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TEMAS DE LA SEMANA

Madurar no es envejecer

El hombre, educado en la jactancia de sus hazañas amorosas y deportivas, no se preparó para vivir la madurez con placer y sabiduría.

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Para decirlo brevemente, la andropausia es el equivalente en el hombre a lo que es la menopausia de la mujer.

Ambos suceden más o menos en las misma edades, alrededor de los cincuenta años de edad. Parecidos pero diferentes, tanto para la mujer como para el hombre representan el paso del envejecimiento reproductivo.

En la mujer, su manifestación más evidente es el cese de la menstruación. En el hombre, en cambio, es más “invisible”, ya que la andropausia se caracteriza por una disminución progresiva de su capacidad sexual.

Pero en ambos casos, aunque se trate de un ciclo natural, el impacto emocional es grande.

Entre los caballeros, más allá de lo hormonal, los síntomas de la andropausia son fuertemente psicológicos. Esto es lo que explica aquellas conductas con las que intentan disimular una sensación de pérdida.

El hombre occidental es sumamente vulnerable. La educación recibida, desde pequeño, le ha hecho creer que todo lo puede, que beberá de los vientos a favor y que le espera la gloria.

Claro que por “gloria” nos referimos a la mayor cantidad de conquistas entre las mujeres que se le crucen y al dinero y las recompensas que le depararán todos sus emprendimientos…

Nadie preparó a los varones para vivir los últimos treinta años de su vida con sabiduría y, sobre todo, con placer. A poder conservar el cuerpo sano que tenía a los 25 años, y a equilibrar, con la experiencia, la rapidez y viveza de su mente en esas edades. 
Lo que se observa habitualmente son hombres que a la edad de cincuenta años se creen omnipotentes, que aún son jovencitos, y que compiten absurdamente con ellos en materia de vestimenta, costumbres y hazañas deportivas. Y cuando no, también en el relato de “hazañas” sobre noches de orgasmos múltiples con mujeres de todo tipo, rendidas a sus pies.

Hombres maduros, desesperados frente a curvas femeninas que, observadas en detalle, son de la edad de sus hijas. Se comprometen en esfuerzos excesivos, y hacen crujir sus músculos y articulaciones en gimnasios o en partidos de fútbol con la “barra” de amigos los fines de semana. Luego de ese despliegue exagerado de “todavía puedo”, frotan linimentos olorosos los lunes o martes y toman analgésicos para mitigar sus efectos.

Y todo esto, por un enorme malentendido: la andropausia no es sinónimo de vejez.
Me gusta el proverbio talmúdico, escrito hace miles de años, que reza: “De qué sirve una cabeza cana, cuando la inteligencia está verde”.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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