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TEMAS DE LA SEMANA

Muerte súbita, tan silenciosa como letal

Enfermedad para la que no existe un protocolo concreto e infrecuente en personas jóvenes.

Por daniel-castelo
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Cuando el martes último alrededor de las 16 horas, Romina Yan se desvaneció en una calle de la localidad bonaerense de San Isidro, ninguno de los testigos supuso que minutos después, la actriz del mayor éxito televisivo infantil de las últimas décadas iba a llegar sin vida a la camilla de un hospital. La causa oficial de su deceso, a los 36 años, fue «muerte súbita», afirmación surgida tras una autopsia que descartó un final violento, ya que no se hallaron golpes ni marcas que pudieran dar cuenta de un trauma. Resta saber, ahora, si finalmente la causa del paro cardiorrespiratorio fue un aneurisma, una obstrucción de las arterias coronarias o una historia clínica compleja.

Sin protocolo

Se trata de una enfermedad para la cual no existe un protocolo concreto, la paralización del pulso, la respiración y la conciencia de forma repentina, inesperada. Sin embargo, estamos ante un mal que no llega solo, sino que es consecuencia de alguna enfermedad subyacente, de algún tipo de patología anterior que no fue frenada a tiempo.

El médico especialista Marcelo Landere, en diálogo con Diario Z, afirmó que para poder sacar a alguien del shock que provoca este tipo de afección, son fundamentales los primeros minutos posteriores al desvanecimiento. «Cada segundo que se pierde reduce las posibilidades de supervivencia», señaló, aunque dejó en claro que si el paro fue consecuencia de un aneurisma, todo intento de resucitación «es inútil».

«Con la muerte súbita es poco lo que podemos hacer los médicos», asegura la doctora Mariana Lestelle, para quien se trata de una afección «frecuente, aunque en personas mayores y con antecedentes cardíacos. En las personas jóvenes o deportistas, la incidencia es más baja, más o menos de 3 cada 100 mil habitantes», especifica.

La tiranía de la estética

Volviendo al testimonio del doctor Landere, vale subrayar que la propia Romina Yan, tiempo atrás, reconoció que en algún momento de su vida fue víctima de trastornos alimenticios. Quien por estas horas da testimonio de aquella confesión de la actriz es Hernán Caire, que fue su compañero en el team juvenil que acompañó a Cris Morena, madre de la actriz, en Jugate conmigo. «Ella se llevaba su propia vianda al estudio, no comía con nosotros y estaba siempre obsesionada con el peso», destaca el conductor televisivo, que afirma que la recordará «siempre, con una mezcla de afecto y dolor» por su inesperado fallecimiento.

Romina no se sentía cómoda con su cuerpo, al que veía con proporciones que consideraba «grandes» para la estética que demanda una lógica televisiva perversa, en la que conviven informes sobre bulimia y anorexia con un discurso continuo sobre la belleza de la delgadez y el cuerpo perfecto.

Sin embargo, lo que Yan declaró haber dejado atrás en el tiempo, resurgió como incógnita en 2007, cuando junto a Damián De Santo protagonizó la tira Bella y Bestia. Allí se la vio demasiado delgada, con facciones y rasgos que parecían alterados, exagerados, en su contraste con la fisonomía que se le conocía hasta ese momento.

Por supuesto que el show business no pareció registrarlo en aquel entonces, o al menos no pareció querer verlo. La mayor parte de las entrevistas, de las menciones, hicieron referencia positiva a su novedosa delgadez.

Hoy el mundo del espectáculo local llora a una actriz joven, exitosa, popular, querida y parte de una familia de protagonistas del medio respetados por sus pares, al punto de que varios de ellos (Marcelo Tinelli, Julián Weich, Mirtha Legrand) suspendieron la emisión habitual de sus programas. Pero se trata de una impasse en un medio que se autocelebra, y que, con más habitualidad de la saludable, oculta sus dramas e hipocresías hasta un nivel patológico. Quizá sea, entonces, tiempo de reformular mandatos estéticos.

 

Fuente Redacción Z
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