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TEMAS DE LA SEMANA

Pepe Cibrián: “No permito que me callen”

Feliz con el éxito de El hombre de la Mancha, el gran director habla de su vida.

Por Ayelén Iñigo
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Pepe cibrian

La gente hace cola para entrar a ver El hombre de la Mancha, el exi­toso musical dirigido y protagonizado por Pepe Cibrián. Pepe está instalado en su camarín del Maipo, vestido con ropa de­portiva y todo está perfectamen­te preparado como a él le gusta. “Yo vengo al teatro tres horas an­tes. Me gusta estar en el camarín, que mi asistente me lo prepare, porque es como mi casa”, cuenta Pepe, quizás uno de los represen­tantes más importantes del teatro musical nacional.

¿Todos los actores suelen res­petan ese ritual del camarín?

Los actores ahora, en general, no lo viven así, llegan a último mo­mento. Pero si uno tiene vocación tiene un gran respeto por el ritual El teatro es algo sacro que además nadie te obliga a hacer. Una ofi­cina te obliga, nadie tiene voca­ción de oficinista, es un muy dig­no trabajo pero no tiene vocación. En cambio para el actor de raza es devastador no poder subirse al es­cenario o hacer una función.

Va a hacer cine por primera vez, ¿cómo se prepara?

Estoy muy emocionado. Me en­trego por completo a Marcos Car­nevale, me parece un gran di­rector. Empezamos a filmar y va a ser una película muy costosa. Pero muy grato, con un muy lindo elenco con Graciela Borges, Nor­ma Aleandro, Marilina Ross y Ana María Picchio, entre otros.

En El hombre de la Man­cha hace de Quijote y dirige. ¿Cuesta salir de la dirección?

Al principio me era más difícil, pero luego ya no, porque tengo grandes colaboradores muy ex­pertos y si hay un conflicto lo re­suelven. El elenco es maravilloso. Nos cansamos, pero es un can­sancio con pasión. Muchos jóve­nes creen que el éxito es la tele­visión, pero casi todos terminan siendo descartables.

¿Qué particularidad le dio a la obra, que ya tiene 50 años?

Aggiorné algunas cosas con las que no estaba de acuerdo de la versión original. Hice una versión más moderna, desde el vestuario, el decorado, los actores. Mi hispa­nidad la llevo de mis ancestros. El papel de Quijote me es natural.

¿Tu infancia determinó tu vo­cación?

Tuve una infancia muy solitaria. Mis padres eran actores muy re­conocidos y era una época de mu­cha gloria del teatro, en los últi­mos retazos de la belle époque. Se trabajaba mucho, se hacía cine, teatro, televisión, revistas. Era otra concepción la del actor, a mí no me llevaban al colegio. A la tarde ellos se iban al teatro y a la maña­na mi papá estaba en casa pero en su escritorio, escuchando mú­sica clásica y corrigiendo libretos. Viví una época de ellos tan mági­ca. La vida me dio la oportunidad de hacer teatro después.

Recuerdo su discurso en favor del matrimonio igualitario. ¿Siempre dice lo que piensa?

Siempre he dicho lo que pienso. Mi padre peleó en la Guerra Civil Española a los 19 años, se exilió toda su familia, luego se fueron a México y no volvieron a Espa­ña. Tengo una historia de lucha, de ideales. Mi ideal es decir lo que siento; trato de ser respetuoso, pero no permito que me callen.

¿Nunca pensó en ser padre?

Pensé mucho en si traer un hijo a este mundo.

¿Lo haría?

Hoy ya no. A mi edad ya no siento que pueda criar a un hijo. Estoy en un momento de mi vida en el que quiero disfrutar otras cosas.

¿De qué?

Del teatro, de Santia­go (mi pareja), de mi casa, de viajar, de mis perros. Y soy fe­liz. Con mis perros y mis plantas siento que es una forma de ser padre. Tengo un jardín her­moso que recorro todos los días, me encanta ver crecer mis plantas. Cuando las veo tristes intento sa­carlas adelante, porque tienen una energía preciosa. Me encantaría que me pudieran proteger.

¿Cómo se lleva con el paso del tiempo?

Lo único que me angustia es no tener tiempo para hacer lo que quiero. Y otra cosa que me angustiaría mucho es la decadencia, la mental sobre todo. Creo que si me pasara ele­giría irme de este mundo. Toda mi familia murió muy anciana.

Además se cuida mucho.

Sí. Estiro todos los días, como tranquilo, no fumo, no bebo. Me encanta llegar a mi casa, tirarme en la cama, ver series. Nunca me he drogado ni tomé alcohol. No por puritano sino porque no quie­ro perder mi fantasía ni el control sobre mí mismo.

¿De qué tiene miedo?

Del afuera. Hice 48 años de tera­pia. Ahí hablo de cómo manejar esto, de por qué me afecta tanto, o cómo manejar un elenco, o los problemas de pareja. Hay cosas que uno no va a poder resolver, son marcas. De mi infancia, ten­go miedos que no puedo cam­biar. Mi madre era muy ale­gre pero tenía miedos de la guerra, se des­pertaba gritando.

Cuando viaja, ¿le gusta ver tea­tro?

Cada vez menos. En Broadway ya no me gusta ver musi­cales. Me parecen todos iguales, plásticos, sin emo­ción. No tienen la sangre que tenemos los argentinos para todo. Gastan millones en cosas sin sentido.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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