el día, el lugar es visitado por cientos de estudiantes de las facultades vecinas, oficinistas de paso y skaters que aprovechan el cemento para hacer sus piruetas. “Durante la semana somos unos cuantos, pero los findes hay miles de chicos que vienen”, dice Sebastián (15), vecino de Abasto, que viene desde que tenía seis.

Sobre avenida Córdoba, la plaza está dominada por la feria de artesanos. Dentro de los aproximadamente veinte puestos, hay sombreros, macramé, tejidos, cuero, ropa para bebés, mates y regalería. La feria funciona de 10 a 18 de lunes a viernes. “Yo estoy acá desde hace siete años –dice el artesano–. La verdad es que antes era más fea. Le pusieron dos fuentes y un poco más de árboles pero todavía hay gente que duerme acá o en los alrededores. Lo último nuevo fue el sector de bicicletas”. Precisamente, en la esquina de Córdoba y Uriburu, Brenda y Natalia atienden una estación del programa Eco bici, impulsado por el gobierno porteño. “Hacemos 200 préstamos diarios. Vienen mayormente estudiantes y es gratis”, señala Brenda.

Si bien el diseño de la plaza se mantiene, de día está repleta de jóvenes y adolescentes que lo hacen propio. Romagnoli señala que “este uso de hoy viene a romper con toda la carga ideológica represiva que posee el lugar. La plaza es una reivindicación de la libertad de expresión y se convierte en una opción de uso y apropiación del espacio público urbano”. Una realidad muy distinta de la seca y pulcra que Cacciatore había imaginado.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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