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TEMAS DE LA SEMANA

Mateyko. Por Martín Kohan

El escritor, autora de libros como Imágenes de vida, narra el verano en Buenos Aires. 

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Kohan- Martin

Por Martín Kohan, escritor

Mis eneros de la infancia en Buenos Aires no se entienden sin el Muñeco Mateyko. Ninguna tarde faltaba en mi tele: él era tan puntual en acudir como yo en sintonizarlo. Yo en mi casa, medianamente sofocado, medianamente aburrido, de vacaciones. Él en cambio en Mar del Plata, trabajando. Mis veranos, año tras año, abundaban en soledad (mi papá en el negocio, mi mamá en la oficina, mi hermana en la pileta del club, mis compañeros de escuela de viaje). Mateyko en cambio se me aparecía siempre en medio de aglomeraciones, sobrecargado de invitados y curiosos. Yo tenía calor y él también, pero yo en mi casa andaba en patas, en cuero, en shorcito; él en cambio no podía quitarse el saco (que fuera saquito de verano no importa, que se lo arremangara a cada rato tampoco).

Detrás de Mateyko alcanzaba a verse el mar. O sea que él le daba la espalda. Hacía grandes elogios del mar, pero a la vez lo ignoraba por completo. Lo alababa de memoria, o mejor dicho en abstracto, de manera por demás somera, sin siquiera echarle un vistazo, sin tampoco echarlo de menos. El mar allá, lejos, de fondo, relegado, postergado, prescindible; Mateyko acá, en la tele, y antes que la tele en la terraza (terraza era la palabra clave, pero terraza es una palabra urbana, el lugar donde tomar sol en Buenos Aires). Arena no se veía, había que deducirla en todo caso. Lo que estaba presente era el sol, y junto con el sol, el viento; pero los dos, el primero encandilando y el segundo sacudiendo, sugerían más que nada molestias, ante todo eran motivo de incordio.

Mateyko era para mí la expresión cabal de mi gusto por quedarme en Buenos Aires, de entregarme al calor sin buscarle alivio, de desertar de la escena vacacional por convicción y a conciencia. Pero la suya era sin dudas una versión superadora y perfecta de ese renunciamiento, porque él no estaba acá, él estaba en Mar del Plata. En mi casa de Núñez, con mis libros, con mi perra, era fácil la elección. El mérito verdadero estaba en Mateyko. Los invitados de su programa, en tanto, invariablemente recién levantados, hasta hacía pocos minutos lagañosos y todavía, ante las cámaras, aturdidos y somnolientos, venían a promocionar sus funciones teatrales, su mundo de butacas y noche y focos artificiales; ellos eran, en carne viva, la antiplaya misma, arrancados de Buenos Aires y empotrados en Mardel.

 La gente se agolpaba infaltable a los pies del Muñeco Mateyko, es decir ante su terraza. Debían transpirar sin dudas apretándose de ese modo. No querían chapuzones, no; no querían barrenar las olas. No querían Sapolán Ferrini, no querían sombrilla de lona, no querían hacer castillos de arena. ¿Qué querían, en verdad? Querían ver al Muñeco Mateyko. ¿Igual que quién? Igual que yo. En mi enero en Buenos Aires, en mi casa, con mis libros, con mi perra.

 

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