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Opinión: Ciclo de redifiniciones

Petróleo, minería, camionazos. Por Eduardo Blaustein.

Por Eduardo Blaustein
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Al día siguiente de aquel duro discurso de Hugo Moyano en Huracán, cuando inició su serie de críticas al Gobierno, se supo que el secretario general de la CGT se había mandado más solo que acompañado. Algunos históricos del MTA, incluyendo veteranos representantes legales de la central sindical, se enteraron en vivo y en directo de lo que Moyano tenía para decir y desde entonces unos cuantos intentaron llevar sosiego, aun cuando también tienen reproches que hacerle al oficialismo. El 54% de votos obtenido por la Presidenta de ningún modo es fuente de toda razón y justicia ni debe convertirse en un bill de inmunidad, pero debería ser tenido en cuenta por quienes hacen política.

No queda claro cuánto hay de disputa por la preservación, consolidación y eventual expansión de un espacio político-gremial y/o cuánto de genuina desconfianza en que de aquí en más el Gobierno pretenda hacer pagar a los trabajadores los costos de un escenario económico complicado. En ocho años de kirchnerismo la segunda hipótesis no se verificó.

Llama la atención el nivel de exacerbación con que el sindicato de camioneros llevó un conflicto focalizado en Chubut y de orígenes discutibles. Tanto ruido parece haber preocupado incluso a dirigentes cercanos a Moyano, como Omar Viviani. El dirigente de los taxistas hizo un llamado a la moderación y lo siguieron el metalúrgico Carlos Gdansky y el canillita Omar Plaini. Exceptuando a Julio Piumatto, ya no hay mucho más alrededor de Moyano. Gdansky añadió: «Los conflictos no se resuelven así, sino dialogando». Tanto él como Plaini subrayaron que las diferencias entre los dirigentes sindicales es mejor ventilarlas dentro de la CGT. Finalmente, y en medio de una tregua por el conflicto Correo del Sur-Camuzzi que se hizo obligada, Pablo Moyano salió a la defensiva: «El que tiene un problema con Hugo Moyano tiene que ir a la calle San José y lo arregla con él. Si tiene un problema con la CGT, va a Azopardo y lo discute ahí adentro».

El distanciamiento entre el secretario general de la CGT y el Gobierno es una mala noticia para el kirchnerismo, al menos leída desde el presente. Pero Moyano y su núcleo duro tienen delante un futuro complicado. Los respaldos que tiene dentro y fuera de la CGT hablan de un mapa de poder mucho más precario que el descripto en la impactante (o manipuladora) expresión mediática «el poder de Moyano». Los medios daban por imbatibles otros «poderes»: el del aparato del PJ bonaerense, el del duhaldismo, el de los «barones del conurbano». Todo pasa. Todo se reconfigura.

CAMBIO DE RUMBO
Hubo suficiente alboroto gremial como para que por primera vez hasta Julio De Vido se viera obligado a poner distancias con el moyanismo. Y hubo innumerables ruidos por la dificultosa puesta en marcha de las tarjetas SUBE. El Gobierno, con tal de combatir la mala onda, finalizó multiplicando esfuerzos que pudo iniciar antes. Al menos entendió el cuadro y se esforzó en mejorar.

Pero hubo otro movimiento de fondo, inesperado hasta hace semanas, y que merece atención. Después de algunas escaramuzas contra las petroleras que ahora se hacen menores -la denuncia oficial por sobreprecios, pedidos malhumorados para que se incremente la producción- el discurso de reasunción de Cristina Fernández parece haber abierto un nuevo ciclo en el que la expresión «sintonía fina» puede que anuncie batallas bravas.

La famosa épica kirchnerista no había involucrado hasta ahora la cuestión petrolera (los anuncios de presuntas cuencas descubiertas se quedaban en eso, las relaciones comerciales redobladas con Venezuela no compensan problemas estructurales) y de pronto parece que volveremos al período anterior al de Arturo Frondizi, más de medio siglo atrás, cuando el desafío del autoabastecimiento de combustibles inflamaba a la política y a buena parte de la sociedad. Las épocas de esplendor de YPF quedaron en el pasado y en manos de una empresa española que no tenía petróleo. Retrocedimos cien casilleros, y ahora hay señales de que el Gobierno busca (o amenaza con) desandar parcialmente el camino de las privatizaciones.

Esto recién empieza, si es que empieza, así que poco se sabe. ¿La idea es ir a una renacionalización? ¿A una renacionalización parcial? ¿Sería una empresa mixta con participación privada, del Estado nacional y de las provincias productoras? ¿El debate pasará por el Congreso? ¿Con qué fuerza política contará el Gobierno y qué alianzas posibles intentará construir? ¿O se trata sólo de presionar a las empresas para que se pongan las pilas?

Puede que no sea una virtud pero hay algo propio del kirchnerismo y es que nunca aburre. Si el Gobierno venía mirando para otro lado en el tema de los riesgos de la minería abierta, el caso Famatina sugiere que (una vez más) no deben ser tan infinitamente poderosos los poderosos, en este caso una empresa canadiense, si la movilización popular obliga a postergar un proyecto millonario. En la decisión del gobernador riojano, que célebremente se había opuesto a la minería a cielo abierta años atrás, seguramente pesó la movilización social extendida, más la nacionalización del tema, y no debe de haber faltado un intercambio de pareceres con las autoridades nacionales. Si en La Rioja, humilde como es, pasó lo que pasó, el regreso de viejas batallas por la soberanía petrolera no debería asombrar.

DZ/LR

 

Fuente Especial para Diario Z
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