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TEMAS DE LA SEMANA

Mal comidos: “La comida está intoxicada”

Soledad Barruti investigó la producción industrial de alimentos y concluyó que son de mucha peor calidad y muy tóxicos. Su libro ya agotó cuatro ediciones.

Por Valentina Herraz Viglieca
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Podés cuidarte de no co­mer pollo porque es una bolsa de hormonas pero no estás exento de con­tagiarte sus bacterias porque es­tán en el ambiente. Alguien apoyó el pollo químico en la caja, vos pa­sás tus manzanas y te intoxicaste. Es más complejo que la decisión indi­vidual de comer sano”, dice Sole­dad Barruti, que contó casi como en una novela policial cómo se produ­cen los alimentos. Inspirada en los “food journalists” de Europa y Es­tados Unidos, Barruti recorrió el país para ver cómo y dónde se fabrica lo que llevamos a la mesa. Y afirma que la industrialización productiva impone alimentos de peor calidad y más tóxicos que antes. Mal comidos, una investigación de casi 500 pági­nas, en pocos meses llegó a la cuar­ta edición. Capítulo tras capítulo dan ganas de vaciar la heladera, plantar unas semillas y no comer nada hasta estar seguros de dónde salió.

Usted dice que lo que comemos nos hace daño. ¿Por qué?

La carne tiene cada vez más gra­sas saturadas, antibióticos y Es­cherichia coli. Los pollos y huevos, menos nutrientes y más bacterias. Las frutas y verduras están reple­tas de venenos que nos llegan a todos, incluso a los que comen frutas y verduras orgánicas.

Pero fantaseamos con irnos al campo, tener una huerta, que nuestros hijos corran felices…

Ese sueño se está deshaciendo por­que el campo hoy es un espacio tóxico que vira cada vez más hacia la industrialización y la producción intensiva. Por eso surgieron comu­nidades ecológicas cerradas, luga­res que frenan cualquier tipo de contaminación. Las personas afec­tadas o se unen o se van. Por ejem­plo, al dueño de un almacén de campo al que le metieron un fee­dlot y el olor y las moscas le arrui­naron la vida. No podés tener nada vivo en tu tierra cuando está ‘eso’ en la parcela siguiente: el suelo y el agua son los mismos. Es cuestión de tiempo, la contaminación llega.

¿Cómo es un feedlot?

Los feedlots, los criaderos intensivos de cerdos, los galpones de pollos y gallinas, son grandes y crueles ciu­dades de animales que contaminan el agua y la tierra con residuos quí­micos. Cuando imaginás un campo pensás en un lugar natural donde hay aire y sol. Y que todo ahí va a ser mejor, más sano, más rico. Bue­no, en un feedlot, en estas fábricas de animales, todo tiene que ver con la muerte. Putrefacción, bosta, ori­na. El aire es tan tóxico que no per­mite respirar. Lo único que se busca es optimizar el tiempo y el espacio. Que los animales engorden rápido y que no ocupen lugar. Los anima­les no tienen espacio donde echar­se, les arden los ojos por los quími­cos. Engordan tan rápido que las patas no los sostienen. Es un asco.

¿Por qué se extiende?

Porque es la matriz productiva so­bre la que se empezó a sostener el país. Los que antes trabajaban en los campos fueron expulsados a pueblos armados con dinero de la soja, los pusieron en una casa sin tierra ni ventanas, ni espacio para cosechar un tomate.

¿La soja es lo más sano que po­demos comer o un alimento para animales chinos?

En 2001 la soja se extendió masi­vamente en los campos y, al mis­mo tiempo, el hambre se extendía masivamente en el país. Los pro­ductores encontraron la manera de generar el mejor marketing porque la soja se convirtió en una alterna­tiva a los alimentos que faltaban en las escuelas y en los comedo­res sociales. Los chicos pasaron a comer milanesas de soja, tomar le­che de soja y comer guiso de soja. Al mismo tiempo hay grandes die­téticas y cadenas “más naturales”, como Granix, que siempre estuvie­ron vinculadas al crecimiento de la producción transgénica.

¿Qué pasa con la soja?

La soja tiene fitoestrógenos y an­tinutrientes, que son como el es­trógeno pero de origen vegetal. Si comés soja cada tanto no pasa nada, pero al servirla todos los días empezaron a aparecer nenas que menstrúan a los 6 años y ne­nes a los que les crecen tetas. Esto no tiene que ver con que la soja sea o no transgénica: son los pro­blemas de la soja en sí. Además, la transgénica es absolutamente tóxica. Y te la esconden tras nom­bres como “aceite vegetal”, “leciti­na” o “emulsionante”. Aunque sí, el 90% de la soja es para exporta­ción y alimentación de animales.

¿Cómo sé cuándo es carne de pastoreo y cuándo de feedlot?

Muchas veces está mezclada en la carnicería. Lo que se sabe es que, en Buenos Aires, toda la carne de las cadenas de supermercados o envasada al vacío es de feedlot. Y se vende como si fuera premium porque la mejor carne está identi­ficada con la más blanda. La carne de feedlot es más blanda porque el animal que no se mueve tiene mús­culos blandos. Hay que dejar de identificar lo bueno con la carne que se te deshace en la boca.

¿Vos comés carne?

Muy poca. Como una dieta de mu­cha fruta, verdura, cereales y le­gumbres. Pero si en algún momen­to me invitan a comer y las carnes no son industriales, las como. El planeta que creamos es omnívoro, si no hubiera animales los suelos no serían fértiles. Y creo que el vegeta­rianismo no es una manera de sal­var al mundo. Puede ser una elec­ción personal, en todo caso.

¿El viejo sistema productivo al­canzaría para alimentar a toda la población?

Está absolutamente comprobado que los rindes de producción sin utilizar agroquímicos y sin utilizar semillas transgénicas son superiores o iguales que los rindes de esas pro­ducciones. La tecnología agroeco­lógica tiene que ver con saberes y con aprender cómo trabajar casi en coparticipación con la naturaleza y no librándole una batalla.

Los alimentos orgánicos son ca­ros; es comida para ricos.

Si lo librás a las leyes del mercado y estimulás solamente la gran produc­ción, es obvio. De todos modos me parece que está bueno hacer un pa­réntesis en lo del consumo. Hay que respetar las culturas gastronómicas de cada pueblo, que no es una pa­vada. Entiendo las explicaciones nu­tricionales sobre no comer lácteos. Pero en este momento para mí es más problemático que los lácteos están cargados de pesticidas que si son o no evolutivamente acepta­bles para nosotros. Finalmente, des­de los egipcios comemos lácteos. El problema es que la comida está in­toxicada. Después cada uno puede hacer sus elecciones.

Hay un boom de mercados or­gánicos: Bompland, Pereyra Iraola, Iriarte Verde…

Cada vez hay más lugares donde se pueden conseguir productos orgá­nicos y tratar de recuperar los sa­bores de la infancia. Yo de chica no comía tomate porque el sabor me parecía muy fuerte: ahora es como si nada. Las zanahorias orgánicas son más secas, pero es que así son en realidad las zanahorias.

También hay gente que planta en terrazas y balcones.

Sí. Las plantas limpian el ambiente, convierten en oxígeno el smog. Si comés moras de la calle son bue­nísimas, los árboles de las calles no tienen nada malo. Yo siempre voy con mi hijo y juntamos moras y ha­cemos dulce. Es lo más “orgánico del mundo”: nadie lo fumiga.

¿Hay que cortar en distintas ta­blas la verdura y la carne para evitar la Escherichia coli?

Auna mujer embarazada le prohí­ben comer lechuga por la Esche­richia coli. Un delirio. Pedile mejor que no coma salmón industrial, que es lo mismo comerlo crudo o cocido porque está lleno de químicos. Los médicos no saben, ¿dónde estu­dian los procesos productivos? Sa­ben la supuesta composición nutri­cional de determinadas cosas pero no saben cómo se produce.

¿La situación puede cambiar?

Es la única salida porque lo que pasa es muy suicida. Me parece que los dos escenarios posibles son: o nos salvamos y pensamos un sis­tema nuevo o se terminó todo.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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