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Museo Quinquela: Tesoros del arte argentino

Un catálogo releva la colección de pintura y escultura que exhibe la casa-museo que donó el artista. 

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Tenemos a un gran artista en casa, lo he leído en los diarios”, decía el carbonero Chinchella cuando la actividad artística de su hijo adoptivo comenzaba a tener repercusiones en la prensa. El joven Benito Quinquela Martín, –que según cuenta la leyenda, había aprendido a dibujar con un trozo de carbón– todavía trabajaba en el comercio de su padre y pintaba a escondidas. La pintura no era una actividad bien vista, a los ojos del robusto inmigrante que se hizo “trabajando” y es posible que cuando alardeaba sobre las dotes de su hijo lo haya hecho un poco en broma. Es que muchas veces tiene que venir alguien de afuera para que uno advierta el valor de lo propio. Vale la pena preguntarse por el aluvión de turistas que todos los días llegan hasta la orilla del Riachuelo.
Este sábado, el Museo Quinquela Martín, uno de los menos visitados de la Ciudad, presenta un catálogo de su valiosa colección de arte argentino. El primer documento que reúne sus obras y analiza su legado, después de 54 años de silencio. Una buena oportunidad para hacer contacto con esta cuidada selección de pintura y escultura figurativa, que fue realizada por Quinquela bajo la firme misión de educar al pueblo de la Boca sobre los inicios de la plástica en el país. Desde Sívori, de la Cárcova y Yrurtia hasta Berni, Forner y Spilimbergo pasando por todas sus vertientes, siempre dentro del realismo que el mismo cultivaba. El pintor –que ganó reconocimiento internacional por sus coloridos paisajes portuarios– se dedicó a destacar la obra de los artistas locales, xeneixes, como Cafferata, Lazzari y Lacamera, y otros que como ellos pusieron el acento en la cruda realidad social de los obreros y peones rurales. De hecho, que haya surgido un artista con la calidad y el compromiso de Quinquela, y que su obra, ya no la pictórica, sino la social, haya alcanzado la trascendencia que tuvo y hoy, en silencio, mantiene, no fue casualidad.
En aquellos años, La Boca era un hervidero de inmigrantes, sobre todo italianos, y principalmente genoveses, que habían conseguido cierta estabilidad económica y una activa y diversa vida cultural. La costumbre de pintar a cielo abierto había convertido a todo el barrio en una suerte de gran atelier donde se podía ver a los artistas pintando los cuadros que luego se exhibían en los comercios de la calle Olavarría. Los bares eran el epicentro que reunía a tangueros y bohemios alrededor de fuertes debates políticos y culturales, y donde también se celebraban obras de teatro y recitales de poesía, muchas veces en polifonía de lenguas. Lo más granado de la escena llegaba entonces a la mansión de los Cichero,nde surgió el grupo Bermellón, que a su vez luego dio pie a la formación del grupo de Artistas del Pueblo.
En el tercer piso de museo, se puede visitar las dependencias donde Quinquela Martín vivió hasta sus últimos años y que fue uno de los escenarios que continuó la escena. Allí, en su dormitorio, se podrá constatar la austeridad en la que vivía este hombre que de hecho se había hecho rico vendiendo su obra, como así también el aire diáfano de la sala donde un piano multicolor nucleaba las tertulias.
La cita es el sábado 23, a las 15, cuando una mesa integrada por los artistas plásticos Guillermo Mac Loughlin, Juan Carlos Romero, Víctor Fernández y del crítico Raúl Santana intente evocar aquellos encuentros y rescatar la herencia del gran hombre que fue Benito.

 

Fuente Redacción Z
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