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Pedir lo que uno quiere es sexy, no te calles cuando te revolcás

Reservado, silencioso, insistente, perseverante. A los que creen que todas esas son cualidades en la cama, Vera Killer los anoticia de lo contrario.

Por Vera Killer
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La primera vez con otra persona suele implicar cierto nerviosismo. ¿Cuántas cosas que no te gustan mucho te aguantás por no decir “la oreja no”? ¿Y cuántas otras te perdiste por no soltar un “agarrame así”? Al final, entre el vértigo, la mini vergüenza y cierto respeto a la hora de ser irrespetuosos no se la pasa tan bien como se podría. Por eso creo que para revolcarse bien lo mejor es decir todo (y de todo).

No es mandonear. Ni criticar. Ni narrar lo que hay que vivir. Ni hablar de más. Es sólo aclarar, indicar, decir. Y sirve para colaborar mutuamente y pasarla mejor. Desde hace años decidí no callarme nada, si me saco la ropa también me saco los pruritos. Decir claramente lo que me gusta y lo que quiero es la mejor forma de que pase lo que me gusta y lo que quiero.

Por supuesto espero lo mismo de mi dupla del momento. Es algo tan fácil, tan sencillo, y sin embargo tantos no lo entienden. Voy a contar una anécdota que ejemplifica el conflicto, es una experiencia en donde fui testigo y protagonista de la guerra concreta entre decir y callar. Ustedes definan quién perdió.

Con B. estuvimos coqueteando un tiempo largo hasta que por fin llegó el momento del sexo. Me parecía hermoso, y me daba mucha curiosidad todo con él. Qué gusto tendrá su transpiración, con cuanta firmeza podrá sostenerme con esos brazos fibrosos. Ahí estaban a mano sus partes ásperas, las más suaves, y las quería tocar ya. Él se sentía ansioso, me daba cuenta. Hablaba rápido y se enredó en los pantalones mientras se los sacaba, qué risa.

Los dos teníamos tantas ganas como expectativas. Yo también estaba un poco pavota, no se crean. Mi estado, mi línea mental, era más o menos así: revolcarse con este pibe tiene que estar buenísimo, qué bien huele; ojalá que esté buenísimo, parece medio torpe; ay, ¿y si a él no le parece buenísmo?; dios mío, ¿Y SI A MÍ NO ME PARECE BUENÍSIMO?

Hagamos ahora una pequeña elipsis temporal. Ya estamos con B en la cama, desnudos, su transpiración es deliciosa, sus brazos firmes, y la previa que va por buen camino. Me vuelve loca. Es genial. Qué sexy. Ay, sin apuro. Eh… sigue. Mmmm, un poco larga. Puf, no avanza. Uh, eterna. Oh, me aburro. Si me sigue frotando me voy a paspar. Por favor, basta.

Entonces le dije, dulce y cachondamente, “Por favor, basta de previa”. Pero entre las sensibilidades a flor de  piel (las emocionales de él, no las literales mías) y ese orgullo de machito que algunos varones lamentablemente portan, entendió que yo no quería seguir. Y paró todo. Sacó sus manos de dónde estaban, se levantó de la cama, se fue lejos.

Le expliqué que al contrario, que justamente lo que más quería era seguir adelante. Avanzar, pasar a la parte suculenta y basta de anticipos. ¡Quiero fornicar, propiamente! Por favor, ahora, me muero de ganas. Algo así dije, no me acuerdo bien, estaba muy inquieta. Y no sé por qué, si fui tan clara, él entendió que yo decía que su desempeño era malo. Y se ofendió. Y se puso los pantalones. ¿Por dónde se comienza a desenredar esta maraña de lo dicho versus lo no dicho?

En nuestra sociedad, de muchos modos –públicos y privados– el sexo sigue siendo un tabú. Callarse, o no querer escuchar pedidos, es una de las nuevas formas, más modernas, de mantenernos en cierto oscurantismo pacato y moralista. El machismo encarcela a hombres y mujeres en clichés de fuerza y sumisión, respectivamente, de los que es difícil escapar. Hay que salir de eso siempre. ¿No? Porque aquella vez ganó el callarse, y perdimos los dos. Por eso, y más que nunca, sigo pidiendo siempre lo que quiero. Hagan lo mismo.

DZ/dp

Fuente Redacción Z
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