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TEMAS DE LA SEMANA

Moda vintage: locales cool, prolijos, exclusivos

Prendas originales de los años 70 y 80, halladas en depósitos y rezagos del interior del país, son codiciadas por hipsters de Palermo Hollywood.

Por Diego Manso
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El diagnóstico del crítico británico Simon Reynolds en su tan influyente ensayo Retromanía resulta certero: la cultura actual da vueltas sobre su propio pasado. Si no, ¿cómo se explica que, más allá de los vaivenes económicos propios de la época, exista tanta fascinación por los objetos del pasado, al punto de hacer de ellos verdaderos fetiches, rasgo de pertenencia a una cofradía que se reivindica a sí misma como el súmmum de la modernidad?

Es cierto que en el siglo XIX quedaba bien tener un fósil en la vitrina del recibidor y que, por caso, las ferias americanas marcaron todo un rumbo en los 80 y 90, pero ahora la cosa parece diferente. Series como Mad Men, Masters of Sex, Pan Am o The Americans, por citar unas pocas, son el furgón de cola de una tendencia que abarca toda la cultura popular: de la música a las artes visuales y del teatro a la moda. Así, el chic de otras épocas elevado a categoría comercial parece sintetizarse en un solo término: vintage. Un término que no rehúye polémicas sobre su origen y significado, pero que podría definirse como un patrón estético basado en la utilización de objetos fabricados en el pasado y cuya “aura” sugiere connotaciones emotivas.

Pasado inmaculado

Tal vez azuzado por el valor actual de la ropa y por la fabricación en serie que desdeñan aquellos que prefieren alejarse de la uniformidad, Buenos Aires se ha convertido en el caldo de cultivo de varias decenas de ferias y locales que se dedican a husmear en lugares secretísimos hasta encontrar aquellas prendas inmaculadas del pasado para colgar en sus percheros. No se trata de la “feria americana” al uso, donde es factible encontrar camisas agujereadas o pantalones comidos por los pulgones en los fondillos y donde el olor a naftalina reina muy a pesar de los sahumerios de pachuli. Todo lo contrario. Son sitios con una marcada impronta cool, prolijos y en algunos casos muy exclusivos, que convocan cada vez a más personas y que son la punta de lanza de un boom que ya lleva varios años en otras partes del mundo.

Alfonsina Prieto, de K·ea·k (léase “caé acá”) ha sido testigo de la evolución del negocio en las últimas dos décadas: empezó con una feria americana tradicional en la mítica galería Bond Street de los años 90, aquella que era reunión de tribus y que se vanagloriaba de ser un espacio libertario en la plena avenida Santa Fe del té con masitas. “En ese momento se trataba de colgar cualquier trapo que te encontrabas en la calle y lo vendías”, dice. Ahora hace trece años que está en Palermo (Costa Rica 5758) donde atiende una virtual cueva de los milagros. No sólo se dedica a vender ropa de otra época sino que ha habilitado un espacio para alquiler de vestuario que la ha convertido en referente para producciones de moda, publicidad y cinematográficas. Tiene colgadas verdaderas joyas a precios muy accesibles: “Generalmente compro rezagos, no compro ropa usada. Voy por el país, está lleno, sólo hay que saber buscar.”

Mundo interior

Quienes hacen lo mismo son Lalo y su mujer Andy, que organizan en San Telmo, un fin de semana por mes, la Feria Sisita (se ubica su fanpage vía Facebook), un lugar inevitable de la Ciudad para todo aquel que ande detrás del vintage: “Cuando la conocí a Andy viajábamos mucho al Norte y entrábamos en almacenes de ramos generales y lugares así. Encontrábamos cosas de cuando éramos chicos o que reconocíamos de la colección de revistas Burda que tenía mi tía. Comprábamos cosas y se las regalábamos a amigos. En un momento encontré en un club de trueque de provincias una campera de cigarrillos 43/70, de promotora de los años 80, toda dorada. Se la mostré a una amiga, que la miró y nos dijo, ‘Ustedes se tienen que poner una feria de ropa’. Y así fue: un amigo nos consiguió cuatro percheros, un par de maniquíes y así empezamos.”

“Tengo la suerte de que mi papá hace lo mismo que yo, pero con muebles”, dice Alfonsina. “Por ejemplo, yo llego a Guaminí y él me marca dónde estaban los locales que cerraron. Me ha pasado de llegar a sitios que eran increíbles y que me dijeran ‘prendí fuego todo hace un mes’. Algunos piensan, ¿quién va a querer eso?” Así, el trabajo de buscar prendas del pasado se transforma muy pronto en toda una aventura, pero también en una especie de adicción gozosa.

“De todo el volumen de ropa que guardo, traigo mensualmente a la feria el cincuenta por ciento. Tengo dos placares de cinco metros por tres y medio de alto llenos a rebosar. De hecho, me dedico a esto porque soy un consumista encubierto. El año pasado la cuidé a mi hija todo el año a la mañana y no podía salir a recorrer, entonces me agarraba como una abstinencia”. Alfonsina reconoce: “A veces pienso que si no tuviera este local sería como uno de esos acumuladores, tendría esa enfermedad del síndrome de Diógenes. Mis 21 años de ahorros están metidos acá”.

Tanta abnegación sólo tiene un resultado: espacios que fascinan a cualquier amante de la moda, donde, a precios incomparables y en perfecto estado de conservación, camisas de los 70 u 80 conviven con pantalones Far West, zapatillas Nike Feraldy y la mejor sastrería que existió jamás. Cuenta Alfonsina: “En mi pueblo había un sastre, Broto, que conservaba un rezago monumental. Le quedaban cosas vintage a morir y me las quería vender a millones. Siempre le dije que no podía pagarle lo que me pedía. Cuestión que el viejo Broto se murió en un accidente de auto y al mes los hijos se comunicaron. Les compré todo lo que tenía. Al final el señor Broto terminó vistiendo a Guillermo Francella en la película de los Puccio. Sin quererlo se llevó su mérito”.

Lalo explica que por efectos del consumo existe todo un remanente de ropa que quedó en las provincias y que desapareció de Buenos Aires. “La Argentina fue un país muy importante en el mundo a nivel textil, si no era el primero de Latinoamérica le pegaba en el palo. Luego de Onganía, que trajo textiles de Brasil, empezó a declinar. Luego Martínez de Hoz, con la ropa made in Hong Kong, y más tarde el menemato, dieron el tiro de gracia”. Así, muchísima ropa de los tiempos dorados del diseño y la confección nacionales quedó acumulada en las provincias, a veces en galpones, otras en locales tapiados, sótanos y hasta gallineros.

Un caso que dio la vuelta al mundo fue el de una casa de deportes en Mataderos “descubierta” por unos ingleses el año pasado, que filmaron un documental y la vaciaron literalmente: el dueño conservaba zapatillas Adidas de los años 80 en sus cajas originales, de la época en que la firma Gatic fabricaba la marca para la Argentina.

Hipsters

Si el público de Sisita y K-ea-k es variopinto, pero reúne en su mayoría a artistas y personas interesadas en el diseño (eso que muy grosso modo se identifica como “cultura hipster”), el boom del vintage poco a poco va calando también en el segmento ABC1. Sucede que L’academie (Libertad 1240) se enfoca en vender ropas de primeras marcas en el arco que abarca desde Chanel a Oscar de la Renta, de Banana Republic o Gap. Vanesa, una de sus propietarias, explica que “una cartera de Chanel de la década del ’80 que acá te puede salir entre 6.000 y 10.000 pesos, si la comprás nueva te puede costar entre 3.000 y 6.000 dólares”. “Nuestras proveedoras, unas 400, que viven acá o en el exterior, dejan la ropa en consignación y acordamos un precio. Si encuentro un lote de los ’60 que me interese comprar lo hago, pero no es la idea del negocio”.

Y remarca la idea de vintage en contraposición a la feria americana: “Lo fundamental es el estado de la prenda. Si vos vas a un vintage en París o Londres te vas a encontrar con ropa de muchas décadas en condiciones impecables. En una feria americana te podés encontrar un pañuelo divino de los 60, pero con agujeros”.

Tan global y tan alternativo se ha vuelto el vintage que los diseñadores más encumbrados del momento no escapan a su influjo. Alfonsina habla del día en que Jeremy Scott en persona entró con su séquito por la puerta de K-ea-k: “Se compró de todo. Quería todo lo de sólo alquiler. Me felicitó, me dijo que tenía una selección buenísima. Se llevó dos remeras cagadísimas a palos. Una de ellas era de un amigo que estuvo en cana mucho tiempo, que mató a un tipo con esa remera puesta. Era una remera muy border a la que yo me la pasaba tirándole palo santo, Y se la terminó llevando Jeremy Scott. Al final me trajo suerte esa remera”. Mejor ejemplo de que gustos son gustos y para ellos se han hecho los colores no puede haber. Vintage, al fin de cuentas, se trata de armarse un itinerario, recorrer, y encontrarse con sorpresas a precios que ninguna otra tienda puede ofrecer. Después de todo, algo así como una ideología.

Fuente Redacción Z
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