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TEMAS DE LA SEMANA

María Alejandra Abadi: Especular es el mayor pecado

La Emma de Sres. Papis actúa en dos obras de la escena independiente y, además, comenzó a enseñar teatro.

Por Brenda Salva
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abadi

Los ojos azules son mar­ca distintiva de esta jo­ven que debutó hace casi una década en la te­levisión argentina. Sus personajes siempre marcaron alguna tenden­cia, pasó de ser una chica posesi­va y casi peligrosa en Montecris­to, hasta la hermanita menor que soñaba con casarme en Cita a cie­gas. Ahora, con casi treinta años, apuesta a dar clases en su propio taller de teatro, además de encar­nar un papel en la tira de Telefé Sres. Papis.

¿Quién es Emma, tu personaje en Sres. Papis?

Es bastante extraño lo que pasa, en la tele hay un punto donde el per­sonaje se va construyendo a lo lar­go de los capítulos y con los libros que van sucediendo. Uno en gene­ral, arranca a grabar habiendo leí­do cinco capítulos, con personajes que quizá no son tan protagóni­co y tal vez son 10 escenas, 12. En­tonces uno arranca sabiendo muy poco, tiene una idea más o me­nos sobre cuál es el recorrido que supuestamente va a hacer, pero es todo bastante incierto. El persona­je se construye mucho viéndolo. Y para mí esto fue un proceso distin­to de cualquier otra tira que haya hecho antes, porque empezamos a grabar en septiembre y recién salió al aire en enero. Hay un punto en el que te diría que recién en ene­ro empecé a entender de qué va el personaje. Evidentemente, algo de lo que intuía estaba bien porque está funcionando. Era importante para mí que la gente pudiera identi­ficarse con Eva y no sea simplemen­te una boluda que está enamorada del chabón que no le da bola; y que no haya contradicción, porque era muy fácil que se convierta en una cosa medio naif, quería que tuviera su lado más complejo y que al mis­mo tiempo tuviera mucho carácter.

¿Qué diferencia a Sres. Papis de otras tiras?

La tira es más de la generación de los 40 y de los padres; por eso, me parece que Mis amigos de siempre apunta a otro público más joven y a otra problemática. Pero después lo que está bueno de Sres. Pa­pis, más allá de lo que cuentan las otras tiras, es que hay algo muy in­teresante de cómo está tratada la paternidad. Me parece que está muy bien deli­neado cada tipo de pa­dre posible; encontra­ron muy bien el tono de cada uno sin que se vuelva una cosa este­reotipada, y me pare­ce que hay mucho fe­eling entre ellos. Para mí es loco porque son un poco cuatro nove­las en una; yo grabo en la de Joaco y no te­nía idea de qué habían hecho los otros. Ahora que veo las escenas de los cuatro, me muero de risa como espectadora. Existe una química entre los cuatro muy grosa. Lo que pasa con Sres. Pa­pis es que lleva mucha identificación; muchos me dicen “lo veo con mi hijo” y se ven refle­jados, donde se ve que hay algo que se captó del inconsciente colec­tivo, y eso siempre es un logro.

¿Qué diferencias notás con la María Abadi que arrancó a los 18 años?

La diferencia más grande es que en ese momento todo era novedad, y todo pasaba por ahí. Cuando hice Montecristo o incluso Ciega a ci­tas, la tira era lo más importante, como de vida o muerte. En Mon­tecristo, que era mi primera nove­la con continuidad, a veces hasta que salía al aire pensaba “me van echar, no le estoy haciendo bien”. Tenía la sensación de que era la úl­tima vez que me iban a llamar para trabajar. Ahora pienso “bueno, te llamarán más o menos, pero si en 10 años no me dejaron de convo­car no creo que dejen de hacerlo”. Igual, los miedos siempre están; es un camino sinuoso y uno tiene que intentar ser lo más pensativo posi­ble y hacer lo que le gusta; siempre intento priorizar eso. Creo que el pecado más grande que uno puede cometer es es­pecular, creer que por­que vas a hacer esto te va a servir para esto otro, y no es así. Hay que hacer lo que a uno le gusta. Si hacés lo que te gusta después va a llegar otra cosa que te guste y así.

¿Cómo te llevabas con la do­cencia antes de emprender ese nuevo camino?

Fue lo mejor que me pasó a lo largo de estos 10 años. La actuación tie­ne algo bastante abstracto a veces, es un terreno subjetivo muy gran­de, aunque no lo sea tanto desde la mirada de todos. Y fue muy lindo darme cuenta de que podía ser algo mucho más concreto y transmisible. Darte cuenta de todo lo que sabés y de que, además, se lo puedas trans­mitir a alguien. Se aprende mucho viendo los procesos del otro. Hay algo muy lindo en lo artesanal, en que sea un proyecto mío, donde no dependo de nadie que llame; es como una cosa que lo hago por mí, ni siquiera lo hago por la plata; es algo que se hace con mucho amor y respeto.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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