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TEMAS DE LA SEMANA

Palomas en Buenos Aires: La amenaza aletea descontrolada en el aire

Transmiten no menos de 40 enfermedades. Nadie sabe cuántas son ni cómo detenerlas.

Por fernanda-sandez
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Picasso imaginó a la suya como un esbozo. Un par de alas negras, un tallo en el pico. La paz encarnada. El general Julio Argentino Roca, en cambio, la imaginó más aguerrida. De hecho, cuando introdujo la variedad mensajera al país (allá por 1880) lo hizo justamente para usar a esos pájaros como correo en tiempos en donde la comunicación militar era una cuestión clave pero a la vez paupérrima: sólo contaban con el telégrafo como segunda opción. Recién seis años más tarde, en 1886, un dúo de belgas desembarcado en Zárate (los señores Van den Zander y Duvivier) inició el entrenamiento civil de mensajeras, dando así comienzo a la colombofilia criolla. Es por eso también que en la ciudad de Zárate existe un monumento que en la ciudad de Buenos Aires (bombardeada a diario por los «primos lejanos» de algunas de estas aves) tendría muy pocos admiradores: es en honor a la paloma mensajera.

¿Qué sucedió en el medio? ¿Cómo fue que la paloma común -o Columba livia, la grisecita y blanca con cuello tornasolado que posa en todas las fotos de nuestra infancia- pasó de amable pajarillo a plaga urbana? El dato básico es que la paloma tiene, como especie, cinco mil años de historia y también una increíble capacidad de adaptación a los más variados climas y paisajes. Así lo consigna la página electrónica de la Federación Colombófila Argentina, donde se lee que «montañas, grandes ríos, enormes zonas desérticas, vastas praderas, fuertes vientos sobre la meseta patagónica (…) hacen de la colombofilia nacional una de las más ricas en variedades adaptadas a cada circunstancia, convirtiendo a nuestras mensajeras en algo muy especial que difícilmente puedan imaginar quienes practican el deporte en otras latitudes». El punto es que, más allá de las mensajeras, de la práctica deportiva y de las casi 200 sociedades colombófilas que existen en el país y que comprenden aves cuidadas, entrenadas y con un criador responsable, existe otro tipo de palomas. La versión «cimarrona» (introducida aún antes que los casales de Roca, y no mensajeras como éstas), que proliferó al conjuro de tres factores que sólo se dan en las grandes ciudades: ningún predador, abundante agua y comida y clima benévolo. Así las cosas, las palomas se volvieron ejército descontrolado, con «bases» en Plaza de Mayo, en la zona de Congreso y en prácticamente en cada plaza de la ciudad. Una verdadera «fuerza aérea» de la que ni siquiera sabemos con cuántos soldados cuenta ya que no hay hasta ahora un registro fiable de su población en la Ciudad. Lo que sí sabemos a qué alucinante velocidad crece porque la paloma puede llegar a criar hasta cinco pichones por año. Diez palomas serán pues más de cincuenta en apenas doce meses. Y cada una de ellas defeca kilos de excrementos durante ese mismo período, lo cual representa un problema doble. Porque, por un lado, en las heces de la paloma existen varios agentes patógenos que -al secarse la deposición- pueden ser fácilmente aspirados; por el otro, la alta presencia de ácido úrico y fosfórico en esos desechos los torna una verdadera «bomba cáustica» para los monumentos, los frentes de los edificios y las salientes donde tanto les gusta posarse.

Pestilentes y «erosivas»

La escena es un clásico: niñitos correteando a las palomas en la plaza y abuelos gastando su módica jubilación en paquetes de maíz. Es la postal de cualquier barrio porteño pero, también el reflejo de todo lo que no sabemos sobre estas porteñas con plumas. Porque, para empezar, las palomas no sólo transmiten una sorprendente cantidad de enfermedades (entre ellas, la histoplasmosis y psitacosis, tuberculosis, clamidiasis, neumoencefalitis, diarrea aguda, etc.), sino que pueden generar alergias y hasta contagiar parásitos tales como piojos y pulgas. Además, el polvillo que agitan al batir las alas (ese efecto «tormenta del desierto» que tanto les gusta a los más chiquitos) es un verdadero peligro porque vuelan en ese aire toda clase de bacterias, gérmenes y hongos. Hace casi un año, de hecho, un grupo de científicos investigó a un conjunto de palomas y llegó a la inquietante conclusión de que estas aves pueden transmitir enfermedades (aun cuando ellas no las sufran) y ser -en palabras del Dr. Fernando Esperón, el médico que condujo el estudio-, «riesgosas reservas de patógenos humanos». Dicho de otro modo, la convivencia forzada entre personas y pájaros ha convertido a estos últimos en portadores de agentes con capacidad de enfermarnos.

«Los investigadores hallaron una bacteria llamada Chlamydophila psittaci en el 52,6% de las aves capturadas y otra llamada Campylobacter jejuni en el 69,1%», informó la agencia Reuters. «En los humanos, la psitacosis a menudo comienza con síntomas gripales y se puede convertir en una neumonía peligrosa para la vida. Y, de acuerdo con Esperon, la bacteria de la especie Campylobacter es una de las principales causas mundiales de diarrea aguda. En muchos países, como Inglaterra, Gales, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, la infección de Campylobacter jejuni provoca más casos de diarrea aguda que la infección con las especies de salmonella», consigna el cable. Para ampliar la información, este diario se comunicó con el Instituto de Zoonosis Luis Pasteur, desde donde fue derivado a «prensa del Ministerio de Salud de la Ciudad». Allí nos dirigimos, y tras diez días de llamados y paciente espera, no obtuvimos respuesta alguna. «El Dr. Lencinas dice que no responde sobre el tema palomas», explicó Silvia, de prensa del Ministerio de Salud. Luego de explicarle que para otros medios sí había hablado de estas aves -y que, justamente, el Pasteur es el único centro municipal especializado en Zoonosis- reanudó las gestiones. Tampoco esta vez hubo respuesta a nuestras dudas.

Volviendo a las simpáticas «colombas», lo cierto es que los sitios en donde anidan tampoco son un canto a la higiene. Allí, atraídas por la perspectiva de calor y caca a granel, varias especies de artrópodos (ácaros, chinches, garrapatas, vinchucas y la lista sigue) se dan cita y se convierten en un verdadero peligro para la salud de quienes vivan techo debajo de ese lugar. Y a menudo es hasta el techo mismo el que corre peligro. Veamos: como las palomas suelen sufrir de un déficit crónico de minerales, tratan de equilibrar su dieta picoteando sin miramientos paredes, revoques y cuanta superficie se les ponga delante. ¿Resultado? Sometido a ese régimen de excrementos ácidos (la paloma, al carecer de vejiga, depone lo que come en muy poco tiempo y todo junto: orina y materia fecal), «alto tránsito» y picoteo a repetición no hay frente, estatua ni edificio, por histórico que sea, que pueda sobrevivir intacto. Así, los metales expuestos al ir y venir de palomas se corroen o cambian de color, mientras que los frentes de piedra menos resistentes (los de piedra, por caso) son directamente «devorados» por el cáustico desecho de las aves. No por casualidad son un verdadero problema no sólo en Buenos Aires sino en las demás grandes ciudades del mundo. De Trafalgar Square, en Londres, a San Marco, en Venecia (ver recuadro) las bandadas de palomas dominan el escenario y generan las postales más lindas. Pero también amenazan, y cómo, el patrimonio artístico de cada ciudad.

La guerra de las plumas

Así y todo, ¿quién se animaría a entrar en conflicto contra el símbolo de la paz? ¿Cómo, más allá de toda broma, se controla la reproducción de un ave que -en nuestro caso, al menos- está incluso protegida por una ley que impide su sacrificio? Por lo pronto, según pudo saber este diario, no hay desde el Gobierno ninguna política o acción al respecto. No hay un área o programa específico referido al tema y al que los vecinos puedan recurrir con su queja. Existe solamente un Programa de Prevención de Plagas (dependiente de la Subsecretaría de Política y Gestión Ambiental) mediante el cual «se llevan a cabo acciones tendientes a combatir y controlar las poblaciones de especies plagas en la Ciudad, a fin de prevenir posibles transmisiones de enfermedades, evitar perjuicios a la salud de la población y el deterioros en sus bienes. A la vez, se informa acerca de medidas de exclusión de las distintas especies que no son consideradas plagas (murciélagos, palomas, lagartijas, entre otras)». En otras palabras, para este programa ratas y cucarachas quedan comprendidas dentro de esta categoría, mientras que murciélagos y palomas no son plaga. De todos modos, en el teléfono que figura en la página del Gobierno de la Ciudad jamás nos contestaron y en el número gratuito habilitado para consultas (0800 999 2777), una grabación de lo más amable nos informa que «el número solicitado no corresponde a un cliente en servicio». Quedan, sí, las decenas de compañías que ofrecen «servicios antiplagas» para erradicar a las aves. Por suerte las opciones no son cruentas, y van desde espantapájaros hasta pinches de puntas redondeadas que -colocados en balcones y salientes de un frente- impiden que las palomas se posen y se acomoden allí. Hay también unas ingeniosas «pastas» que al ser colocadas en los posaderos de los pájaros les hacen perder la estabilidad y al cabo de dos o tres patinadas, las palomas se van para no volver. Existen además redes que impiden que los pájaros se acerquen. Pero, en cualquier caso, de nada sirve semejante batería de recursos cuando lo cierto es que en plazas y parques las bandadas siguen reproduciéndose descontroladamente.

¿Que son bonitas? ¿Y quién dijo que no? Son tan porteñas como el Obelisco y el chocolate con churros en La Giralda. Pero no menos cierto es que representan un riesgo serio para la salud de todos.

DZ/km

Fuente Redacción Z
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