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TEMAS DE LA SEMANA

Manuel Callau: ‘Me gustan los personajes con contradicciones’

El actor, que protagoniza Yepeto en el SHA, cuenta que encaró la obra con amor e irreverencia. Y dice que el público cada día exige más. 

Por Norma Rossi
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Discípulo de Raúl Serrano, de bajo perfil y multipremiado:  desde el Martín Fierro, hasta el Podestá, pasando por los Estellas de Mar, Manuel Callau reparte su tiempo entre funciones en el teatro SHA y su propia escuela, El Descubridor, en la sede de La Fábrica del Arte, de Maximiliano Guerra. Juntos ya han trazado un camino: hizo la dirección artísitica  de dos obras del bailarín –Iván el Terrible y Carmen– y pronto lo dirigirá como actor.
¿Por qué elegiste Yepeto, tan instalada en el inconsciente colectivo como sinónimo de Ulises Dumont?
Yo tenía un lindo vínculo con él y con Omar Grasso, director de aquella versión del 87. Vi el ensayo general y quedé muy impresionado. Además de los trabajos, la puesta y los lugares por los que atravesaba ese profesor, que es Yepeto, me impactó la coincidencia con una muletilla que usé durante mucho tiempo: “Si hay alguien que no sabe parar la pelota con el pecho y bajarla con el pie, que no me haga ningún tipo de análisis intelectual”. Y esta obra de Roberto “Tito” Cossa –de quien afortunadamente he hecho varias– tenía ambas cosas: capacidad de poetizar sobre la realidad y eso de la calle, del hombre con experiencia. Quedé prendado, pero jamás se me cruzó por la cabeza que alguna vez iba a hacerla. Y cuando me llegó la propuesta, debo confesarte que me asusté. Pero no porque la había hecho Ulises. Tengo la suficiente soberbia como para decir “voy a escribir mi propia poesía” sobre determinada realidad. Ni mejor ni peor sino otra. Es inherente a mi tarea de actor.
¿Qué te asustó, entonces?
La envergadura del trabajo, semejante obra, nivel de conflictividad, personaje y contradicciones que transita, y que había sólo cinco semanas para estrenar. Pero el amor por esta pieza y sus disparadores me hicieron trabajar muy a gusto con el director, Jorge Graciosi, y mis compañeros, inicialmente Martín Slipak, ahora Francisco González Gil, y Anahí Gadda. En un momento nos “yepeteamos” todos. Sólo así pudo hacerse, por amor y respeto a la obra e irreverencia absoluta para salir a parar la pelota con el pecho y bajarla con el pie, elaborando a la vez conceptualmente algunas ideas que plantea. Así estrenamos en el Cervantes y ahora estamos en el SHA. En el intermedio hicimos un gira muy interesante por el interior y un verano muy complejo en el Roxi de Mar del Plata.
¿Qué lo complicó?
Bueno, como es sabido van todas las figuras de la televisión, con mucho dinero detrás y una batería muy fuerte que nosotros no teníamos. Por suerte, ya no es “pum para arriba”: el público exige y, a mi modo de ver, bastante bien.También va a ver buenas propuestas teatrales, porque con la figura de la tele no le alcanza. Y es cada vez más notorio.
¿Qué personajes de los que hiciste sentís que te representa mejor?
Todos. Uno no puede construir sino parte de sí mismo. Pero por ejemplo me sentí muy identificado con Erdosain (personaje de Los siete locos, de Roberto Arlt), que hice en los 90 con dirección de Rubens Correa: complejo, muy nuestro y entrañable. En el Frank de Ya nadie recuerda a Federico Chopin, el sonido de la trompeta a través del que ese personaje envejece y rejuvenece, me apareció durante el proceso de improvisación que encaramos con Tito Cossa sobre su texto. El Che, de Conversaciones con Ernesto Che Guevara, de José Pablo Feinmann, me llevó a chocarme contra las paredes y el piso: después entendí que necesitaba bajarlo del bronce donde lo tenía y asumir mi derecho a escribir como actor y sobre el escenario mi propio poema sobre el Che. Ese personaje, coherencia pura entre el decir y el hacer, por lo menos me gustaría que tenga algo que ver conmigo. También los que me tocaron hacer en Personas y personajes, ciclo maravilloso de televisión: Hugo del Carril, Alfredo Palacios y Francisco Petrone.
Hay un tono común de poesía en esos personajes.
Me gusta que digas eso. Tipos con sus contradicciones, conflictos, grises y matices, pero enteros, lanzados, con un nivel de humanidad maravilloso. También por ahí tengo algo que ver con el Jorge Martínez Olmos –“La Larva”– que hice en Gasoleros: vago, vividor. Cuando iban a echarlo de la casa, una señora me gritó por la calle “si te echan definitivamente, ¡venite a vivir conmigo!”. Es maravilloso. Nunca me sentí agredido sino por el contrario, muy protegido.
¿Preferís teatros grandes o pequeños?
Yo quiero el Luna Park. No quiero trabajar para los que están de acuerdo conmigo sino llegar a la mayor cantidad de gente posible. Si existe alguna vanguardia es la que lucha por la cabeza del mass media, hoy captada por la televisión.

 

En pocas palabras

• Nació en 1946.
• Debutó en cine en El agujero en la pared (1982).
• Ganó los premios ACE y Estrella de Mar (2001).

 

Fuente Redacción Z
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