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Madres porteñas: porque te quiero a ti, porque te quiero

Rara vez tienen más de dos hijos y el primero nace cuando ya cumplieron los 31 años.

Por Karin Miller
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Desde la voz áspera de Pappo que gruñe «Nadie se atreva a tocar a mi vieja» hasta Lucía y Joaquín Galán que entonan «Madre, hoy te recuerdo más que nunca y mi corazón te busca», o Los Nocheros que cantan «Mamá, mamá, es tanto lo que tú me das»: a las madres las veneran todos los géneros musicales. Y es así porque, a pesar de las largas y poco económicas horas de terapia, de los llamados insistentes, de los comentarios poco felices sobre novios, maridos o esposas, de no haber estudiado ni medicina ni derecho, el amor de una madre, casi siempre, irreemplazable e incondicional.

Cada familia es un mundo y hay madres para todos los gustos y disgustos. Pero lo cierto es que la señora ama de casa de publicidad de la década del 60, que aparece en no pocos avisos de nuestra década, que no trabaja y que espera a sus hijos y a su marido con la comida todas las noches, no representa a la mayoría de las mujeres con hijos porteñas. En la ciudad de Buenos Aires, el 72,8% de las madres trabaja o busca trabajo activamente, y aporta alrededor de la mitad del ingreso total del hogar.

Eugenia tiene 34 años y desde hace nueve meses es mamá de Catalina. «Trabajo no sólo por lo económico sino también por sentirme útil, no me alcanzaría con ser mamá y nada más, menos viviendo en una ciudad como Buenos Aires», cuenta. A veces le cuesta separarse de su hija, y al principio dejarla en el jardín maternal le daba mucha lástima. «Después me di cuenta de que lo disfruta muchísimo, de que la que sufre soy yo como madre, no ella como nena que va a un lugar donde le juegan, le cantan y la tratan bien», explica.

Eugenia y su pareja se turnan para llevar y buscar a su hija al jardín, y los dos la cuidan. «Mi papá trabajaba, traía el sustento y jugaba con nosotros, pero nunca me cambió un pañal, o si lo hacía era por una emergencia; en cambio a Nacho le encanta bañarla, le cambia los pañales sin problemas, le da de comer, le corta la naranjita; al principio, como yo tenía la cesárea, el que se levantaba a la noche a atenderla era directamente él», dice.

Con cuatro hijos varones que ya cumplieron todos más de 25, y dos nietos, Ana María dice: «Cuando era joven y mis amigas jugaban a la mamá, yo jugaba a la secretaria. Terminé la secundaria y me fui a trabajar aunque mi papá y mi mamá no querían, no era una Susanita típica de la época». Ana María quería trabajar y ser independiente pero también quería tener hijos. Después de cuatro años de noviazgo se casó con Mila, su esposo, y nació Julián, el primero. «Me agarró un amor terrible y no tenía ganas de dejarlo con nadie, dejé de trabajar cuatro años, tuve a mi otro hijo. Hacíamos picnics, pasaba mucho tiempo con ellos, yo viví muy feliz. Cuando empezaron el jardín empecé a dar clases de contabilidad y tuve a los mellizos.»

Ana María supo de los tironeos entre la profesión y la maternidad pero laudó siempre para el mismo lado: «Si tenía que renunciar a una hora de clases porque no me combinaba, lo hacía; también me ayudaba mi mamá que venía dos días por semana. Era bastante trabajo, no había pañales descartables, teníamos que lavar uno por uno», recuerda. Y reconoce: «Mila ayudaba bastante. Yo cociné siempre poco, en el reparto se lo dejé a él. De todas maneras, y eso que para la época era bastante colaborador, no es como ahora. Antes nos ocupábamos más nosotras».

Sin duda, los padres hoy están más involucrados en la crianza que sus progenitores. Pero según la Fundación Observatorio de la Maternidad, el 60 por ciento de los cuidados siguen siendo brindados por las madres. Los padres se limitan al 20 por ciento y el resto es provisto por familiares, amigos y vecinos, vivan o no en el hogar. Del total de ese universo, el 75 por ciento de los cuidadores son mujeres, y sólo el 25 por ciento varones.

Madre se hace, no se nace

Adriana se deprimió mucho cuando los médicos le dijeron que sus ovarios habían dejado de funcionar. Al cuarto día se cansó de estar triste, pensó en adoptar y se inscribió, ella sola, en el Consejo del Menor. «Esperé cuatro años, tuve varias posibilidades fallidas porque quería que todo fuera absolutamente legal», cuenta. Dos días después de su cumpleaños número 44 la llamaron para decirle que había una nena de un año y cinco meses esperándola. Hoy, su hija tiene dos cumpleaños. El segundo es el 30 de octubre, la fecha en la que Adriana se la llevó a su casa.

Adoptar un bebé en Buenos Aires es casi imposible: en 2011, se inscribieron en el Registro Civil sólo 237 adopciones, mientras que hay 1.200 familias inscriptas en el Registro de Adoptantes. Para Adriana, que adoptó a su hija hace 13 años, no sólo fueron difíciles los años de espera. Después descubrieran que su nena tenía osteomielitis -una infección de los huesos- y pasaron muchos días en consultorios médicos y hospitales. «Un día la tenía alzada y le hago naricita, una cosa que me salió espontáneamente, pero se ve que a ella no le habían hecho nunca, entonces me miró con cara rara, y ahora hacemos naricita cada vez que hacemos algo cariñoso», cuenta y le brillan los ojos. «No soy ni metafísica ni esotérica, soy más bien escéptica, pero un día la estaba cambiando y la iba a agarrar y sentí una energía en el brazo que me hizo pensar que no podía no ser mi hija», relata.

El caso de Daniela es bien distinto: tuvo a su hija cuando era una adolescente, a los 16 años. Hoy, Luzmila tiene cuatro años. «Me sentí obligada a madurar, porque ya no era una criatura, tenía una criatura a mi cargo. Al principio dejé de hacer casi todo pero ahora ella entiende mis tiempos; si tengo que salir salgo, si me tiene que acompañar me acompaña», dice.

Hasta hace un año, Daniela vivió con el papá de Luzmila, pero ahora vive con su mamá y sus hermanos. «Cuando vivíamos juntos era una típica ama de casa, yo estudiaba y él trabajaba, me encargué siempre de la nena.» Nada fue parecido a lo que decían las revistas. Le costó amamantar en público: «Tuve que perder esa vergüenza, el doctor me decía ‘esto es demanda libre, vos le tenés que dar cuando ella te pide, tenés que pelar la teta aunque estés en el colectivo o en clase'». Daniela dice que se propuso ser mejor madre que su mamá, superar lo que recibió aunque entendía que sus padres trabajaban «pero fueron muy ausentes y no quería que mi hija sintiera lo mismo». Así que va a todas las reuniones, hace todos los monigotes y es «una suerte de Utilísima para el jardín. Este año, por ejemplo me mandaron a hacer un caballito, lo hice y quedó muy bien. Era el más lindo, lo hice rosado y se peleaban todas las nenas por él», explica.

Tiempo al tiempo

Las porteñas han ido retrasando el momento de la maternidad: aunque la edad promedio de tener el primer hijo es de 25,6 años, si sólo se considera a las actuales madres primerizas éstas ya llegan a los 31,4 años. La educación, el trabajo, los proyectos profesionales se imponen sobre la idea de una mujer cuyo objetivo vital es exclusivamente ser madre.

Mariana tiene tres chicos. La primera nació a sus 29 años cuando llevaba tres años de noviazgo. «Primero nos pintó viajar, trabajar, hacer otras cosas, y en otro momento no estuvimos tan bien económicamente como para ampliar la familia», señala.

«Me divertí un montón cuando era chica, tuve novios, vida nocturna, tiempo para trabajar hasta las 10 de la noche. Hoy, aunque tenga tres hijos, sigo saliendo con mis amigas. Me encanta juntarme, lo que ya no me dan ganas es de ir a un boliche, disfruto de otras cosas. No fui mamá a los 22, que me podría haber pasado, entonces tuve tiempo para todo», explica.

A Mariana le encanta trabajar y dice que lo necesita «para estar contenta y alegre en mi casa también, tener una vida, hablar con adultos».

Aunque admite que es cansador, disfruta de estar con sus hijos y asegura que nunca vio la maternidad como un sacrificio, que criarlos la divierte mucho: «Mis hijos duermen en mi cama, se pasan a la noche, pasean por los pasillos, todos quieren hacer pis, todos quieren tomar agua, todos tienen algo para pedir pero me río».

En algo coinciden todas las madres, tengan el número de hijos que tenga, sean más jóvenes o más viejas: desde el momento en el que nacieron los chicos nada fue igual. Los horarios cambian, la noche desaparece y dormir ocho horas es una hazaña imposible. La vida gira, un poco más o un poco menos, en torno a los hijos. Y sí, es extenuante cambiar pañales, preparar mochilas, llevar y traer nenes de un lado a otro. Pero los chicos aprenden a hablar, a abrazar y a reír. Y al final del día, para ellas, vale la pena.

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