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TEMAS DE LA SEMANA

Nazareno Casero: ‘No soy Panam ni soy un ogro’

Mientras termina la grabación de Los Sónicos, cuenta qué le gusta de la profesión y de la vida.

Por Magalí Sztejn
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Volvieron los 60 al ba­rrio de Flores. Los ve­cinos que pasan por la calle Aranguren mi­ran de reojo el interior de la casona ambientada para la grabación de la serie Los Sónicos. Entre pantalones oxford y el flower power, Nazareno Casero, personificado como Klos­ter, cuenta, mientras espera para grabar su próxima escena: «No sólo me gusta hacerla, sino que me gus­ta verla, y es raro porque me cues­ta verme. Creo que es porque el personaje está alejado de mí. Es un egocéntrico, excéntrico, fan de sí mismo, cosa que yo no hago».
¿Será porque ya conocías por tu padre lo que era ser famoso?
Tal vez me ayudó a no verme en si­tuaciones que vivo por primera vez o que me resultan de golpe total­mente ajenas. También creo que la fama es un arma de doble filo: te genera un cariño y te abre muchas puertas que si te mal acostumbrás te puede explotar en las manos. Te la podés creer y te podés equivocar fácil. Hay mucha gente que tiene que resolver consigo misma lo de la fama del otro. Por suerte no soy tan conocido y puedo participar de esa situación sin que me robe el alma.
¿Con tu papá van a volver a trabajar juntos?
Siempre tenemos ganas, pasa que se tiene que dar. Él está viviendo en el campo en San Luis, y está muy contento con eso. Todo el tiempo me invita pero la verdad que no puedo ir mucho. Me re­sulta muy lejos y muy diferente a lo que son mis necesidades. Aho­ra tengo que vivir en la ciudad, ca­pitalizarme para después poder irme. Tengo la suerte de laburar en lo que me gusta y quiero aprove­charlo. Mientras me dé la cabeza y el cuerpo, tengo que laburar todos los días muchas horas. Cuanto más labures de joven después podés in­vertir mejor el tiempo.
¿Pensás mudarte al interior más adelante?
No definitivamente, pero irme para volver cuando quiera y hacer mis cosas. También está bueno olvi­darse del ruido, volver y que te siga gustando. Creo que hay que gene­rar un piso para después estar más tranquilo. Aparte me encanta Bue­nos Aires, el quilombo me llama la atención, me encandilan las luces. Maldigo a los que no la planificaron y la hicieron de espaldas al río.
Incursionaste en la conducción para público infantil. ¿Cómo te llevás con ellos?
Bien. No soy Panam ni soy un ogro. Me divierte laburar para chicos, porque creo que está bue­no darles alternativas, que no todo sea tan didáctico. Siempre que puedo hablo de que adopten animales de la calle, no de raza. Hay una excentricidad instaura­da: «Me quiero comprar un bolso Louis Vuitton, comprar un perro Yorkshire». Además la conducción me divierte y me da otra frescura. Es un entrenamiento muy intere­sante hablar a cámara.
¿Vos y tu perro Yeso son como una familia?
Como amigos. Me criaron bastante así y cuando empecé a vivir solo se dio que fuera así también. El perro está, participa de todo, duerme en la cama. No hay escalafones. El que se porta mal cobra y el que se por­ta bien tiene alimento. Igual algu­no de los dos tiene que ser el ma­cho dominante, porque si no es un quilombo, así que tengo que hacer esa tarea. Pero lo adoro. «¿Es tu pe­rro?», me dicen. No sé, es el perro.
¿Te pasa eso con las relaciones?
Por ahí en las relaciones amoro­sas soy más de decir te pertenez­co, como si fuese algo lindo, obvia­mente cuando la otra persona dice «yo también». Ese juego de perte­nencia mientras sea sano es diver­tido. Pero es diferente mi relación con los animales y con los huma­nos. Me gustan más los animales.
Participaste en una película preseleccionada para el Oscar. ¿Cómo lo vivís?
Aballay fue una experiencia muy linda, hacer un pibe de 1900 que busca venganza en un caballo blan­co. Tiene tópicos de lo que puede ser el héroe clásico pero todo el tiempo es sobrepasado. La prese­lección es sobre todo un reconoci­miento para Fernando Spiner, el di­rector. Lo que le pasó fue que tuvo que competir con Transformers, Harry Potter. Los cines quieren ha­cer negocio y hay gente que te dice «yo no miro cine argentino».
¿Los más jóvenes también?
Puede ser que influya generacio­nalmente. Cada día estamos más acostumbrados a que todo sea más berreta, que ya entendamos por dónde viene y no tengamos más que mirar un poco y com­prender poquito. Ves cómo el pú­blico elige ver cualquier otra cosa que sea de afuera y ni siquiera se toman la molestia de leer una crí­tica o una sinopsis.

DZ/LR

 

Fuente Redacción Z
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