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TEMAS DE LA SEMANA

Parque Avellaneda: aire puro y cultura

Es la segunda área verde de la Ciudad. La disfrutan los vecinos y es el lugar de ensayo de grupos de teatro y murgas. Hay edificios históricos y más de 150 especies vegetales.

Por Natalia Gelos
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El sábado por la mañana el Parque Avellaneda se ve calmo y silencioso. Se escucha una flauta con aires andinos, algunos pasean a sus perros y los puestos de la feria ambulante se arman con lentitud. Hay muchos vecinos que aprovechan el entorno natural para hacer ejercicios, correr o andar en bici. Al ojo no entrenado se les escapan los 31 tipos de aves que se esconden entre las 150 especies vegetales que han sido testigos de los cambios ocurridos con el paso de las décadas.

Aquí, en estas 38 hectáreas delimitadas por Lacarra, Directorio, Moreto y Laferrere se sucedieron pueblos originarios, casas de refugio para huérfanas, familias patricias y un delineamiento de parque público que, con las dictaduras militares, se ahogó. Ya en democracia, resurgió por prepotencia de trabajo de los vecinos que recuperaron su historia y lograron forjar una experiencia inédita de coparticipación en la gestión junto al gobierno municipal. Una historia de política participativa que en los últimos años ha hecho fuerza contra la resistencia del Gobierno de la Ciudad, y que mantiene la coherencia y la actitud activa y en alerta. Un parque donde la naturaleza está atravesada por la participación.

Historia

Es el segundo parque de la Ciudad. Sólo el Tres de Febrero es más grande. Aquí las comunidades de querandíes cazaban y recolectaban su comida. También funcionó una estancia para huérfanas cuando todavía era una zona rural, entonces, conocida como La isla del pozo. Luego, en 1828, se convirtió en la chacra de Domingo Olivera. También aquí funcionó una “escuela para niños débiles”, cedida por esa familia, y con una colonia movilizada por Antonio Zaccagnini. En 1914 se consolidó como parque, con el diseño de Benito Carrasco. En 1972, la delimitación barrial les dio su nombre a las cuadras aledañas.

Si sabemos todo ello es porque con la llegada de la democracia, un grupo de vecinos empezó a construir la memoria del Parque Avellaneda y buscó la forma de sacarlo de ese letargo en el que lo habían dejado los años de dictadura, que habían borrado la impronta ciudadana a fuerza de alambrados, y de ubicar reparticiones municipales en lugares de uso público.

Fabio Oliva entonces era un estudiante de arquitectura y entendió la importancia de asentar la identidad barrial a través del CESAV (Centro de Estudios Sociales y Actividades Vecinales). Oliva cuenta: “El oeste ha sido siempre una cuña de servicios. No tiene los problemas del sur, ni los beneficios del norte. Pero tiene un carácter diferencial. En el 92 nos encontramos con un grupo que se llamaba GAO del Oeste. Esta gente tenía una metodología participativa y hubo una sinergia de nuestra experiencia territorial con la de ellos que se complementó muy bien y nos llevó a que armáramos las jornadas para crear participativamente un plan para recuperar el parque”.

El plan de manejo se terminó de armar en 1994. Pese a tironeos y reticencias por parte de las autoridades de la Ciudad, en 1997, por fin, se logró conformar una Mesa de Trabajo y Consenso, que fue reconocida formalmente en 2000, con dos decretos que además de crear el Área Parque Avellaneda, designaban un administrador ad honorem para mediar e interactuar con ellos. En la actualidad, el administrador es Alfredo Giménez.

Los años consolidaron un espacio sin precedentes de gestión asociada que hasta hoy se mantiene sólido aunque la lucha de los vecinos organizados es para que reconozcan la importancia de la cogestión.

Juan Carlos Peralta lleva cuarenta y cinco años como calesitero y maneja siete en todo Buenos Aires. Entre ellas, la del parque, que es Patrimonio Cultural de la Ciudad. Está instalada desde 1960 y se conserva como en aquella época. Es la segunda más grande de la ciudad.

Un domingo al mediodía, el lugar explota de niños y padres que toman fotos. Peralta dice que a diferencia de otros lugares en los que trabaja, aquí se destaca la variedad: “Hay varias clases sociales, por eso el precio es accesible. La gente que no quiere hacer muchos kilómetros viene acá a recrearse con los chicos”.

Cambio de piel

Los espacios han sido recuperados. Así, donde funcionaba un antiguo tambo, hoy se desarrollan actividades de artes escénicas y basta ver tras bambalinas para chocarse con los carros de la murga, los muñecos de diferentes obras, los vestuarios.

“Acá todo se recicla, y pese a que no tenemos lugar, lo conservamos porque es material que sale muy caro y que puede servir para otras oportunidades”, cuenta Gabriel Roel, que está al mando de la murga Los Descarrilados del Parque Avellaneda. Hace treinta años que vive en el barrio y desde siempre estuvo vinculado al parque. También integra la comisión que se ocupa de la situación de la Casa Reconquista, que, sobre Lacarra y con dos plantas con varias habitaciones y material histórico, está abandonada.

Entre los habitués del parque se da un cruce de generaciones, en el que cada una de ellas se apropia de diferentes formas del lugar. Graciela Vouto, por ejemplo, siente un fuerte arraigo por el parque. A su madre la traían al natatorio en los años que funcionaba como colonia; quien fuera su marido cantó en un coro dentro de la misma pileta, pero vacía, cuando habían empezado a recuperar el espacio pasada la década del ochenta, y aquí trajo a sus niñas a presenciar teatro callejero. Ahora, pasa la tarde en una manta, entre mates y lecturas. “Acá hay mucho de mi historia personal. Mi vida está atravesada por este parque”, dice.

En la semana se realizan actividades culturales. Por ejemplo, ensayan la murga y el mítico grupo de teatro callejero La Runfla. También hay un vivero histórico, de 1917; una escuela primaria y una secundaria. El lugar es, además, centro de festividades de la comunidad aimara, atraída por el espacio que conformó el grupo Wayna Marka. En noviembre, el parque cumplirá 101 años. A meses de ese aniversario, su identidad se refuerza en una tríada indisoluble: naturaleza, historia y participación.

Fuente Redacción Z
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