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TEMAS DE LA SEMANA

Mónica Capano: “En todo barrio existen cosas de valor patrimonial»

La experta critica la visión del patrimonio que sólo toma en cuenta los edificios famosos o atractivos para el turismo. Afirma que mientras esta concepción gana adeptos, Buenos Aires pierde carácter y calidad de vida.

Por Franco Spinetta
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Hay quienes consideran que el patromonio consiste en una serie de edificios notables por su arquitectura o su historia. Otros, como Mónica Capano, sostienen una postura más rica sobre qué y cómo y para qué debe conservarse.

¿Cuál es su concepción del patrimonio?
En el Observatorio analizamos el patrimonio no desde la academia y de los arquitectos, sino desde una óptica integral. Hay un nuevo concepto: el patrimonio ambiental sustentable. En la Justicia está más presente el tema del daño ambiental y no el patrimonial. Y nosotros empezamos a plantear el daño al patrimonio como un daño ambiental. Por ejemplo, el adoquín vale en cuanto está en la calle, cumpliendo una función como atenuante de la velocidad de los autos y sobre todo de absorción de agua de lluvia. Además, dura mucho más tiempo que el asfalto. La defensa de los adoquines es muy popular porque conectan desde la nostalgia. El amparo que logramos salió bien y mal: se los protege, pero como pieza de museo.

¿El adoquín complica el negocio de las cementeras?
Sí, el gran negocio es el cemento. En los barrios están sacando las cunetas de piedra, que son absorbentes. En la Ciudad bajó la construcción, entonces todas las empresas se están dedicando a abrir y cortar calles y repasar con cemento 25 veces. Con esta mirada que queremos instalar, se pone en discusión también la calidad de vida en las ciudades, además de la identidad y la memoria. Está bien que la cultura sirva para el desarrollo económico, pero cuando vos transformás La Boca en Caminito, estás haciendo un parque temático, Disney.

¿Pero no es el precio del desarrollo que cambien los barrios o algunos espacios?
Es mentira que el avance del mercado, del llamado progreso, traiga consigo el desarrollo de los espacios. Al contrario, lo único que generan es un proceso denominado gentrificación, en el que la gente del lugar se tiene que ir. Es lo que está pasando con la llamada “peatonalización” del microcentro: la gente se va porque los negocios chiquitos, como el zapatero o el dueño de una fotocopiadora, sufren el aumento de los alquileres producto de la demanda de espacios para bares. Esto pasó en Palermo y va a pasar en La Boca con el Distrito de las Artes.

¿Es un objetivo deliberado del gobierno porteño?
Sí. Para Macri, el mercado debe liderar todo proceso de desarrollo. Nosotros planteamos que no todo recurso patrimonial puede ser un recurso turístico. Y aun cuando se convierta en un recurso turístico, hay que respetar el patrimonio.

¿Existe valor patrimonial solo en los barrios más viejos?
El patrimonio no está solo en Barrio Norte y el casco histórico. Está en todos los barrios. Hay cosas modestas que para los especialistas no tienen valor, pero en la narrativa barrial tienen significación desde el presente y conectan con el pasado. Un pedacito de historia, que interpela a los vecinos.

¿Y qué pasa cuando se avasallan esos pequeños lugares?
La Ciudad se está convirtiendo en una ciudad anodina. Sin valor, neutra, en la que te da lo mismo tal o cual calle. Buenos Aires siempre fue una ciudad caminable. Cuando ibas cruzando de un barrio al otro, notabas las diferencias. Cada barrio tenía una impronta. Ahora, por ejemplo, Palermo Viejo se perdió totalmente. De todas maneras, yo no tengo una mirada cerrada del patrimonio, que es y debe ser dinámico. Hay patrimonialistas que terminan siendo tan demoledores como los que hablan en nombre del progreso.

¿Por qué?
Porque solo respetan los ámbitos intocados, originales. Y si mirás así de finito, nada cumple con ese requisito. Siempre hay una intervención. Me interesa un patrimonio que dialogue con el presente. Los vecinos tienen muy en claro esa cuestión, saben qué es cada cosa de su barrio.

¿Cuál es el establishment patrimonial?
Hay gente del Ministerio de Cultura que tiene una mirada desde la originalidad. Yo escuché a la directora de Patrimonio, Liliana Varela, decir que la postura de la gente de Barracas en contra de la construcción de torres es elitista. Es una forma de adecuar el discurso: están los que te dicen que no hay que parar el progreso y los que no quieren tocar nada, pero protegen sólo lo original. Después está la Comisión Nacional de Museos, que hoy está descabezada y que tiene una mirada retardataria. Se rigen por una ley de 1942. Es una institución que desde ese año no se oxigena. Ese es el establishment político.

¿Y el económico?
Está la FADU. Hoy los arquitectos valoran el patrimonio sólo desde el punto de vista material. Dicen: “Nosotros nos ocupamos de lo material, ustedes de lo inmaterial”. No existe esa división: un pedazo de piedra por sí solo no significa nada. Pero ellos creen que lo inmaterial hay que dejárselo a cosas más populares, como las artesanías, la gastronomía. A toda nuestra legislación le falta ese componente inmaterial. Por ejemplo, ¿cómo hacés para defender un cine como el Gaumont, que no tiene gran valor arquitectónico, pero es un símbolo de la historia del cine argentino. Por suerte, lo compró el Incaa.

¿Y qué pasa cuándo cae una cautelar?
Algo gravísimo. Ya hay varios casos que, después de que cayó la cautelar, la constructora, los dueños de los inmuebles protegidos, o quienes se hayan visto afectados demandan por perjuicio económico a quienes presentaron los amparos. Eso es terrible e intimidatorio. Busca paralizar las medidas de protección avanzando sobre los bienes de los denunciantes. Además, los amparos son un derecho colectivo, no sos responsable individual.

Hay una crisis en el mercado inmobiliario y en la construcción. ¿Eso juega en contra de la protección del patrimonio?
Sí, totalmente. Acá sólo está incorporada la perspectiva de que la construcción da trabajo pero no se piensa que da mucha ganancia a quien construye pero que habitualmente no se traduce en una construcción acorde a las necesidades de la población. Hoy se construyen inmuebles a los que pocos pueden acceder. Están en función del mercado, que promueve departamentos de un ambiente porque es preferible poner la plata en eso y no en otra cosa. Un ambiente que vale una fortuna. Tampoco se tiene en cuenta el impacto de las demoliciones en términos de polución. En España, paga un impuesto muy alto porque genera una cantidad enorme de basura difícil de reciclar, porque destruye la calles aledañas con los camiones que van y vienen (calles que se construyeron con impuestos que pagan todos), etc. El constructor saca una ventaja brutal, y los demás, ninguna.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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