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Maximiliano Guerra, teatro y globalización

El bailarín opina sobre danza, sus contextos, los ritmos populares y la situación del Teatro Colón.

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El celular suena varias veces. Maximiliano Guerra está a mil. Registra las llamadas, pero decide no atender para no desconcentrarse. Aprovecha el momento de la entrevista para distenderse. Rechaza el cigarrillo que le invita Pedro, nuestro fotógrafo: «Son ingleses, un poco suaves». La nota es en la cocina de su Fábrica de Arte. Afuera, en el estudio, unas niñitas toman una clase.

¿Cambió mucho el Colón desde el 77, cuando empezaste vos?
Creo que lo golpearon mucho. Se olvidaron un poco de las artes. Hoy el Colón está reabierto en su base central y la escuela está en Villa Lugano. Está funcionando en un lindo lugar, pero los pibes no están en contacto con los profesionales y con la orquesta. Antes podías mirar hacia arriba y soñar con cosas que tenían que ver con tu crecimiento. Al estar separada la escuela del teatro, se pierde todo eso.

¿Podría recuperarse esa magia?
Siempre hay formas de recuperarla. El Colón está muy golpeado desde lo humano porque se olvidaron de que cualquier teatro es algo que está más allá de lo arquitectónico. El verdadero teatro es la gente que labura adentro. El Teatro Argentino de La Plata sobrevivió casi veinte años sin edificio propio.

¿Cómo empezó tu Fábrica de Arte?
Creo que uno de los grandes problemas de nuestra educación es la falta de exigencia. Soy un convencido de que la escuela de comedia musical es un chiste. En dos o tres horas no podés aprender bien a bailar, a cantar y a actuar. Cada una es una carrera diferente. La idea es que aquí se pueda estudiar en serio no sólo danzas sino también actuación, canto y pintura. Quiero que la escuela sea para todos y tenemos el proyecto de incluir a chicos de bajos recursos. Creo que la educación debe ser como el mar en su orilla: tiene que bajar parejo para todos.

Sabemos que te gustan el rock, el tango y el folklore. ¿Y la cumbia y el reggaeton?
El tema no es la música en sí, sino lo que representa en la sociedad. Si vos escuchás cumbia colombiana, es muy linda. Pero la cumbia que se hace acá, que es la fusión de algo con algo, con ritmo de cumbia, es como la publicidad del pajarito que te picotea la cabeza. Llega un momento en que el tiqui tiqui es tan repetitivo, que ya no escuchás nada. Con el reggaeton pasa lo mismo. No es una danza de escenario sino de discoteca. Si me estás mostrando cómo te movés, no me interesa. El reggaeton no tiene melodía ni amplitud. No le encuentro seducción ni belleza.

En el ambiente de la danza, ¿hay bromas?
Tenemos unos rituales para fin de temporada. En la última función, sin que el público se dé cuenta, nos hacemos bromas. Y generalmente las hago yo. Por ejemplo, en un pas de deux cuando la chica y el chico se tienen que encontrar, el chico se va y entra otro. O cambiarle la coreografía a tu partenaire, o si tiene que tomar de una botella, ponerle algo picante. Son bromas lindas.

¿Qué recordás de los carnavales de tu infancia?
Cuando era chico íbamos al carnaval en la Avenida de Mayo. Teníamos representantes de los barrios, todos juntos. La comunidad se juntaba y entre los barrios se presentaban las diferencias entre murgas y disfraces. Ahora es distinto. Me parece que la globalización nos está haciendo mal. Ahora es como si hubiera caído una bomba y tirado un pedazo por acá y otro por allá. No está bueno separar tanto a la sociedad. Es el viejo «divide y reinarás».

DZ/km

Fuente Redacción Z
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