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Nueva Pompeya: Y más allá, la inundación

El barrio del sur cumplió 118 años de identidad tanguera.

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pompeya

Obrero, conectado con el Conurbano y atado a los tiempos de la vorágine de la ciudad, el vecindario conserva en algunas esquinas el acento de tango de otra época.

A orillas del territorio bonaerense, Nueva Pompeya no es tan nueva. Es, más bien, la tradición tanguera hecha barrio. Homero Manzi, Horacio Accavallo, el calesitero, las señoras de la iglesia, los laburantes de todos los días hacen a su historia, que pelea por no ser olvido en ese punto sureño de la ciudad de Buenos Aires. En mayo, sus autóctonos celebran el mes del vecindario, en homenaje al día que, en 1896, se comenzó a construir el templo católico que funciona como referencia obligada de la zona.

Hace 118 años se colocó la piedra fundamental de la iglesia dedicada a Nuestra Señora de Pompeya y San Antonio de Padua, que se abrió recién en junio de 1900 y aun hoy es vecina del histórico puesto de flores de la esquina de Sáenz y Esquiú.

Nueva Pompeya se llamó sucesivamente “Paso de Burgos”, “Bañado de la Chacarita de San Francisco”, “Bañado de Flores” y “Puente Alsina”, como el paso que cruza el Riachuelo hacia provincia, estructura que es parte del escudo local junto al bandoneón y el farol, símbolos del tango.
“Llegué a bañarme en el río”, rememora Roberto, que tiene “40 años de bolichero” sobre la avenida Sáenz al 1200, mirando para el Riachuelo. Aunque el amor lo llevó a vivir en el sur pero del Conurbano bonaerense, vuelve todas las mañanas a abrir su marroquinería a pasos del puente, una de las primeras de la cuadra. Era apenas un “zaguán” cuando La Blanqueada ya se había consolidado como el bar de encuentro en la esquina de Rabanal.

El vendedor compartió varios años de charla en su boliche con el campeón peso mosca Horacio Accavallo, a quien le gustaba pasar las tardes cerca de la estrepitosa avenida que desemboca en Valentín Alsina y había adquirido dos propiedades para llevar al público sus productos deportivos. Uno de los locales, en el cruce con Del Barco Centenera, será expropiado en nombre del trazado del subte cuya estación aún no llega.
A Pompeya también pertenece un trozo de la Villa 21 donde sus actuales pobladores quizás no escuchen tango todo el día como los primeros, pero sí como aquéllos se mueven al ritmo de la búsqueda de una vida y un trabajo dignos.
donde vive la mística
La demolición de la escuela Luppi –a la que concurrió Homero Manzi– en 1990 y el intento de quitar el buzón ubicado en Centenera y Tabaré, delante del bar notable que lleva ese nombre, en 1999, fueron los dos acontecimientos que promovieron la recuperación de la memoria del barrio.

La primera medida inspiró a Gregorio Plotnicki a invitar a otros vecinos de la cuadra a comprar el edificio y recuperarlo, pero no fue posible. Sólo rescató dos leones que estaban en la entrada del colegio y que ahora descansan en el patio del Museo Manoblanca, que él creó con el regreso de la democracia, el 24 de agosto de 1983. Aunque su propuesta colectiva no tuvo efecto, la semilla de la identidad tanguera se había instalado fuerte en el barrio.

En 1999, Correo Argentino tuvo que regresar el buzón que había sacado, luego de que el mismo referente denunciara en diarios nacionales que “con nueve baldosas –las que habían colocado en lugar del viejo instrumento postal– sepultaron la historia del barrio”. Cuando lo vio de regreso en la esquina, creó “La Orden del Buzón”, que ya reconoció a 800 personalidades y agentes de la cultura.

“Centenera y Tabaré es un microclima. Por muchos años no tuvimos conciencia de lo vivido, pero logramos rescatar la memoria del barrio”, defendió Plotnicki, que todavía recuerda las veces que vio a Manzi caminar por la cuadra, cuando era adolescente. Es que para él, el mejor patrimonio que tiene un barrio es que su gente “se sienta orgullosa de pertenecer”.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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