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TEMAS DE LA SEMANA

Nuevo gabinete: salen los empresarios, entran los políticos

Golpe de timón en el cumpleaños de la gestión.

Por patricia-carini
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Hoy se cumplen dos años y un día de la jura de Macri como jefe de gobierno porteño y de la promesa de aumentar la seguridad en las calles y mejorar la calidad de gestión. No logró cumplir los estándares que se propuso y hoy anunciará cambios en el Gabinete, deja atrás el perfil empresarial para recuperar uno altamente político. Están confirmados en los ministerios de Espacio Público, Diego Santilli, y en el de Educación, Abel Posse. Ambos con un indisimulable pasado de compromiso ideológico. Uno más progresista, el otro más conservador, pero políticos al fin.
En los últimos meses la administración local se ha visto agitada y nerviosa, pagó altos costos políticos, sufrió renuncias y retrocesos. La Policía Metropolitana todavía no está en la calle y ya consumió a dos jefes, Jorge «Fino» Palacios y Osvaldo Chamorro. La crisis también provocó un enorme desgaste para el ministro de Educación, Mariano Nadorowski, que no logró salvarse del incendio del espionaje en su propia cartera. Hoy es un profesional sin trabajo que mira con enorme desconfianza a la administración macrista.
De padre e hijo, poderosos ambos, y de haber nacido en cuna de oro Mauricio que es Macri sabe mucho. Mantiene una relación compleja con su padre, Franco. Quiere diferenciarse, lo hace y no le sale del todo bien. Debe de ser difícil confrontar con un empresario como Franco Macri, quien se manifiesta claramente alineado con el gobierno nacional y se atreve a decir: «No creo que el proyecto de país agroindustrial en el que piensa Mauricio se diferencie en los hechos del modelo kirchnerista». Para postre comentó: «No creo que aspirar ahora a la Presidencia sea lo más conveniente para mi hijo».
Mauricio Macri llegó al cargo acompañado por un grupo joven de dirigentes provenientes del sector privado y de otro mayoritariamente integrado por peronistas desencantados, muchos de ellos menemistas. Desencantados de Kirchner, compréndase. El PRO en su versión dura. De los nueve ministros que lo acompañan, el único con cintura política es Hernán Lombardi, con un pasado radical delarruísta que logró sortear para hacer un buen trabajo en la cartera de Cultura. Por estas horas la Jefatura de Gobierno intenta bajar el grado de convulsión para disfrutar de los momentos perfectos cuando los anuncios son esperanza pura y los hombres no están desgastados.
El sesgo de gabinete mayor de edad y políticamente fuerte, que Macri intentará mostrar por estas horas, convierte a Diego Santilli en un supraministro que teje alianzas con Néstor Grindetti, ministro de Hacienda de la Ciudad, que goza de prestigio y estima. Juntos intentan armar una corriente dentro del PRO que los libere de las dos tradicionales, el «michettismo» y el «larretismo», que hasta ahora han monopolizado la atención y tensión en las huestes del jefe de Gobierno. Dos años al frente de la administración de la Capital no solamente dejaron un gusto amargo porque la nave del PRO no consigue velocidad crucero sino porque ha esmerilado a una de las figuras en las que depositó más esperanza: Gabriela Michetti. Hasta hace unos meses, vicejefa y luego primera candidata a diputada nacional perdió su condición de intocable para transformarse en una dirigente escuchada pero sin ningún aura de protección especial.
Ahora se trata de aprender a hacer política. Durante el primer año el PRO no tuvo manera de movilizar la pesada estructura estatal. Después, lentamente, descubrieron que para hacer las obras faraónicas que prometieron durante la campaña electoral, como la construcción de 10 mil viviendas, de 10 kilómetros de subte, o el doble turno en la atención de los hospitales públicos, necesitaban aprender a hacer política. A buscar acuerdos, a construir poder. Es decir que para hacer las grandes obras y salir a pedir dinero al exterior había que negociar con el gobierno nacional. Y para la atención hospitalaria acordar con los sindicatos. No existió esa visión integradora. Apenas asumió, Macri fue por Sutecba, la poderosa estructura gremial y salió poco menos que escaldado.

Con el gobierno nacional al único acuerdo que llegó fue garantizarle poca intromisión en el juego y compartir una parte de las ganancias que dejan el casino y las máquinas tragamonedas en el territorio porteño. El delicado tema del juego queda eclipsado por otros más urgentes, cuando es uno de los interrogantes más grandes del que pocos quieren hablar.
Por estas horas se define el perfil de lo que intentará y podrá hacer el actual gobierno local. Ayer sufrió un importante desgaste en la Legislatura, quedó en minoría en todas las comisiones, lo que significa que sólo el acuerdo y el consenso podrán ayudar a la gobernabilidad. En ese marco juró como vicepresidente 1º, Oscar Moscariello, un hombre de Macri, de claro origen político, acostumbrado a agotar los puntos de encuentro ante cada ley que debaten. Pero su caso no se repite con frecuencia. El ex menemista Cristian Ritondo fue coronado jefe del bloque macrista y también allí el titular del Ejecutivo tiene una garantía de hombre acostumbrado a bordar hasta que ya no queda más hilo. En las duras negociaciones desarrolladas este martes, el oficialismo dio por tierra con sus aspiraciones de conseguir la vicepresidencia 2ª, un cargo que está en la línea de sucesión. Aspiraba a poner allí a uno de sus hombres, pero finalmente lo ocupará un diputado de Proyecto Sur, la agrupación de Fernando «Pino» Solanas. El reloj del poder marca la hora de la política y en ella la ambición que siempre tiene más candidatos de los que puede contentar. La carrera presidencial 2011 tiene los motores calentando con un panorama rico y complejo. Mauricio Macri se prepara para competir y lo mismo hace Francisco de Narváez. Ambos intentan ser los representantes del peronismo, la fuerza base que les regaló momentos de gloria.
La pregunta es si repetirán la fórmula con el mismo éxito.
Los cambios en la forma de gestionar que intentó el jefe de Gobierno en estos dos años chocaron contra la realidad. Si bien ganó las elecciones de renovación parlamentaria, lo hizo por menor margen del que esperaba. Desde entonces le sugieren, propios y extraños que dé un golpe de timón. No lo hizo y llegó la puesta en marcha de la Policía Metropolitana, lo que comenzó como un problema pequeño se extendió cual mancha de aceite una vez descubierta una red de espionaje en el ministerio de Educación.
Ese entramado lo construyó el ex comisario Jorge «Fino» Palacios, un hombre que contribuyó a liberar a Macri de su secuestro pero que le dejó secuelas importantes. La mas notable es el estilo desconfiado, que exhibe siempre y la costumbre de tener personas de su confianza para que sean sus oídos en cada lugar del gobierno porteño.
Ese «detalle» demoró el recambio en la cartera de Educación, allí prefiere dejar a Andrés Ibarra como subsecretario, un estrecho colaborador suyo. Pocos aceptaban ocupar el sillón si estaban condicionados para colocar allí a una segunda línea, imprescindible a la hora de llevar adelante una planificación refrescante. Abel Posse aceptó el cargo, según dijo, porque le gusta pensar en modificar aspectos de la educación primaria. Esperemos que el escritor tenga ideas desarrolladas para aplicar ahora mismo, si no estaremos en manos de un ministerio bifurcado. Con sólo una cara para mostrar. El episodio del espía Ciro James y la Metropolitana sin un esquema claro de funcionamiento dejan al desnudo ciertas precariedades a la hora de tomar decisiones sustentables en una administración gigantesca como la porteña. El distrito Capital es un ejemplo de los mareos que provoca en los dirigentes, muchos vieron nacer sus sueños presidenciales aquí pero sólo uno pudo concretarlo, Fernando de la Rúa. Ya sabemos lo que pasó. Un detalle que no escapa a ningún analista es que tanto Macri como Daniel Scioli, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, fueron dos experimentos del ex presidente Carlos Menem. Ambos están en el poder, comandan los dos principales distritos del país. No se puede decir que les está yendo bien. Aceptado o rechazado por su neoliberalismo, Menem es un animal político incluso en el ocaso. Una pena no corra más aire fresco.

Informe: Alejandra Vignollés.

 

Fuente Redacción Z
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