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TEMAS DE LA SEMANA

Nenes esclavos en los sótanos de Flores

Como se vive en la manzana del taller clandestino donde murieron los niños Rodrigo y Rolando.

Por Valentina Herraz Viglieca
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PÁEZ 1

La cuadra de Paez al 2700 está silenciosa, con ese silencio que molesta de tan callado. No hay risas de niños que van a la escuela, ni se escuchan grititos infantiles, ni nada. No hay ruido de las máquinas que siempre retumban en esta cuadra. Los arboles visten las veredas de casas antiguas y enormes, con imaginables sótanos y unos pocos edificios que ni siquiera tienen encargados para pararse a charlar de la lluvia que llegó, después de semanas de eterna primavera en pleno otoño.

Rodrigo y Orlando tenían 7 y 10 años. Vivían en un sótano de Páez 2796, esquina con Terrada. El martes después, del asueto escolar por las PASO, la seño de Rodri tomó lista. “No vino, ya no va a venir” le contestó una alumna.

La vecinita de Rodrigo lo vio cuando lo sacaban muerto del “incendio de la casa de la esquina”. La maestra se descompuso, las autoridades corrieron a la comisaría después de intentos fallidos de comunicarse con el padre. Convocaron a encontrarse con velas y lápices en Caracas y Gaona el jueves pasado.

Los esclavos salen a comprar algo si el capataz del taller se los indica. Se despiertan, comen, duermen y van al baño si el capataz los autoriza. ¿Los esclavos van a la escuela? Sí, van. Porque los hijos o sobrinos pueden ir a la escuela aunque duerman al lado de las máquinas y coman poco y no están limpios. Porque sueñan que el colegio es la vía a la libertad.

Los esclavos tienen juguetes y una seño que sabe sus nombres y en qué condiciones viven y por qué hay veces que no traen la tarea. Los esclavos caminan por la vereda y no se ven las cadenas que los retienen en medio del fuego en un sótano porteño.

La vecina dice: “al lado viven privados, el otro es el taller” y entra a su casa. La casa de Paez 2775 es un portón negro enorme, todo lleno de rejas, la puerta que se ve detrás de la rendija del portón tiene un candado enorme. Parece que nadie sale ni entra, pero al rato salen, apuradas tres personas. Los coreanos”, los señala una vecina y cuenta: “conmigo son simpáticos, hola- hola todos los días y eso que les hice varias denuncias por ruidos molestos porque prenden la caldera y a partir de las 5 de la mañana ya no se puede dormir.  Tuvo que pasar lo de la esquina para que apaguen la caldera”.

Los que se acercan primero dicen que no quieren hablar porque “puede haber represalias” pero no se aguantan la indignación y hablan, dicen que hace mucho que viven en la cuadra los talleres, que no saben si hay más niños, sólo se ve a “los coreanos” y todo el movimiento es por la noche, por eso los ruidos molestos. Federico vive en Terrada 909 y se acerca enojado, “yo ayudé a la policía a abrir esas puertas tapiadas”, dice Federico que tiene una denuncia por tener un taller clandestino en su casa, asegura que se enteró por los medios, que nunca le llegó una citación y que por primera vez ayer fueron a inspeccionar su casa. “Estoy denunciado desde noviembre de 2014 y me entero porque se mueren dos nenitos a los que yo ayudé a sacar”, insiste Federico.

Coreanos

Páez 2775. Otra propiedad denunciada por La Alameda

Dicen que hace mucho que los talleres se instalaron en la cuadra, que no saben si hay más niños, que sólo se ve a “los coreanos”. Que todo el movimiento es por la noche.

Lo que todos saben en la silenciosa calle Páez es que Rodrigo y Orlando, con su muerte, fueron los que trajeron esta horrible calma, el silencio de las calderas, las máquinas apagadas. También todos saben que tan rápido como los medios saquen sus cámaras solo se acordarán de esta cuadra, de los talleres clandestinos y de los hermanitos los que se sienten en el aula, la seño cuando tome lista, los amiguitos, Amparo, la tía y Julián, el papá que siguen internados con quemaduras en el Hospital Álvarez.

La esclavitud en 2015 es una foto que nadie quiere ver porque, como la de antaño, genera muchas ganancias. Las organizaciones que la denuncian gritan vacío, mientras los docentes la descubren en las caritas cansadas y mal alimentadas de sus alumnos.

El Estado no sabe cuántos niños viven bajo tierra, en sótanos de telas y etiquetas de grandes marcas. No se ocupa de saber. Porque alcanzaría con que caminaran por el barrio de Flores para ver los candados, los portones, las rejas, las ventanas tapiadas. Las cadenas invisibles de miles de seres humanos que también esperan que esté bueno Buenos Aires.

 

Fuente Redacción Z
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Comentarios (2)
  • Delia Ines Gordon

    jueves 5, mayo, 2016

    Inmorales aprovechando la necesidad ajena.
    Y las autoridades mirando a otro lado.
    Ya es hora que actúen….

  • Delia Ines Gordon

    jueves 5, mayo, 2016

    No hay perdón. ..dejan sus vidas en manos de aprovechadores desalmados por unas monedas. Que las autoridades hagan su trabajo y no se permita más. Talleres,trabajo?..Si..
    Pero con dignidad.

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