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TEMAS DE LA SEMANA

Miguel Grinberg: al rock se subieron oportunistas

Poeta, periodista, militante de la ecología social y especialista en movimientos juveniles, dice que hacen falta nuevos cronistas para narrar la actualidad.

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A mí me regalaron uno igual, esos aparatos son realmente a prueba de tontos”, dice Miguel Grinberg y señala el grabador digital que ya comenzaba a registrar sus palabras. El encuentro es en el clásico bar La Academia, en Callao casi Corrientes, un lugar que define como su “base de operaciones”. Poeta y periodista, está muy identificado con los orígenes del rock en la Argentina, que sistematizó en su clásico Cómo vino la mano, publicado en 1977 y reeditado el año pasado en una versión ampliada; pero también es un erudito en temas como el ecologismo, del que es un referente internacional, la espiritualidad y la meditación.
Actualmente forma parte de la revista Cítrica y en las madrugadas de los sábados hace su programa radial Rock que me hiciste bien, por Radio Nacional. Su libro más reciente, Un mar de metales hirvientes (Gourmet Musical), es una recopilación de las crónicas que hizo entre 1975 y 1980 para el mítico diario La Opinión, fundado y dirigido por Jacobo Timerman. Son las líneas en las que retrató el comienzo de Seru Giran, el apogeo de Invisible, la vuelta de Almendra, el nacimiento del Luna Park como un templo rockero, el crecimiento de León Gieco y los inolvidables conciertos de Ástor Piazzolla en Buenos Aires, entre otros acontecimientos que dan muestra de lo que llama una “resistencia musical” en épocas dictatoriales.
¿Cómo surgió la idea de recopilar estos artículos en un libro?
Soy muy ordenado con mis trabajos periodísticos. Tengo pegadas en carpetas oficio todas las notas que hice para La Opinión, por ejemplo. Como ya vamos por la quinta edición de Cómo vino la mano me preguntaron en la editorial si tenía alguna otra cosa sobre rock. Me acordé enseguida de este material, porque retrata un período oscuro de la vida argentina desde los que lo protagonizaron musicalmente. Al releer ahora aquellas notas periodísticas escritas en caliente puedo ver que más allá del terror por la dictadura había una generación que venía creando armonía y belleza. Eso fue un testimonio de resistencia musical, una respuesta cultural a lo que se estaba viviendo y no un arrebato hippie.
Muchas veces analiza a la juventud de los 60, de la que formó parte, con mucha distancia.
Todos los años 60 estuve metido en un movimiento de poetas de las Américas llamado Nueva Solidaridad por el cual fui a México en 1964 para participar de un encuentro y eso me llevó a un viaje muy largo por Estados Unidos. De eso se trató mi libro Poesía y libertad, que publicó en 2010 Editorial Ross. Hice otro en 2006 sobre la contracultura argentina, Generación V (Emecé), y en 1985 formé parte de una especie de documental sobre la contracultura norteamericana llamado La generación de la paz. Siempre me apasionó la idea de documentar esa época.
¿Cómo era el trabajo en la redacción de La Opinión?
No era el tipo de medio en donde uno publica las cosas a pesar del credo imperante. Había un permiso para soñar y me dediqué a soñar el rock en medio del terror. Quebré algunas reglas, por ejemplo cuando armé una nota con imágenes de Janis Joplin cuando en el diario no se publicaban fotos. Mi jefe era un artista del periodismo: Ernesto Schoo. Teníamos un elenco de gente en órbita. Como prosecretario, me tocaba ser interino de cierre, es decir que hasta que no salía el diario de la rotativa no me iba y siempre nos quedábamos tres o cuatro solos en la redacción, esperando. Y salíamos juntos a la medianoche, en la oscura Barracas. Vivíamos tiempos de paranoia porque el diario había tenido muertos y desaparecidos. No se qué podríamos hacer juntos para protegernos, por lo menos correr juntos, pero era una especie de protección y nunca nadie se iba solo.
Hay un artículo en el que critica severamente un discurso de Massera, en plena dictadura.
Si uno lee con prolijidad el libro verá que con el paso de los días yo consignaba cosas como la censura radial. No era colaboracionismo cultural lo que hacíamos. El diario me motivó a seguir la lucha en un frente mucho más comprometido. Cuando dejé de trabajar en La Opinión empecé a vislumbrar la posibilidad de fundar una revista. Como no tenía recursos fui a la persona que en ese momento más se la jugaba periodísticamente: Andrés Cascioli, de Humor, que desde la sátira mantenía encendida la llama de la resistencia. Y así nació Mutantia, mucho más jugada porque salió con una postura pacifista y ecologista.
¿Cómo se tomaba en ese momento su rol de crítico musical?
Siempre tuve claro que el testigo, en este caso el periodista, es una especie de gran ojo de la sociedad que tiene la posibilidad de documentar la época o ceñirse a lo que le gusta personalmente. En el momento tuve mis conflictos con algunos protagonistas de la escena del rock local, porque he sido duro. Si un amigo hacía un recital de mierda, yo lo decía. En los 60, cuando trabajaba en la revista Panorama, le di con un caño al debut del sello Mandioca. Se presentaron con dos recitales y el primero fue una calamidad. Y no fui complaciente sólo porque eran mis amigos. El crítico es copartícipe de los fenómenos culturales y si tiene la intención de contribuir en algo al fenómeno trata también de decirle al artista en qué considera que se ha equivocado.
¿Cuándo empezó a interesarse por el rock?
Soy rockero desde la adolescencia. Como mi mamá me hizo hacer completo el Liceo Británico manejaba el inglés. Escuchaba radio de onda corta y sintonizaba La voz de América y el Hit Parade norteamericano. Es decir, justo sintonizaba la radio cuando fue parido el rock. Así que me convertí en un bicho potencial de radio y tuve la suerte de hacer un programa de rock en 1972 por Radio Municipal que se llamó El son progresivo. También formé una productora de recitales llamada Rock Centro en una época en la que no había productoras de ese tipo y armamos los recitales de Luis Alberto Spinetta con los que presentó su disco solista Artaud en el teatro Astral. Y yo estaba completamente inmerso en el rock, coprotagonizando la película como apoyo periodístico o moral. Iba a todos los recitales. Vivía en los teatros.
¿Cómo llegó a tener tanta importancia en la causa por el medio ambiente?
Me dediqué mucho a radio y en el ínterin abrí un canal ecologista. Al mismo tiempo que empecé Mutantia me vinculé con un centro de enlace internacional para el medio ambiente que estaba en Nairobi, Kenia. Y me convertí en representante latinoamericano ecologista, lo cual me significó toda esa década siguiente en la órbita de Naciones Unidas. Estuve en gran parte de la redacción de documentos de la famosa conferencia de Río de Janeiro Eco 92. Mi panorama entre la ecología, el rock, la poesía y la espiritualidad se fue diversificando enormemente. Durante siete años hice un programa llamado Ecoscopio, por FM Cultura. De ahí emboqué en FM Faro Nacional y de ahí vine a Radio Nacional hace nueve años con Rock que me hiciste bien.
¿Qué le parece el rock nacional actual y cómo se lleva con la escena?
No frecuento los recitales con la asiduidad del pasado, pero elijo muy bien a los que voy. Por ejemplo, los últimos shows a los que fui fueron a uno de Engranaje, un grupo veterano de Osvaldo “Bocón” Francino, que fue músico de Spinetta, y Amel, donde están el hermano y el sobrino del Flaco. También estoy muy animado en función de los solistas que se han dado en la última generación: Gabo Ferro, Pablo Dacal, Juan Ravioli, Lisandro Aristimuño, Lucio Mantel. Ellos son una camada de músicos que, para mí, simbolizan la línea que más me atrae en cuanto al contenido poético, la resolución armónica de sus materiales y su aproximación a otras vertientes musicales no necesariamente rockeras. Veo una búsqueda de algo que todavía, a mi entender, está en gestación.
¿Cómo ve a la crítica musical de hoy?
Creo que la unión creativa que se dio entre la contracultura y lo rockero años atrás se ha perdido. Primero, porque la descomposición de la sociedad es mucho mayor y segundo porque al caballo del rock se subieron oportunistas que están pensando más en el negocio que en la cultura. Eso no está ni bien ni mal, es parte de la realidad. En este momento puedo citar una revista arquetípica que fue Expreso Imaginario que unió ecologismo, pacifismo, rock, comunidades, movimientos juveniles rebeldes. Algo así ya no existe. Hoy, la contracultura transmite por otro canal.
¿La juventud de hoy es muy diferente a la de otras generaciones?
Hay gente que está dormida y gente que está despierta. Lo singular es que internet permite radios libres o publicaciones digitales. Éste es un momento puente entre lo que dejamos y lo que empieza. Necesitamos nuevos cronistas que dediquen su tiempo a documentar. Ahora el escenario es el universo. Eso requiere una flexibilidad mayor porque hay que convivir con culturas diferentes. Los movimientos históricos están para el museo y los nuevos todavía inspiran desconfianza. Al lema de convertir la propia vida en obra de arte parece haberle llegado su oportunidad. Ahora los roles cambian, el trabajo de los que dan testimonio cambia y estamos en el comienzo de una nueva historia que uno no escribe, sino que se escribe a sí misma. Si hay cerca alguien con un grabador o con un lápiz, el trabajo queda completo.

Fuente Redacción Z
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