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TEMAS DE LA SEMANA

Mírenme, soy feliz

Carta a María Elena Walsh, que se fue con la misma discreción que vivió. Por Olga Viglieca.

Por Olga Viglieca
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¿Cómo despedirse de esa cara envejecida pero igualmente redonda, bella, luminosa y pícara?

Parece que hubieras estado siempre, vos y la vaca de la quebrada de Humahuaca y el doctor que manejaba el cuatrimotor y la gente que llegaba en camiones, en bicicletas y en aviones. Y la reina Batata.

Parece que hubiera estado siempre, vos y Osías, el osito que paseaba en mameluco y que nos advirtió que el tiempo no era uno solo. Que había uno enjaulado y otro suelto, y que había que elegirlos con cuidado. Como esas tías predilectas que regalan caramelos a espaldas de los padres, nos diste precoces lecciones de surrealismo, paradojas, metáforas. Así supimos, qué disparate: se mató un tomate. Y que la tetera es de porcelana pero no se ve. Con tu melodiosa invitación a desconfiar de lo evidente aprendimos que dos más dos muchas veces pueden ser sólo tres. Nada es tan simple.

Como distraída, nos machacaste que el poder no es bueno ni infalible. Que hay reinos en los que un ladrón es vigilante y otro es juez. Que hay reyes que roban las naranjas al Mono Liso. Y que las historias pueden terminar mal, porque aunque Mono Liso rescató finalmente a su naranja, la pobre ya estaba loca.

Creo que te quisimos tanto porque nos privaste de la sobredosis habitual de almíbar infantil y nos gustó tu versión de la vida en donde entraba, ay, hasta la pájara Pinta, la desolada viuda del pájaro Pintón, y lloramos con ella porque su marido era muy alegre/ pero un cazador se lo mató/ ¡con una escopetita verde!

Te quisimos, tal vez, porque no nos ahorraste detalles de un asesinato que se incorporó a nuestras pesadillas: Una bala le mató el canto/ -y era tan linda su canción-/, la segunda le mató el vuelo/, y la tercera el corazón.

Un poco asustados, adherimos a tu maldición que prometía:
«Al que mata a los pajarillos/ le brotará en el corazón/ una bala de hielo negro/ y un remolino de dolor.

Te quisimos, María Elena, porque fuimos creciendo mientras
los castillos se quedaban solos/, sin princesas ni caballeros, y ni siquiera podían defenderlos los dragones o las alimañas. Como a nosotros.

Ya parecía que había llegado la hora de despedirnos, que ibas a quedarte en la biblioteca junto a los libros de la colección Robin Hood, muerta de aburrimiento. Pero en el winco de los viejos encontramos tus discos con Leda Valladares, recién regresadas de un París donde las habían aplaudido Pablo Picasso, Jacques Prévert, Joan Miró. Y las guitarreadas adolescentes se desvelaron con «Leda y María». Entre las chamarritas de Viglietti y las cuecas de Víctor Jara, una generación de chicos y chicas descubrimos las viejas canciones andaluzas. La mala suerte del Conde Olinos. El romance del enamorado y la muerte. Y la premonitoria «al olivo al olivo, al olivo subí, por cortar una rama, del olivo caí. Y nos caímos, María Elena. Y muchos lloramos con vos porque me duele si me quedo/ pero me muero si me voy/, por todo y a pesar de todo/, mi amor, yo quiero vivir en vos.

De vos, en el canto guerrero de la Negra Sosa, vendría también el consuelo: Tantas veces me mataron,/ tantas veces me morí,/ sin embargo estoy aquí/ resucitando. Gracias doy a la desgracia/ y a la mano con puñal/ porque me mató tan mal,/ y seguí cantando.

Y seguimos cantando (un poco llorosos, esta noche). Porque
nos llegaron los hijos y tu voz nos ayudó a despertarlos, como quería la rana, mientras espiaba por la ventana: Tira con tirita y ojal con botón.

Y ahora ya esperamos a los nietos, María Elena. Lo que es lo mismo que decir que acariciamos todo tu repertorio. En gateras.

Por eso no podemos decirte adiós. Cuál es la palabra del adiós para alguien que trenzó y destrenzó las palabras y la música hasta tatuárnoslas con tinta invisible, hasta dejarnos una frase y una melodía para cada evocación.

A vos, que cantaste: Yo no soy un bailarín/ porque me gusta quedarme/ quieto en la tierra y sentir/ que mis pies tienen raíz… A vos, tía María Elena, huésped eterna de nuestra vida y de nuestra infancia, te miramos feliz, entre las hojas que cantan.

PD. Y no me olvido de todas las cosas que no me gustaron de vos. Como las tías principales, fuiste perfecta en lo que fuiste perfecta. Lo demás, que se lo lleve el olvido.

DZ/LR

 

 

 

Fuente Redacción Z
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