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Paintball, ensayo lúdico del aniquilamiento

El juego de guerra que funciona en el ex KDT admite jugadores desde los 12 años, aunque la asociación sugiere que tengan más de 14. El dueño, un monotributista, ha tenido garajes y parrillas, siempre con «permisos precarios».

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Paintball

Está ubicada debajo del extremo norte de la au­topista Illia, que atravie­sa el parque de lado a lado. Para ingresar, hay que pa­gar la entrada al KDT (8 pesos por persona, 10 pesos por automó­vil), que no viene incluida con el alquiler de la cancha. Del mismo modo que el alquiler de la cancha de paintball tampoco está inclui­da en el tarifario oficial de los po­lideportivos porteños, establecido por ley a fines de 2012.

Hay dos campos de juego. Uno, de terreno irregular y 100 metros de profundidad, está des­tinado al juego amateur. El otro, de piso liso y menores dimensio­nes, se acerca más a los estánda­res profesionales.Ambos están enrejados. Entre ellos está ubi­cado el pañol donde se velan las marcadoras, pelotitas y másca­ras. No hay vestuario ni baño a la vista, excepto los que son pro­pios del parque.
El campo para principiantes ya está libre. El suelo está cubierto de escombros y la tierra luce re­movida. Desde un extremo es casi imposible divisar el otro. Está pla­gado de obstáculos, como pallets de madera, tachos de 200 litros y otros elementos –hay hasta una pequeña cabaña de juegos– que servirán como refugios.

El otro campo, más profesio­nal, con obstáculos inflables de formas geométricas, está ocupa­do por un grupo que lo alquila to­dos los fines de semana. Practican juegos cortos y a muy alta veloci­dad. Varios de ellos traen sus pro­pios equipos. Portan marcadoras de doble gatillo –hay una amplísi­ma oferta de modelos en el mer­cado– y lucen uniformes de colo­res chillones.

Cualquiera puede jugar en Ciudad Paintball, si tiene el dine­ro necesario. El requisito es reunir por lo menos 12 personas dis­puestas a combatir en la guerra (de mentirita) y reservar median­te una seña el turno con anteriori­dad. El contacto es telefónico y vía e-mail. Puede pagarse en efecti­vo, yendo hasta el lugar, o por de­pósito bancario a nombre de Fa­bio Canale, que está al frente del negocio. El trato es bastante in­formal, ya que no se ven facturas ni recibos de ninguna especie. 

Según los registros de Afip, Canale es un monotributista cla­se F, lo cual implicaría una factu­ración promedio de 8.000 pesos mensuales. En los años 90, Canale explotaba comercialmente un ga­raje y una parrilla en un inmueble municipal, también bajo la moda­lidad de “tenencia precaria”, has­ta que el convenio fue revocado en 1999 por la gestión de Fernan­do de la Rúa. A pesar de regentear una de las poquísimas canchas de paintball que hay en la ciudad, Ca­nale no está afiliado a la Asocia­ción Argentina de Paintball, según el padrón actualizado que la AAP difundió en abril de este año para sus últimas elecciones.

En Ciudad Paintball hay tari­fas especiales para eventos y se admiten jugadores a partir de los 12 años, a pesar de que la Aso­ciación Argentina de Paintball re­comienda como edad mínima los 14. En la provincia de Buenos Ai­res está prohibido por ley para los menores de 16 años.

Antes de empezar a jugar, hay unas pocas pero severas adver­tencias de seguridad para los prin­cipiantes, que imparte el mismísi­mo Canale: nunca deben sacarse la máscara dentro del campo de juego, ni abandonar éste portan­do la marcadora. Son dos reglas sencillas, pero las subraya con ve­hemencia. No es para menos: aún a una distancia prudencial, las pe­lotitas de pintura pueden provo­car escoriaciones si impactan en la piel desnuda. También aclara que a menos de cinco metros de disatancia pueden provocar he­matomas.

La modalidad de juego más sencilla son dos equipos que pe­lean hasta eliminar al último ad­versario. Se distinguen por utili­zar chalecos diferentes, provistos –al igual que las marcadoras, pe­lotitas y máscaras– por Ciudad Paintball como parte del virtual contrato. Cada equipo parte de un extremo del campo de bata­lla. Como es previsible, para des­calificar al adversario es necesa­rio acertarle una pelotita. No hay árbitros, con lo cual todo depen­de de la buena fe del contrincan­te, que debe levantar los brazos en señal de rendición cuando es alcanzado por una pelotita.

Suena la señal de inicio y em­piezan a partir los disparos desde lugares impredecibles. Las marca­doras funcionan y su sonido apor­ta una cuota adicional de realismo al juego. Sorprende la precisión del disparo. La ambientación está bien pensada y el juego es adre­nalínico: dentro de las dos ho­ras estipuladas se suceden varios rounds. Como en una batalla real, pero de juguete.

DZ/km

Fuente Redacción Z
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