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TEMAS DE LA SEMANA

Museo de Bellas Artes, renovado

Las 18 nuevas salas exhiben el patrimonio nacional e internacional que corresponde al siglo XX. En cada sala, un texto explica lo que se ve.

Por Julia Villaro
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Paredes limpias, blancas, pero sobre todo diáfanas. Con una propuesta de recorrido integral, ágil y didáctica, las nuevas salas del Museo Nacional de Bellas Artes iluminan cada pieza y nos permiten ver con ojos nuevos las mismas obras que siempre estuvieron ahí.

La renovación abarcó las dieciocho salas del primer piso, donde se ubica el patrimonio nacional e internacional que corresponde al siglo XX. Salas pequeñas que se comportan como unidades de lectura y de comprensión cronológica de las distintas etapas de la producción plástica, y que plantean su propia hipótesis historiográfica, distinguiendo qué obras comprenden cada período y por qué.

Entonces el siglo XX empieza en los umbrales del siglo XIX, con el avance de la modernidad en clave simbólica en los pinceles de Henri Rousseau, Odilon Redon, el alemán Von Stuck y el italiano Amadeo Modigliani, para pasar orgánicamente a la producción de las “Vanguardias regionales”, de la mano de los argentinos Alejandro Xul Solar y Emilio Pettoruti, y los uruguayos Rafael Barradas, Pedro Figari y Joaquín Torres García.

A partir de ahí se inicia un viaje por las salas que nos dejará justo donde empezamos (el recorrido por la estructura del edificio es circular), pero del otro lado de la historia (y de la modernidad): en plena década de 1980, de la posmodernidad y el retorno a la pintura.

Cada sala es acompañada de un breve texto introductorio que cuenta de forma clara pero sintética qué se muestra. La lectura colabora con la comprensión de las obras y de las salas como unidades en sí mismas. Resulta un gran acierto el pasaje desde los grandes y oscuros espacios del viejo museo a estas salas (casi módulos), porque cada obra ocupa un lugar propio, se luce, dialoga con las que la rodean, pero sobre todo con el espectador, que ya no se siente colapsado por una catarata casi infinita de obras agolpándose ante sus ojos, sino contenido por el espacio y por la posibilidad de un “mano a mano” con cada pieza.

Otro cambio fundamental es la forma en que las esculturas (de Rodin, de Sesostris Vitullo, de Curatella Manes) fueron integradas al planteo espacial de cada sala. Si antes quedaban un tanto marginadas con relación a las pinturas (permitiendo, incluso, que pasáramos de largo frente a ellas sin siquiera advertir su volumen), ahora entran en resonancia con el resto de las obras, ocupan un primer plano y se sienten en armonía con el resto de las piezas.

Difícil dejar de ver algunas perlitas del acervo, como “Los amantes” de Marc Chagall, el autorretrato de Léonard Foujita, el felino de Leónidas Gambartes, o la sala entera dedicada a Antonio Berni como artista emblemático del siglo XX, en tanto su obra atraviesa y refleja los diversos avatares políticos y cambios en el lenguaje plástico que caracterizaron las historias nacional e internacional.

Se siente el trabajo puesto para brindar a los espectadores una idea posible de lo que el arte del siglo XX realizó y de qué modo. Y es esto, más allá de las renovaciones en la arquitectura o el color de las paredes, lo que hace la verdadera diferencia.

Museo Nacional de Bellas Artes. Av. del Libertador 1473. Lunes cerrado. Gratuito.

DZ/sc

Fuente Redacción Z
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