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Opinión: En peligro

Por Adrián Camps. Ingeniero. Legislador PSA.

Por Redacción Z
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En su sesión del 10 de diciembre de 2012, la Legislatura daba sanción a la primera y única ley de protección de una especie del Río de la Plata. La norma, surgida de una inquietud del Club del Pescadores, buscaba suspen­der la comercialización de nuestro pez nacional, el dorado, por el plazo de diez años. Inútil resultó el apoyo que logró en el ámbito de los clubes, los comerciantes, los medios de comuni­cación especializados, el turismo, las provincias litoraleñas, los ictiólogos, la Agencia de Protección Ambiental. El 7 de enero de 2013 la ley fue vetada, con argumentos absurdos. Nuestra Ciudad retomaba así su nefasta his­toria de volver la espalda al río. Como diputado y autor del proyecto, nunca logré debatir con el Ejecutivo los fun­damentos del veto.

Siempre imaginé cómo sería nuestro río antes de que Don Pedro de Mendoza fundara la ciudad. Se­guramente sus costas tendrían ba­hías con juncales y toscas, una selva marginal inundable y barrancas, que hoy sólo afloran en Plaza San Martín, Plaza Francia y Belgrano. En las zonas húmedas, alimentadas por el régimen de crecientes y bajantes, se desarro­llarían almejas, caracoles, cangrejos de río y batracios. También los ale­vinos de los peces buscarían refugio en los juncales. Seguramente en los bordes de las barrancas habría mamí­feros como el coipo, el lobito de río (casi extinto) y el carpincho, pájaros, garzas, patos, gallaretas y chajáes.

Prácticamente no queda nada de ese ecosistema, la línea costera ha sido reemplazada, casi totalmente, por defensas de cemento y es lento el esfuerzo de reconstrucción que realiza la naturaleza en las reservas de la Costanera Sur y la Ciudad Univer­sitaria. Otras modificaciones resultan tanto o más graves: el agua recibe diariamente toneladas de contami­nantes líquidos y sólidos.

En las últimas décadas hemos re­cibido visitas que se han quedado a vivir en nuestro río: el mejillón dora­do y la almeja asiática. Provienen de Oriente y ocasionan graves pérdidas al obturar tomas y filtros de agua o colonizar superficies sumergidas. A nuestros peces no parecen disgustar­les; las bogas quedan con los labios rojos luego de atracarse con los meji­llones y, según una investigación nor­teamericana, nuestro humilde arma­do es un gran predador de la almeja asiática. Tal vez, si se interesan los ve­cinos del norte, comencemos a valori­zar y proteger a los peces de nuestro “Mar Dulce”, el Río de la Plata.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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