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María Pia López: Crónicas íntimas de la gran Babel porteña

La novela de María Pia López, Miss Once, retrata el vértigo social y multicultural de un barrio que alberga parte de la historia porteña: desde las invasiones inglesas hasta la tragedia ferroviaria de Once.

Por Juan Pablo Csipka
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Córdoba al norte; Independencia al sur; Callao y Entre Ríos al este; y Gallo y Sánchez de Loria al este, forman el cuadrado que contiene al barrio de Balvanera. Dentro de su geografía hay un paisaje muy específico, que tiene como centro Plaza Miserere y el ferrocarril Sarmiento, que tiene su propia identidad; la suficiente para ser identificado no como Balvanera, sino como Once.

María Pia López puso el acento en sus peculiaridades en Miss Once, su nueva novela, publicada por Paradiso. “La idea original era un poema que contara el trayecto de Once a Recoleta, de casa al trabajo, y eso se diluyó hasta ser una de las tres partes del libro”. Así, alternando “De casa la trabajo” con “Historias” (“la parte ficcional del libro”) y “Once” (una serie de impresiones sobre hechos y personajes históricos del barrio), tomó forma la cuarta novela de López. “Quise captar en forma impresionista el tránsito de mi casa al trabajo, con los contrastes que hay en el medio, pero el poema largo que tenía en mente se volvió ficción, el impresionismo quedó de lado. La narrativa es más afín al movimiento totalitario de concentrar toda o casi toda la historia nacional en unas pocas manzanas”, dice.

¿Buscaste hacer una novela con personajes arquetípicos, reconocibles en el barrio?
Quise mostrar la tristeza de la vida de las personas más desdichadas de Once, evitando que la narración se fuese a lo sórdido, de no caer en mecanismos obtusos del dolor.

Al leer el libro, da la sensación de querer llevar el origen de la ciudad a Once, así como Borges fundaba la ciudad en Palermo.
Claro, muchos episodios de la historia argentina pasaron por Once o cerca. Borges toma el Palermo criollo, del orillero, el malevaje… y Once no es el gaucho, sino el inmigrante, con capas que se van superponiendo, una gran Babel: judíos, árabes, coreamos, senegaleses. Vivo acá hace 16 años y me gusta mucho, sobre todo la sensación de barrio heterogéneo y políglota. Salís a la calle y escuchás voces de otros lugares todo el tiempo. No encontrás eso en ninguna otra parte de la ciudad. Encontrás los locales de telas, que son un mundo maravilloso, que a mí me gusta mucho, como el que se ve en El abrazo partido, la película de Daniel Burman.

En las partes del libro que cuentan la historia del barrio te centrás mucho en las tragedias que hubo en el barrio. Ciertamente forman parte de la historia como la Semana Trágica, la AMIA, Cromañón y el accidente ferroviario de 2012.
Hay un arco que va de la Semana Trágica de 1919 a Cromañón. La primera surge en San Cristóbal, pero Once fue escenario de persecuciones a los judíos, con muertos y detenidos. Uno de ellos, Pedro Wald, dejó testimonio en un libro en yidish, donde cuenta que lo acusaban de ser el líder de un sóviet, lo cual muestra el grado de locura de la derecha argentina hace un siglo. Ser judío era ser inmigrante, anarquista, socialista, todo junto, según la Liga Patriótica. Hoy no se puede pensar Once sin Cromañón, lo que ha significado desde esa noche con los cuerpos yaciendo en la plaza. Y por supuesto está la AMIA, con la explosión sintiéndose en toda la ciudad.

¿Hay antecedentes literarios sobre el barrio de Once?
Se ha escrito sobre el barrio. Mariano Siskind tiene sus Historias del Abasto. Marcelo Birmajer escribió mucho sobre el Once judío, pero es una mirada muy conservadora, refractaria a las nuevas oleadas. Y está Consolación por la baratija, una crónica magnífica de Marcelo Cohen.

¿Cómo se explica el cosmopolitismo de Once con el hecho de no ser un barrio en sí? Es Balvanera y se lo conoce como Once, pero también es Abasto, es Congreso.
El desprestigio tiene mucho que ver. Cuando me quise mudar, dentro de la zona, en las inmobiliarias no figuraba Once, sino Almagro. Pasa lo mismo con Constitución, que algunos prefieren decirle San Telmo. O como esas denominaciones que han inventado para Palermo: Soho, Picadilly.

¿De dónde viene ese desprestigio?
Mucho tiene que ver el origen popular, plebeyo. Eso genera desprecio. Acá inició su carrera política Yrigoyen; su abuelo, el padre de Leandro Alem, tenía una pulpería y estaba en la Mazorca. En gran parte del siglo XIX se enterraba a los no católicos (judíos, protestantes, ateos) donde hoy está la plaza Primero de Mayo, en Yrigoyen y Pasco. A lo que tenés que sumar el tren con oleadas que llegan del conurbano, capas de pobreza, los negocios de baratijas.

¿La gran identidad de Once es el judaísmo?
Fue la primera gran identidad, junto con la italiana, y muy fuerte, con el SHA, el IFT, el teatro popular y obrero hecho en yidish, con autores escribiendo en esa lengua, como Simja Sneh, el autor de Sin rumbo, una obra monumental, que además de sobreviviente del Holocausto se salvó de las bombas a la embajada y la AMIA. Eso impregnó al barrio, como algo muy poroso, de conventillo, de vivienda popular precaria.

¿Cómo explicás el hecho de que sea un barrio en el corazón de Buenos Aires y tenga tantas identidades?
Por el tren. El Conurbano tiene 10 millones de habitantes y muchos vienen todos los días en el Sarmiento hasta Once. Es un centro neurálgico, como lo puede ser Liniers, Retiro, Constitución. Ahí tenés un gran nexo con lo suburbano. Pero además forjó su identidad, que perdura. Se instaló el shopping, el Konex, una estética más de Palermo, como en dos salas teatrales que hay aquí, y sin embargo seguís viendo gente en verano que saca la pileta de lona a la vereda. El shopping de marcas carísimas convive con la casa tomada. Eso también es Once; hay un desplazamiento por cierto boom inmobiliario, y que no se termina de concretar.

¿Hay algún referente cultural identificable con Once?
Hay muchas placas alusivas a personajes que nacieron acá, pero que por ahí no se los asocia con Once. A mí me gusta mucho la figura de la Madre María, la curandera discípula de Pancho Sierra, que atendía en el barrio y le sugirió a Yrigoyen no ser candidato en 1928, casi anticipando que no terminaría su segundo mandato. La persiguieron por curandera y terminó yéndose a Castelar. Otra referencia es la cantidad de edificios art noveau, como la Casa Calise, que ideó Virgilio Colombo, sobre Hipólito Yrigoyen, o las obras de Julián García Núñez, un arquitecto formado en Barcelona, desde Congreso hacia Once. En Pueyrredón y Corrientes hay un edificio de departamentos impresionante, que dicen inspiró el poema famoso de Fernández Moreno, el de los setenta balcones y ninguna flor. También me interesa mucho la mezcla entre grandes edificios y conventillos, el cambio de paisaje de Pueyrredón desde Santa Fe hasta Plaza Miserere, que se va poblando de vendedores ambulantes. Gardel y Troilo quedaron más bien identificados con el Abasto, mientras que aquí donde estamos hablando, en La Perla, Tanguito compuso La balsa y nació el rock nacional, quizás no asumido por Once, que es donde ocurrió algo ligado al rock, Cromañón, una marca muy fuerte.

¿Ahí entra a jugar la historia y la evolución de la zona?
Sin duda. Tenemos los corrales de Miserere, donde se combatió en la segunda invasión inglesa. Luego el lugar se desarrolló a partir de la iglesia de Nuestra Señora de Balvanera, que dio nombre oficial al barrio, y así llegaron el lazareto, el orfanato, el conventillo, la vivienda popular, en lo que mucho tuvo que ver la epidemia de fiebre amarilla en 1871. La revolución del 11 de septiembre de 1852, que le dio nombre a la estación y sus alrededores, queda como algo genérico, a nadie dice mucho un hecho que separó a la provincia de Buenos Aires del resto del país como origen de la identificación de la zona.

¿Cómo es el barrio en lo político?
Once sigue las pulsiones de la ciudad, más que del conurbano, a pesar del tren. Hoy vota como vota la mayor parte de Buenos Aires. Hay mucha clase media, reactiva a los recién llegados. Los hijos de los viejos inmigrantes dicen que son mejores que los inmigrantes que arriban hoy. Es una idea que se instaló mucho. En ese sentido, la sonoridad es similar a la de Recoleta, pero con más énfasis por la cercanía, porque se nota el narcisismo de las pequeñas diferencias con argumentos más reaccionarios.

 

Una ensayista que se pasó a la ficción

María Pia López (Buenos Aires, 17 de octubre del 1969) es socióloga y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, donde dicta clases.
Hoy es la directora del Museo del Libro y de la Lengua, que funciona en la órbita de la Biblioteca Nacional, desde 2011. También integra el agrupamiento de intelectuales kirchneristas Carta Abierta.

Ha escrito Lugones: entre la aventura y la cruzada y Sabato o la moral de los argentinos, entre otros, y colabora en varios medios. Su último trabajo ensayístico es Hacia la vida intensa. Una historia de la sensibilidad vitalista, después del cual decidió incursionar en la ficción.

En el Museo, que cumplirá cuatro años de existencia en octubre, hay muestras permanentes y transitorias que giran sobre la palabra. Actualmente se pueden ver muestras sobre la traducción y sobre libros infantiles.

El tránsito de López hacia la narrativa se concretó en 2010 y, desde entonces, ha publicado cuatro novelas: No tengo tiempo, Habla Clara, Teatro de operaciones y Miss Once, su más reciente trabajo de ficción.

 

DZ/ah

Fuente Redacción Z
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