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TEMAS DE LA SEMANA

Mona Hatoum: registro impío de despojos y violencias

La muestra de la extraordinaria artista continúa en Proa hasta el 14 de junio.

Por Julia Villaro
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mona hatoum web

Hay un instante, casi impercep­tible, en que cualquier sonrisa se vuelve mueca, antes de desvanecer­se por completo. Las obras de Mona Hatoum parecen estar hechas de esos instantes; algo nos despierta cierta simpatía ingenua que rápida­mente es corroída por un sarcasmo ácido, despiadado: un móvil realiza­do con utensilios de cocina electri­ficados habla de la vida doméstica; una instalación hecha de pequeños jabones hacen referencia al tratado firmado por Israel y Palestina sobre la franja de Gaza en 1996; unas bochi­tas espejadas que de lejos parecen adornos navideños se nos revelan como réplicas en vidrio de distintos modelos de granadas explosivas. Over my dead body –sobre mi cuer­po muerto– se llama la muestra de esta palestina nacida en el exilio. De cuerpo, de muerte, pero también de la vida agazapada entre estos con­ceptos, están hechas sus obras.

También de la violencia interna, la doméstica, la que no se dice; un juego de sillas antiguas, de madera y tapizados hermosos, unidas por una estructura que semeja una tela de araña son la metáfora perfecta de la familia, y en Daybed, que po­dríamos traducir como diván, una suerte de rallador de cocina gigante podría ser tanto una cama como un elemento de tortura sadomasoquis­ta. Lo mismo vale que las estructu­ras concebidas por Hatoum sean de metal, de alambre de púas, de pelo humano: sus materiales oscilan en una gama amplia, pero sus nú­cleos de sentido son como trompi­tos girando siempre alrededor de la misma historia: entonces emerge la recuperación del cuerpo como me­táfora de lo abyecto en uñas corta­das, bolas de pelo, RX de intestinos; la seguridad como revés de la tor­tura en sus estructuras panópticas y sus cámaras; la religión como una esclavitud en ese rosa­rio musulmán gigante, que desemboca en un grillete; la guerra, como juego de niños.

Una sala oscura con una luminaria giratoria de es­tilo árabe –ésas de madera calada y delicados dibujos– podría ser un espacio para la contemplación y la belleza si no fuera porque sus figuras –las que sin cesar se pro­yectan en las paredes– no son es­trellas o arabescos, sino soldados persiguiéndose y apuntándose, generando secuencias de tortura allí donde todo debería ser re­gocijo. Soldados en una lámpara que recuerda los veladores girato­rios de las piezas de los niños: la guerra atravesada por la infancia y viceversa; el juego que significa para algunos la muerte cotidiana de otros, que están tan lejos y son tan abstractos que ni vale la pena recordar, pero que vuelven, y qué paradoja, como una bofetada, al entrar en una muestra de arte con­temporáneo.

 Over my head body. Hasta el 14 de junio. Proa, Av. Pedro de Mendo­za 1929. Martes a domingo de 11 a 19. Entrada general $25. Jubilados $15. Docentes y estudiantes con credencial, martes sin cargo.

 

DZ/nr

Fuente Redacción Z
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