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TEMAS DE LA SEMANA

Mercado de San Telmo: Cambalache cool

Bajo la vieja estructura de chapa y vidrio conviven jamones serranos, pollos de campo, frutas tropicales con medias de náilon, abanicos, indumentaria de teatro o un saxo tenor.

Por Rodolfo Edwards
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Se erige en el corazón del barrio desafiando al tiem­po y a la historia. Su cuer­po principal data de 1897 y el proyecto de diseño fue del ar­quitecto Juan Antonio Buschiaz­zo; en 1930 se agregaron los bra­zos de Defensa y Estados Unidos. Las fachadas del edificio respon­den a los cánones del neorrena­centismo y se mantienen firmes, a pesar de los años, evocando épo­cas de una Buenos Aires en cre­cimiento. El Mercado tiene cuatro entradas: hay portones por las ca­lles Bolívar, Estados Unidos, Car­los Calvo y Defensa; cada uno in­vita a un recorrido diferente, son como aquellas Puertitas del Señor López: funcionan como espacios de paseo y descubrimiento, sor­presas de la siempre sorprenden­te Buenos Aires.

Una megaestructura de vigas de hierro, con techos de chapa y vidrio, rematada por una inquie­tante cúpula, conforman el es­queleto de este galpón por el que circularon miles de porteños des­de los lejanos días de su inaugu­ración: el Mercado de San Telmo ya ha respirado el aire de tres si­glos. Como a un pequeño pue­blo, varias calles internas lo atra­viesan, invitando a internarse en una geografía donde conviven las tradicionales verdulerías, carnice­rías y fiambrerías con ferias ameri­canas, mercerías, venta de juguetes y muebles vintage, bazares de platos y cristalería antigua, li­bros usados, copetines al paso.

para el puchero

Hay algo del espíritu de las viejas galerías de barrio que per­siste en el Mercado, aunque escu­cho a una octogenaria decirle a su acompañante: “Che… antes acá estaba lleno de almacenes, ahora no veo ninguno”. El desconcier­to de la señora está plenamen­te justificado porque para el visi­tante no habituado es difícil hacer foco en la heterogeneidad de la oferta comercial que hoy presenta el mercado. Antes se iba simple­mente a comprar cortes de car­ne o un puñado de verduras para un puchero o unos bue­nos bifes a la criolla. Ahora, ni siquiera las verdulerías son las de antes, pletóricas de mangos, pa­payas, chirimoyas, papines y ajíes de distintos colores, hongos vario­pintos y frutas secas y abrillanta­das.

y para el espíritu

Para el coleccionista “nerd”, el Mercado de San Telmo es una verdadera panacea. El concep­to de “cambalache” aquí es lle­vado hasta el paroxismo. La pa­labra “cambalache” se asocia con “tienda en que se compran y ven­den prendas, joyas y muebles usa­dos”. La definición es muy precisa aunque habría que sumarle un lis­tado de objetos que sobrepasaría los límites de esta nota.

El visitante puede armar se­ries a su gusto: un museo del ju­guete, por ejemplo, ya que en es­tas vidrieras irrespetuosas, como diría Discepolín, una muñeca ne­gra convive con un muñeco de Maradona que mueve los braci­tos subido a un pedestal donde se lee la elocuente inscripción: “Sigan mamando”, mientras un gato azul de porcelana observa la escena con actitud zen. Otra posi­bilidad es presenciar una historia de los aparatos reproductores de audio y en este caso podemos en­contrarnos con voluminosos gra­mófonos con sus enormes boci­nas doradas donde seguramente habrá sonado un disco de pasta de Carlitos Gardel; cambiamos la hoja del calendario y en otro lo­cal un glorioso tocadiscos Winco (toda una contraseña para meló­manos) en pleno funcionamiento y estado hace girar un disco del cantante romántico Roberto Ya­nés, justo cuando canta dolida­mente un estribillo que implora “estando lejos/ igual te quiero”. Los discos de vinilo volvieron a ponerse de moda, recuperaron sus fueros luego de un largo os­tracismo y las viejas ediciones hoy cotizan en bolsa. Disimulados en­tre libros y revistas, se pueden en­contrar long-plays editados, sobre todo, durante las décadas del 60 y 70. Encuentro uno de Alejandro Medina y la Pesada del Rock and Roll y me piden 500 pesos: “Es una figurita difícil”, aclara un se­ñor con cara de rocker longevo.

Para los amantes del cine, hay afiches de películas de todas las épocas, como aquel de Casablan­ca donde un Bogart de smoking blanco, junto a Ingrid Bergman, hace una mueca para la eternidad o el que mostraba los ojos estalla­dos de cocaína del Scarface de De Niro. Alos más chicos se les puede regalar un viejo proyector “cine­graf” de lata para ir adentrándose en la magia del séptimo arte.

En una plazoleta central del Mercado funciona un encantador barcito, atendido por una gringa rubiecita que ofrece cafés de dis­pares puntos del globo: Yemen, Colombia, Guinea, México, In­dia, Etiopía. Y resulta refrescan­te este touch de contemporanei­dad en medio de tantos túneles del tiempo.

Salgo por la salida de Defensa y me voy a comer una muzza de parado a Pirilo. Pero eso es otra historia.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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