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TEMAS DE LA SEMANA

Muestra de Margaret Bourke-White, la primera reportera gráfica

Fotógrafa de la revista Life, registró desde  las grandes fábricas yankys  hasta los campos de exterminio nazis y la Rusia de Stalin. Hasta el 8 de marzo en el Centro Cultural Borges.

Por Julia Villaro
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Si la historia de la primera mitad del siglo XX oscila entre la fascinación por la industria y el desasosiego de las guerras, la cámara de Margaret Bourke-White acompañó como un péndulo esos movimientos. Así, pasó de fotografiar las primeras industrias norteamericanas en la década del veinte –en composiciones blanco y negro hijas de las vanguardias constructivistas con el acero en primer plano, las cadenas de montaje formando motivos plásticos que se replican en todo el campo de la imagen, chimeneas en perspectivas que se funden al infinito– a registrar los rostros de cientos de damnificados esperando la asistencia paliativa del “Tío Sam” durante la inundación de Louisville en 1937.

La ironía trágica de una fila de ciudadanos, todos negros, bajo un cartel enorme que pregona que “no hay mejor modo de vida que el americano” la catapultó al mundo del fotoperiodismo dentro de la revista Life. Pero por sobre todo, la alejó del frío acero para ubicarla en un sinfín de trincheras.

Entre otras cosas, fue quien fotografió antes que nadie a campesinos soviéticos y también fue la única fotógrafa autorizada a retratar a Stalin y a su familia. Durante la Segunda Guerra Mundial acompañó a las tropas norteamericanas y padeció con ellas el ataque de un torpedo. Allí también registró la liberación del campo de concentración Bunchewald, los ojos desahuciados de los sobrevivientes, la alienación del horror, las piras de cadáveres raquíticos, el paisaje desolado de las ruinas italianas y alemanas después del ’45. Desde ese momento y hasta que el avance irrefutable del mal de Parkinson se lo permitió, anduvo ella, con su trípode y su cámara, llegando a todos los lugares, dándole foco y luz a la historia, apretando, implacable, el gatillo de su propia arma de guerra, su cámara de fotos.

Pero la guerra en Europa y la inundación de Louisville fueron sólo el principio de sus ensayos fotográficos sobre el sufrimiento humano. Cubrió también la revolución en India donde registró a Gandhi durante su huelga de hambre y también sus funerales en las calles de Calcuta; registró también a los buitres husmeando entre restos humanos, después de las revueltas entre musulmanes e hindúes, el éxodo de los refugiados, los enfermos de cólera.

A India le siguió Corea del Norte: su cámara movediza se abrió y cerró para atrapar la emoción profunda del reencuentro entre un guerrillero comunista coreano y su madre anciana que lo creía muerto, también para denunciar la crueldad idiota –la banalidad del mal, diría Hannah Arendt– de un policía que sonríe frente a la mano de su colega que sostiene inerte, despedazada, la cabeza del enemigo.

“Mi verdadero secreto consistía en mantener la tranquilidad interior, en medio de la locura. Elegí una vida que lidiaba con la tragedia, las calamidades, el sufrimiento y los triunfos humanos. Para comprender estos temas y registrarlos necesitaba una paz interior que me mantuviera en equilibrio”, explicaba. Si la tecnología se lo hubiera permitido, hubiera viajado a fotografiar la luna. Sus fotos, un ojo posible de la historia, pueden verse hasta el 8 de marzo en el Centro Cultural Borges.

 

Las fotografías de Margaret Bourke-White se pueden ver en el Centro Cultural Borges (Viamonte 525) hasta el 8 de marzo. Entradas desde 30 pesos.

 

DZ/al

Fuente Redacción Z
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