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TEMAS DE LA SEMANA

La moda de medicar a los chicos para que se porten bien

La psicoanalista Beatriz Janin, directora del Programa de Especialización en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, advierte sobre los riesgos de confundir conductas infantiles esperables con patologías, y entonces medicarlas.

 

Por Alejandra Hayon
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Como fundadora de la ONG Forum Infancia, lucha contra la patologización y medicalización de los chicos. Aunque aún se desconoce el número exacto de niños afectados en la Argentina, la especialista dice que “son muchísimos y cada vez hay más”.
¿Por qué pasa esto acá y en el mundo?
Estamos en un momento de biologización de las conductas de los chicos. Esto quiere decir que se confunden conductas relativas a la infancia, o problemáticas específicas que tienen algunos niños, con inconvenientes biológicos. Con conductas propias de la infancia me refiero al movimiento, el juego, estar desatento, disperso o con la cabeza en las nubes. Cuando eso es vivido como algo patológico, se medica. Hay chicos de cinco o seis años que me dicen: “Tomo la pastilla para portarme bien”, “Me dan la pastilla porque hablo mucho”.
¿A quiénes se medica sin necesidad?
En general medican a niños por hiperactivos o rebeldes. A los desatentos y los que no aprenden también. Como la actitud de estos chicos no se ajusta a los parámetros considerados normales, se los rotula como patológicos. Pero nadie se pregunta, ni le pregunta a ese chico, qué hay por detrás de sus conductas.
¿Y qué suele haber?
Un chico puede ser hiperactivo, por ejemplo, debido a múltiples motivos. Tal vez se mueve mucho porque está angustiado. O porque siente que los adultos lo miran poco y quiere llamar la atención. O es para ser el centro entre sus pares. También porque siente que los otros están tristes o porque cree que los adultos están desconectados de él.
¿Pasa igual con lo que se considera relacionado al déficit de atención?
Sí. Un chico puede estar desatento porque no entiende. En ese caso, se confunde la desatención con una dificultad en el aprendizaje. Eso no es medicable, sino algo sobre lo cual se debe trabajar hasta encontrar el método para que ese niño comprenda. Hay chicos que no atienden porque están pensando en otra cosa, en algo que les preocupa. Otros porque están más concentrados en los avatares afectivos de la maestra que en lo que enseña. Y otros porque prestan atención a sus compañeros. Una vez un chico me dijo: “Cuando la señorita habla, el resto también habla. Y lo que ella dice puedo copiarlo después del cuaderno de otro, pero lo que dicen mis compañeros me lo perdí para siempre”.
¿Qué implica para un chico sin patologías reales estar medicado?
En primer lugar, ese niño se supone enfermo de algo. En segundo lugar, le estamos diciendo al chico que una pastilla resuelve cuestiones que él no puede solucionar por su cuenta. Y por último, aunque la droga en los medicamentos no sea adictiva, estamos creando en esos chicos la lógica de la adicción. Porque el razonamiento de tomar una pastilla para solucionar un problema es el mismo por el cual un adolescente consume éxtasis para poder bailar diez horas seguidas, o recurre a otras drogas porque se siente deprimido o angustiado. Y ni hablar de los efectos adversos y secundarios que provocan los medicamentos más utilizados en niños y adolescentes, que suelen provocar pérdida de apetito y sueño o hasta trastornos cardiológicos a largo plazo.
¿De todo eso, qué sería lo que perjudica más gravemente al niño?
Lo más grave es que cuando se medica a un chico se acalla aquello que podría empezar a aparecer para solucionarlo de raíz. Si no logramos escuchar y entender realmente lo que le pasa, no lo podemos ayudar de verdad.
¿Cómo se llega a medicar a un menor?
La primera en advertir a los padres, y en muchos casos hasta diagnosticar, es la escuela. Eso está mal. “Este chico es hiperactivo, no atiende o se rebela, entonces tiene un trastorno por déficit de atención”, dicen. Incluso cuando el diagnóstico lo hace un profesional tiene que ser producto de un largo recorrido. No se puede hacer un diagnostico en una entrevista, pero si la consulta cae en un médico es muy probable que termine medicando al niño.
¿Y esto ocurre a partir de qué edad?
Entre los cuatro y seis años, cuando los chicos empiezan el colegio. Se los comienza a medicar más temprano porque las exigencias del jardín son cada vez mayores. Los niños ya no van sólo a jugar.
¿Cuál es la reacción de los padres ante la advertencia de la escuela?
En general se desesperan. Como la escuela es el primer lugar de inserción social, suponen que si los chicos se quedan afuera van a terminar quedándose afuera del mundo. Y con tal de que el chico no pierda su lugar en la escuela, los padres terminan dispuestos a hacer lo que sea, incluso a medicar a su hijo.
¿No les parece mal?
El otro punto es que muchos padres conciben la medicación como algo normal. Se consume cantidad de medicación por cualquier cosa: pastillas para dormir, para no comer, para estar menos nervioso y para muchas otras cosas, sin ponerse a pensar qué hay en el fondo. El problema es que medicar a un chico no implica una decisión que lo involucre; son los adultos los que están decidiendo por él.
¿Por qué quedó relegada la terapia?
Estamos en un mundo que no da tiempos, entonces no se supone que alguien pueda hacer un recorrido para sentirse mejor. Un tratamiento psicológico lleva tiempo y la pastilla aparece como mágica.
¿Hay estadísticas?
En nuestro país no hay un número exacto que contabilice cuántos chicos están medicados, pero sí sabemos que son muchísimos y que cada vez hay más. De hecho, muchos profesionales hablan de una epidemia de problemas neurológicos, lo que es imposible. Recurren a la biología y piensan en problemas neurológicos en vez de en las determinaciones individuales y epocales. No podemos pensar que todos los chicos están naciendo con los neurotransmisores mal y tienen un déficit cerebral.
¿A qué se debe que haya más casos?
Si hay más casos, tenemos que pensar que somos una sociedad que genera chicos hiperactivos. Por un lado, se les exige a los niños que hagan mil actividades, se los deja solos frente a las pantallas y los adultos cada vez están menos conectados con ellos. Por el otro, los adultos estamos sobrepasados y vivimos en una sociedad terriblemente exigente. No hay tiempo, todo es urgente, tenemos que hacer millones de cosas y responder a muchos estímulos. Al funcionar de esa manera, es difícil tolerar las exigencias de un chico.
¿Esto puede ser, entonces, un problema de relación entre niños y adultos?
Se espera que los chicos sean como los de otras épocas. Los adultos, hoy, no somos como los adultos de antes y obviamente los chicos tampoco. Pero la escuela sigue siendo bastante parecida a la de otras épocas y eso genera un gran desfase.
¿Cómo son los chicos de hoy?
Están expuestos a miles de estímulos desde que nacen. Hay muñecos que se mueven solos, hacen ruido y tienen luces. Ven pantallas saturadas de colores y brillo. Los chicos reciben una cantidad enorme de estímulos, todos juntos y muy fuertes. Pero cuando van a la escuela tienen que atender a un estímulo totalmente diferente, como lo es el de una maestra hablando y, con suerte, un pizarrón quieto, detrás. Se juega cada vez menos a juegos de roles y se les lee menos. Hay una distancia enorme entre lo que esperamos que puedan sostener en la escuela y lo que les enseñamos en casa.
Pero, a su vez, a los niños se les exige cada vez más y a más temprana edad.
Ahora se supone que los chicos tienen que entrar en primer grado sabiendo leer y escribir, cuando toda la vida se aprendió a leer y escribir en primer grado. Está todo muy acelerado. La escolaridad es una carrera desenfrenada y desesperada. La idea de que a los cuatro años ya tienen que empezar a escribir algo y a los cinco ya tienen que poder leer. ¿Por qué? ¿Por qué este acelere de tiempos, en una sociedad acelerada?
¿Y por qué?
Estamos inmersos en una lógica en donde no importan los sujetos, lo que interesa es la producción y el consumo. Por eso insisto en la relación entre el neoliberalismo y la patologización de la infancia. Los chicos tienen que prepararse desde una edad temprana para un mundo competitivo. Eso es grave porque los deja muy desprotegidos. Y fuerza a todos a responder por igual a cosas que algunos no pueden responder. En este contexto, medicar a un niño es un acto de violencia.
¿Qué quiere decir con eso?
Que al medicarlo no se tiene en cuenta lo qué le ocurre al chico ni sus posibilidades de codificar eso que le ocurre. Con la pastilla se tapa la angustia, el dolor, el sufrimiento, situaciones de duelo y otras emociones. De ese modo se ubica al niño en un lugar de enfermo con una patología de por vida, cuando no es así. Es un acto de violencia porque se medica al niño, pero no se modifica nada del ambiente, como suponiendo que todo está bien y el problema es biológico. Tampoco cambia nada de lo que le pasa al chico internamente ni se tiene en cuenta su sufrimiento.
¿Qué les recomienda a los padres?
Que se den tiempo, que le den tiempo al chico, que lo escuchen y que traten de entenderlo sin compararlo con el resto. Que no cataloguen a su hijo de entrada.

Beatriz Janin: Licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires (UBA).
Profesora de Psicoanálisis con niños y adolescentes en varias universidades.
Dirige la revista Cuestiones de Infancia.
Escribió, entre otros libros, El sufrimiento psíquico en los niños (Editorial Noveduc).

DZ , nc

 

Fuente Especial para Diario Z
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