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TEMAS DE LA SEMANA

Martín Marcos: “Es más importante construir ciudadanía que hacer viviendas”

El experto en planificación urbana dice que, desde el retorno a la democracia, las distintas gestiones de la Ciudad volvieron a privilegiar el espacio público, pero aclara que hay una asignatura pendiente con la urbanización de las villas.

Por Romina Calderaro
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De chico soñaba con ser arquitecto porque que­ría vivir en una casa más grande que la suya. Y le fue bastante bien en el despliegue de su anhelo infantil: Martín Mar­cos hoy es docente de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanis­mo (UBA) y director del Museo de Arquitectura y Diseño de la Socie­dad Central de Arquitectos. En diá­logo con Diario Z, Marcos habló del pasado, el presente y el futuro de la ciudad y se animó a pronos­ticar que, a pesar de que cada vez se venden más autos y el tránsito es un caos, en 20 años habrá un pro­fundo cambio cultural que mejora­rá la circulación. En su opinión, la ciudad, desde el punto de vista ur­banístico, se desarrolla en una di­rección correcta.

¿Qué es el catastro de la Ciu­dad de Buenos Aires?

El catastro físico es la planimetría de los lotes, las manzanas, las ca­lles, de toda la división parcelaria y con la cual se organiza físicamen­te el uso de la tierra urbana. Te da las medidas exactas que figuran en la Ciudad al momento de trasladar el dominio. Yo vendo, por ejemplo, un terreno. Vos lo comprás y es im­portante que el catastro respalde eso que dice la escritura, como las medidas y la orientación. El catas­tro evoluciona históricamente y es la plasmación ordenada de una se­rie de decisiones políticas y cultura­les. Buenos Aires es una ciudad his­pana. Los españoles fundaban las ciudades con algunas leyes conoci­das como Leyes de Indias, a dife­rencia de los portugueses, que fun­daban la ciudad con otras normas.

¿Cuáles eran las leyes españo­les y cómo incidieron?

El español fundaba con el damero, con el amanzanamiento, que es una forma de disciplinar el territorio. Al territorio salvaje, cuando se le pone encima la matriz cuadriculada del damero, que viene de la tradición romana, se lo domestica. Es una pulseada fáustica entre la naturale­za y el hombre. Las manzanas han perdurado a lo largo de muchos si­glos y han servido para georrefe­renciarnos en el uso de las ciuda­des. En San Pablo o Río de Janeiro si preguntás a cuántas cuadras queda el Museo de Arte Moderno, nadie va a contestar esa pregunta porque ellos no tienen en su cultura georre­ferencial la dimensión espacio-tem­poral de la cuadra. Yo sé si me ani­mo o no a caminar 15 cuadras. Y esa división configura una mane­ra de movernos, de ubicarnos y de relacionarnos con los otros. Pense­mos en “te espero en la esquina” o “a mitad de cuadra”. Con esa lógi­ca se ordena y crece Buenos Aires.

¿Qué tipo de casas se constru­yeron en esa época?

Las famosas casas chorizo. El gran prototipo de la vivienda porteña de finales del siglo XIX y del primer ter­cio del siglo XX es una vivienda de baja densidad, en planta baja, en el que el patio es el gran articulador. Y las galerías, los emparrados y las pérgolas eran bellísimos regulado­res entre el afuera y el adentro.

¿Qué pasó después?

La ciudad se densificó y recibió oleadas migratorias muy podero­sas. El puerto fue la entrada y sa­lida de muchas cosas. La densifica­ción le exigió a Buenos Aires crecer verticalmente y empezaron a apa­recer las casas de pisos. Como re­cién la ley de propiedad horizon­tal se sancionó en 1948, hasta ese año las casas tenían un solo dueño que alquilaba las distintas unidades. Eso es lo que llamaba vivir de ren­tas y es lo que hizo la famosa se­ñora Corina Kavanagh, que cons­truyó un edificio como los que veía en Nueva York en la década del 30. Ella se quedó con el departamento principal y alquiló el resto. Eso hicie­ron muchísimos inversores inmobi­liarios que construyeron bellísimos edificios. En 1944 aparece un nue­vo Código de Planeamiento Urba­no y a partir de 1957 se introduce la idea del edificio en torre de períme­tro libre y se empieza a descuidar el vacío. El edificio en torre trae el be­neficio de la densidad, pero gene­ra una relación entre el lleno y el va­cío del espacio público que va a ser conflictivo. Aparece un problema con el movimiento moderno.

¿Qué pasó durante la dictadu­ra militar?

En 1977 apareció un Nuevo Código de Planeamiento Urbano que re­emplaza al del 44, pero lo cierto es que en urbanismo las modificacio­nes son asincrónicas respecto de los cambios políticos. Porque producir cambios en las normas urbanísticas es producir cambios en el valor de la tierra y en la industria de la cons­trucción, en el sector inmobiliario y en la industria de la inversión inmo­biliaria. Por lo tanto son producto de lobby, de presiones y de discu­siones entre los decisores técnicos, los decisores políticos y el mercado. Esas pulseadas casi nunca se resuelven rápidamente. Algu­nos debates que ve­nían desde la década del 60 recién pueden materializar­se en el 77, probablemente por la capacidad de mano dura de un go­bierno de facto como el de la dic­tadura militar. Pero eran discusio­nes anteriores. Fueron los militares los que dijeron basta de discusión y sancionaron el Código del 77, que va a establecer que la torre es la ti­pología de vivienda privilegiada en la ciudad. Premia la unificación de lotes. Se generan enormes demo­liciones de barrios asentados du­rante décadas y se desnaturaliza la imagen de muchas zonas de la ciu­dad. Es un código que pierde com­pletamente de vista la calle y el es­pacio público como lugar central. Pone toda la energía en el sólido y se despreocupa por el vacío y no­sotros sabemos hoy que esa rela­ción entre sólido y vacío tiene que ser amigable. Hoy sabemos que las buenas ciudades tienen una rela­ción equilibrada entre sólido y vacío porque las ciudades se hacen en los vacíos. Allí la gente se enamora, co­mercia, se pelea.

¿Qué pasa en la ciudad de la democracia?

Recibe todas estas capas geológi­cas que estábamos describiendo. Y las distintas gestiones municipa­les han ido en la dirección de lo que hoy es la tendencia mundial en el urbanismo de las ciudades. Casi to­das las gestiones han ido en la bue­na dirección. Se intentó siempre volver a cualificar al espacio públi­co como lugar de encuentro, a vol­ver a poner al peatón en el centro de las políticas urbanas, a generar usos mixtos (que uno pueda traba­jar, divertirse y comprar en un mis­mo lugar). Y privilegiar el transpor­te público es una tendencia que se está instalando. El automóvil parti­cular no puede ser la prioridad.

Pero cada vez se venden más automóviles.

Sí, pero eso va a terminar. Así como en la década del 60 era inimagina­ble ver en una película a un actor sin fumar y hoy casi no se ve a gen­te fumando en las películas, la pre­sencia que el automóvil tiene en nuestras vidas va a ir decreciendo. Dentro de 20 años, con el automó­vil va a pasar lo que pasó con el ci­garrillo. Si en Nueva York pudieron limitar el uso del auto, acá se pue­de. Y todos los gobiernos desde la autonomía para acá han tendido en mayor o menor medida a eso.

Desde el punto de vista arqui­tectónico y urbanístico, ¿qué es lo que más y lo que menos le gusta de la gestión de Macri?

Me gusta la opción que se ha he­cho por la bicicleta, me parece que hay que tener mucho coraje para tomar esa decisión. Hay una opción que va en la línea correcta y estas políticas se van consolidando con el tiempo. Porque tenés que cam­biar culturas y eso no es sencillito, menos para nosotros los argenti­nos. Allí hay una buena dirección. Y lo que no me gusta es, por un lado, la falta de limpieza de los es­pacios públicos y por otro, que es­temos avanzando tan lento con la urbanización de las villas. Allí hay una asignatura pendiente de éste y de todos los gobiernos. Me gus­taría ver la celeridad que hay, por ejemplo, con las bicisendas. Lo que creo es que no tenemos muy claro qué hacer con las villas, y lo que hay que hacer es urbanizarlas. Hay que abrir las calles, generar escuela pú­blica de calidad, salas de primeros auxilios de calidad. Eso es construir ciudadanía. La ciudad real no termi­na en la General Paz: la ciudad real es el área metropolitana. Yo sos­tengo que es más importante hacer ciudad que hacer viviendas. Es más importante generar infraestructura de apertura de calles, de agua po­table, de tendido eléctrico, de cons­trucción de espacio público, sanear las cuencas contaminadas del Ria­chuelo y del Matanza, que construir viviendas. Eso generaría condicio­nes de habitabilidad infinitamen­te mejores que si ponemos la libido en hacer viviendas. Hay que dejar planteada la matriz.

¿Por qué la arqui­tectura lo apasio­nó desde chico?

Me gustaban las ca­sas. Siempre quise tener casas más grandes de las que mis padres me dieron: ambicionaba tener mi cuar­to, mi dormitorio, mi espacio de trabajo y veía cómo era eso en las casas de mis amigos. Pensaba cómo sería para mí ese espacio que no podía tener. Y mi madre estaba obsesionada, como toda madre ar­gentina, con eso de “primero el te­cho, primero el techo”. Y después, en la facultad, descubrí que la ar­quitectura sirve para hacer ciudad y que lamentablemente para el para­digma de la casa individual hoy ése es el modelo más ineficiente, más costoso y que más huella de carbo­no genera. Por lo tanto, el desafío de la arquitectura es construir ciu­dad. Y para eso hay que construir entre otras cosas vivienda colecti­va, techos verdes, eficiencia ener­gética y transporte público.

 

Preguntas de la A a la Z

Edad. 51.

Barrio donde vive. Colegiales.

Estado civil. Casado.

Signo. Virgo.

Religión. Católico.

Equipo de fútbol. Boca Juniors.

¿Sus hijos van a escuela pública o privada? Fueron a escuela pública y a privada.

Nivel educativo. Soy arquitecto, especializado en planifica­ción urbana.

¿Cree en la amistad entre el hombre y la mujer? Sí.

¿Tiene algún vicio que le gustaría dejar? Tuve que dejar uno muy fuerte: el cigarrillo.

¿Hace terapia o hizo alguna vez? Tengo millones gastados en terapia. Hago desde hace mucho tiempo.

¿Qué libro está leyendo? Sistemas emergentes, de Steven Johnson, y Un país al margen de la ley, de Carlos Nino.

Infusión favorita: Café cortado en jarrito.

¿Cuál es su lugar preferido de la ciudad? La esquina de Char­lone y Santos Dumont. Hay un bar en el que leo el diario.

De chico ¿qué quería ser cuando fuera grande? Arquitecto.

Dibujito animado preferido. El correcaminos.

Una salida nocturna: Ir a comer sushi los viernes.

Su comida preferida: Risotto de hongos.

Un defecto: A veces manejo mal mi ego.

Una virtud: Me apasiono con lo que encaro y siempre cum­plo con la palabra dada.

Un personaje preferido de la historia: Manuel Belgrano.

Un hecho que le cambio la vida: El nacimiento de mis hijos.

¿A qué hora se acuesta y se despierta? Me estoy acostando antes de las 12 y me estoy despertando a las 8.

¿Cena en su casa? Sí.

Un programa familiar preferido: Ver películas en familia.

Una cábala. El número 13 me suele predisponer bien.

¿Cuál fue su primer trabajo y a qué edad? A los 17 años, para juntar plata para irme a Villa Gesell. Trabajé en un ta­ller metalúrgico haciendo cascabeles para las fiestas, en el negocio del papá de un amigo.

Fuente Redacción Z
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