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Parador Monteagudo: la alianza de los hombres solos

El Monteagudo puede ser un punto de partida para rearmar la vida.

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Horacio Ávila, el coordi­nador del parador Mon­teagudo, dice que la calle se ha vuelto muy hostil. “Eso que dicen que antes había códigos, es verdad. Ahora la droga está haciendo mierda a mucha gente. No hablamos de alguien que se toma una línea de cocaína o se fuma un porro, hablamos de algo muy jodido como el paco.” La calle es un submundo donde conviven miles de realidades, historias personales con un común denominador: gente sin un lugar adonde dar con sus huesos para pegarse un baño, tomar unos mates o comer. “En la calle conviven filósofos con empresarios que perdieron todo, viejos aban­donados por sus familias con pibes que se escaparon de sus casas porque no daban más”, explica Ávila. Una pesa­dilla donde puede sentirse el miedo a caer aún más abajo, donde circulan historias sobre sicarios que trabajan para el tráfico de órganos y se es presa fácil de cualquier sus­tancia que otorgue, al menos por un instante, un poco de tranquilidad química.

“Cuando uno está en la calle, no duerme de no­che”, dice Fabio Manupella, a quien llaman el Duende. “Tenés siempre el miedo de que te quemen o te caguen a palos para sacarte lo poco que tenés”. Fabio tiene 50 años y una historia que se parece a la de muchos. En 2001, su vida no podía estar peor. Al menos eso pen­saba. Se había quedado sin trabajo, sin esposa y estaba enroscado con la cocaína. El corralito hizo el resto. Con sus pocos ahorros en el banco, con la plata que le que­daba en el bolsillo y solo, Fabio empezó a pernoctar en Plaza Flores, luego Constitución y Paseo Colón. El peor día fue cuando tuvo que revolver por primera vez un tacho de basura para buscar comida. “Eso es lo peor que te puede pasar, imaginate cómo te pega eso a nivel mental, te parte al medio”, dice mirando fijo, como si recreara la escena.

“Esto es un homicidio social, para la sociedad no existimos más”, agrega en un español mezclado con italiano Andrea Cannone. Romano criado en Venecia, Andrea vino a la Argentina en 1997 detrás de una chica. Con un doctorado en filosofía oriental, comenzó a dar clases en la Facultad de Filosofía y Letras. En 2001, los ahorros traídos de Italia quedaron atrapados en el banco. La de­cadencia vino en cadena: per­dió a su mujer y a su trabajo como profesor y desarrolló un trastorno bipolar. “Cuando caí en la calle, todos los que ya estaban contaban que los primeros en caer en esta situación fueron muchos ex combatientes de Malvinas. Nosotros somos los ex combatientes del desastre eco­nómico de 2001”, grafica Andrea. Y ensaya: “La acu­mulación del capital destruye las relaciones humanas, el compañerismo. Acá en el Monteagudo pudimos resca­tar esos valores, nos ayudamos y nos entendemos”.

Jagger interviene en la charla. Saca fotos, ceba ma­tes y hace preguntas. Tiene 28 años, la mirada celeste, cristalina. Jagger, en realidad, se llama Oscar Nievas. Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por el paso por institutos de menores. Alos 18 llegó al Borda. Alos 20 se escapó. Empezó a frecuentar espacios culturales, como la fábrica recuperada Impa, el Centro Cultural El Surco de Boedo, la Casona Humahuaca en Almagro. Participa en La Colifata desde hace tres años. Tiene las marcas de dos balazos de goma que recibió durante la represión en el Borda. Su sueño: tener su propio centro cultural. El Monteagudo no es igual a otros paradores. “Antes de conocer este lugar, yo prefería dormir en la calle”, dice Jagger y recoge la adhesión del resto.

DZ/km

Fuente Redacción Z
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