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Miradores: lo que ven los gorriones

Edificios en altura abren sus puertas para que la Reina del Plata pueda ser descubierta.

Por Ana Isabel Guerin
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Los grandes carteles publicitarios y el caos de tránsito producen un alto grado de contaminación visual que obstruye, cada día más, el acceso a la arquitectura urbana. El programa «Miradores de Buenos Aires», desarrollado por la Dirección General de Patrimonio e Instituto Histórico porteño, realiza desde 2009 visitas a diversos edificios en altura.

El primer edificio que formó parte de este proyecto fue el Comega, en avenida Corrientes 222, que tiene un restaurante y café en el piso 19. «Recuperamos su función de mirador. Desde ahí pueden verse las cúpulas y los nuevos edificios de Puerto Madero», señala la licenciada Liliana Barela, directora general de Patrimonio Cultural. «Se aprecia Puerto Madero desde otra perspectiva: uno observa la buena arquitectura, los grandes arquitectos argentinos y del mundo que han actuado, así como también las estructuras más deficitarias», agrega.

Esta actividad permite democratizar algunos lugares a los que pocos tienen acceso, como las torres, los restaurantes en altura o los hoteles de elite donde «si no vivís, no lo ves, y si no consumís, tampoco lo ves», comenta Barela.

Otro mirador es el de la Galería Güemes, que tiene dos entradas: Florida 165 y San Martín 170, desde donde puede observarse cómo interactúan las diversas cúpulas de la avenida Diagonal Norte y la calle Florida. «Esta diagonal expone en un mismo plano diferentes estilos, los organiza aunque sean diferentes», comenta el arquitecto Néstor Zakim, el encargado del proyecto, que también realiza las visitas guiadas.

Este mirador, con estupenda panorámica de 360 grados, fue recuperado después de casi cincuenta años de inhabilitación. «Creo que lo más destacable es reconquistar lugares que estaban abandonados, olvidados», afirma Barela. En este sentido también se recuperó, el 10 de enero, el roof garden del Automóvil Club Argentino, en Avenida del Libertador al 1800.

El edificio del ACA se inauguró en 1942, y su restaurante con vista panorámica cerró en 1986. «Tiene una vista imperdible y Buenos Aires se merece que esté abierto», comenta Zakim a un centenar de personas que lo escuchan atentos en el noveno piso, contemplando el hermoso panorama de la ciudad.

En un viaje que oscila entre el pasado y el presente, se descubre una Buenos Aires intangible, una Buenos Aires que ya no está, pero que puede reconstruirse a través del relato y del recuerdo. «Detrás de donde está ahora la embajada de Chile tenemos un corazón sentimental de la ciudad. Ahí se encontraba el Armenonville, cuna del tango», comenta Zakim. Fue inaugurado hacia fines de 1911 y tuvo el honor de ser el lugar donde debutó Carlos Gardel.

Recoleta y Palermo como zona de grandes residencias y mansiones excéntricas entre jardines, que a altas horas de la noche se veía modificada por el movimiento que generaban los lugares donde se bailaba el tango, ya no existe. Pero éste no fue el único cambio que sufrió la zona: «En 1923, otro hecho notable rompió la serenidad de las tardes domingueras: el Club Atlético River Plate se instaló en la hoy plaza República Oriental del Uruguay», observa Zakim.

Aquellos lugares se vieron transformados por el tango y el fútbol, no sólo en su espacio sino también a través de la presencia de los sectores populares que «pudieron acceder a esa zona que se decía lejana pero que, al estudiar los planos, estaba muy bien comunicada con el centro por el ferrocarril, el tranvía a caballo y el eléctrico. Lo que había claramente era una distancia social».

Desde el mirador del ACA se observan también obras de grandes arquitectos como las Torres Santours I y II, diseñadas por Mario Roberto Álvarez; el Edificio Gelly, de Clorindo Testa, el edificio de la embajada de Bélgica, obra de Alejandro Bustillo, y las Torres Le Parc Figueroa Alcorta, de Roberto Aisenson. Estas últimas torres tienen una particularidad: su remate calado que las tornan identificables.

Desde lo alto se ven también las contradicciones de toda gran urbe moderna. Al lado de la opulencia se extiende la Villa 31, con sus más de 27 mil habitantes.

Otro punto de observación interesante es el mirador ubicado en el piso 23 del Hotel Panamericano. Desde allí es posible hacer la lectura del crecimiento de Buenos Aires con la posibilidad observar dos grandes íconos porteños: el Obelisco y el Teatro Colón.

Los miradores intentan recuperar la función original de los edificios en altura, función que había estado vedada u olvidada. Proponen otra mirada. Recorren la historia. Abordan la ciudad desde «aspectos tangibles e intangibles, desde sus valores sentimentales profundos, rescatando la importancia del patrimonio que conforma nuestra identidad como un valor insoslayable que hay que defender a ultranza», concluye Zakim.

CÓMO VISITARLOS

El mirador más famoso de Buenos Aires durante décadas fue la confitería del edificio Comega. Está ubicado en el piso 19 de avenida Corrientes 222 y se lo puede conocer los viernes, de 16 a 18.

La Galería Güemes, inaugurada en 1915 y ubicada en Florida 165 y San Martín 170, tiene un mirador que puede visitarse los jueves a las 16.

Para conocer el mirador del Automóvil Club Argentino, en Avenida del Libertador 1850. Las visitas guiadas son los martes, con inscripción previa.

Las visitas al mirador del hotel Panamericano, en el piso 23 de Carlos Pellegrini 551, son los miércoles, de 17 a 18.

La inscripción para visitar los miradores se realiza teléfonicamente, en la Dirección General de Patrimonio: 4339-1900, interno 126 (de 9 a 13) e interno 127 (de 13 a 20).

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