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TEMAS DE LA SEMANA

Mercados sin intermediarios: el comercio justo gana más adeptos

Más porteños compran en negocios donde se garantiza que los productores recibirán un pago adecuado.

Por dolores-bulit
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Artesanías típicas de los pueblos originarios de la Argentina, productos textiles, objetos, juguetes y accesorios, alimentos frescos y envasados, orgánicos o agroecológicos, pasando por alimentos emblemáticos como la yerba mate, componen las vidrieras y stands en los locales y mercados instalados en distintos barrios de Buenos Aires. Se trata de negocios que practican el comercio justo, que significa que los productos que venden garantizan ciertas condiciones ambientales y sociales durante su elaboración. Pertenecen a ONG, asociaciones, mutuales o cooperativas que, en los últimos años, se vienen sumando a la tendencia global de poner en práctica reglas comerciales más justas y transparentes para los productores desfavorecidos de esta parte del mundo.

El pago justo, el trabajo decente (ni esclavo ni infantil y en igualdad de condiciones) y el cuidado del medio ambiente en la producción son los tres pilares fundamentales de esta iniciativa, que además fomenta prácticas comerciales y financieras transparentes, prioriza el desarrollo de los pequeños productores marginados del sistema y los alienta a reunirse en organizaciones democráticas en la toma de decisiones.

Arte de pueblos es una tienda que tres organizaciones sociales dedicadas al tema abrieron en Libertad y Paraguay hace cuatro años. Allí, muchos vecinos se convirtieron en clientes frecuentes y eligen ponchos, carteras, máscaras o utensilios de madera realizados por hombres y mujeres mapuches, wichís o chanés para hacer sus regalos. «La primera vez entré porque me gustaron mucho las cosas y la calidad de las artesanías, pero ahora compro siempre que puedo porque me explicaron que trabajan para mejorar la vida de pueblos que viven muy aislados», cuenta Beatriz, una compradora habitual. La misma escena se repite a diario en la tienda que Fundación Silataj tiene en el barrio de Belgrano y en los dos locales céntricos de Arte y Esperanza, ambas con más de veinte años de historia en la Ciudad, y donde sienten que el interés de los porteños viene en aumento. «Hace un tiempo, los únicos que conocían el comercio justo eran los turistas de Europa y Estados Unidos. Hoy se puede decir que los oriundos de la Ciudad se interesan por el contenido social y ecológico de los productos; cada vez son más conscientes de que cuando compran cualquier artículo avalan las formas que lo hicieron posible», explica Andrés Cottini, de Arte y Esperanza.

También en Almagro algunos vecinos se acostumbraron a comprar la yerba que se vende en la esquina de Bulnes y Rivadavia, producida por cooperativas misioneras que aseguran un pago digno a todos los eslabones de la cadena de valor, desde el tarefero que cosecha la hoja verde hasta los responsables del secado y la molienda, realizados por los propios productores. La yerba es un caso emblemático porque se trata de un producto muy valorado por los argentinos, pero que no siempre ofrece una retribución equitativa para sus productores.

Graciela Pagano pertenece a la Cooperativa de Productores de Florencio Varela. Vende pollos y huevos orgánicos en El Galpón, en Chacarita. Para ella, estos espacios alternativos de comercialización tienen una ventaja clara. Además de que la ganancia es buena, sabe que sus productos, un poco más caros porque se crían en forma natural, son más valorados. «Tenemos cada vez más demanda, así que estamos convenciendo a los productores para aumentar el trabajo», se entusiasma.

Por su parte, para acompañar las denuncias públicas de las marcas de ropa que trabajan con talleres clandestinos, la Cooperativa 20 de Diciembre lanzó su propia marca de ropa, Mundo Alameda, a la venta en su sede de la avenida Directorio.
Cristina Hereñu es integrante del equipo coordinador de la Comercializadora Comunitaria Sur Urbano, que funciona en la iglesia Santa Cruz del barrio de San Cristóbal. «Después de cinco años de trabajo de hormiga sentimos que hay un crecimiento, trabajamos los vínculos con los productores y con los consumidores, que ahora sienten que apoyan un proyecto.

Hace cuatro años nos planteamos dejar de usar bolsas plásticas: fue difícil porque eran más baratas, pero hicimos talleres con los productores y hoy fabricamos nuestras propias bolsas con revistas y papel de descarte. Muchos de nuestros compradores son mujeres mayores de 30 años, aunque los artesanos jóvenes también atraen por su propuesta a un público cada vez más joven. Estamos creciendo artesanos y consumidores.»

Fuente Redacción Z
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