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Mercado de flores: pétalos para todos

Orquídeas y musgos exóticos en el predio de Barracas.

Por Paula Jiménez España
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No bien sale el sol, el enorme portón del predio de Olavarría al 3200, se abre de par en par. Este sitio es, además del epicentro de la distribución floral de la ciudad, un refrescante paseo. Los canastos de mimbre llenos de ramos están por todas partes, sobre las estanterías, las mesas, el piso. La gente charla, los comerciantes toman mate mientras cortan tallos con sus tijeras, rocían los pétalos con agua, envuelven de a docenas las rosas o las gerberas con celofán.
Después de muchos años de funcionar en Acuña de Figueroa y Sarmiento, desde 1951 hasta 2002, la Cooperativa Argentina de Floricultores trasladó el Mercado de Flores a Avellaneda para volverlo a mudar a la ciudad en 2005, donde se encuentra actualmente. Hasta esta zona del barrio de Barracas, en el extremo sur de la ciudad, llegan muy pocos colectivos (el 59, el 46 y el 37), pero la distancia no logra disuadir a quienes, por variadas razones, visitan el lugar diariamente. No sólo floristas sino cantidad de clientes particulares, curiosos, fotógrafos que, cámara en mano, andan de aquí para allá cazando imágenes por los 24 mil metros cuadrados del predio.
El movimiento es continuo y comienza con el alba. Los horarios para la clientela alternan según el día: lunes, miércoles y jueves, de 6 a 9, y jueves y sábados, de 8 a 11. Todas las mañanas, pasadas las dos primeras horas, la mercadería comienza a escasear y los puesteros a preparar su retirada hasta la siguiente madrugada. Pero más allá de las rutinas, el panorama es siempre de lo más variado, diverso, jovial. Acá hay de todo. Margaritas, crisantemos, rositas rococó, lisianthus, esa flor que, a veces morada, otras blanca, rosa o amarilla, no falta en ningún puesto. Quizá sea por su belleza, pero también por su perdurabilidad, que se trate de la más vendida: cambiándole el agua llega a decorar por siete días una casa (a diferencia de los jazmines que, pese a la persistencia de su aroma, pierden su esplendor al poco tiempo).
Cada flor tiene su particularidad, pero quizá la reina sea la orquídea. Seiji, que desde hace veinte años se dedica a su crianza, cuenta: “Es un trabajo facilísimo. Yo siempre me dediqué a esto. Pero en los últimos tiempos las cosas han cambiado. La gente está olvidando la costumbre. La orquídea es un artículo para fiesta de lujo y ya no hay tantas”. Y aunque la más famosa de esta especie sea la phalaenopsis, Seiji ha preferido especializarse en catleya, una orquídea típica de América Central. Y le ha ido bien: desde el ex presidente Clinton hasta Akihito, el emperador de Japón, Nicolas Sarkozy y la princesa Máxima, han sido sus clientes VIP de los últimos años. “Yo estuve en Alemania, Inglaterra y Francia, y son países donde ya se ha abandonado el cultivo de la catleya”, explica Seiji. “Entonces, usted es muy reconocido”, afirmo. “No soy reconocido. Es que no hay otro que haga este trabajo”, responde con humildad.
Asiática, como Seiji, también es la procedencia de la lucky bambú (cuyo precio es de $25 la unidad tanto para mayoristas como para minoristas), una bellísima caña enroscada en la punta que mide 45 centímetros de alto y proviene de China. Este producto se puede importar porque pertenece a la categoría de lo degradable, explica Maxi Mastronardi. La lucky bambú debe permanecer en agua para sobrevivir, así conserva su tamaño y lo que crece es el brote. Maxi sabe bien de lo que habla. Lo suyo no son las flores sino las plantas. Él es el dueño de uno de los viveros más grandes del mercado. Entre los productos más vendidos este verano, además de la lucky, explica, está la kokedama, planta de un cultivo muy particular: una bola de musgo con tierra que para ser regada debe ser sumergida enteramente en agua (su valor es de $50 para todos los clientes). Ésta y muchas más curiosidades pueden encontrarse en el Mercado de Flores, un paseo que cinco mañanas a la semana imbuye color a Barracas.

 

Fuente Redacción Z
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