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TEMAS DE LA SEMANA

Macri y su traje de amianto

Ni derrumbes, ni tomas, ni paros, ni la causa del espionaje afectan el sueño presidencial de Macri.

Por Reynaldo Sietecase
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En un mes cinco vecinos de la Ciu­dad de Buenos Aires murieron en accidentes que pudieron evitar­se. Tres jóvenes perdieron la vida cuando se derrumbó el gimnasio al que con­currían en Villa Urquiza el pasado 9 de agos­to y hace una semana, dos chicas fueron aplastadas cuando cedió el entrepiso de un boliche en Palermo. La protesta estudiantil no encuentra vías de solución: todavía hay una veintena de colegios tomados y se sumó un paro de maestros y profesores. En tan­to, la Comisión Investigadora de la Legislatu­ra porteña comenzará a citar a personas vin­culadas con las escuchas telefónicas ilegales por las cuales el jefe de Gobierno está pro­cesado y espera el juicio oral. Esta sucesión de problemas, que harían tambalear al polí­tico más experimentado, no afectan el sue­ño presidencial de Mauricio Macri. Todo lo contrario, lo refuerzan.

Los principales colaborado­res del jefe de Gobierno porteño se muestran confiados en que superará el tsunami de inconve­nientes: «La mayoría de la gente le cree a Mauricio», dicen. Con esa convicción, apenas volvió de su viaje por algunas capitales eu­ropeas, Macri aceptó varias en­trevistas donde dio una versión completamente opuesta a la que sostienen estudiantes y legisla­dores de la oposición. «Los que protestan son una pequeñísima minoría (20 o 30 sobre miles)»; «el presupuesto está ejecutado en un 56 por ciento»; «los que nos critican fueron los que de­clararon la emergencia educativa en 2007 porque dos de cada tres escuelas tenían problemas»; «hicimos 940 obras»; «revertimos diez años de decaden­cia»; «invertimos en infraestructura escolar más que en los gobiernos de Telerman e Ibarra», disparó. Cerca de Macri creen que esta semana las tomas de escuelas cederán. El plan de obras que presentó el ministro Esteban Bullrich, que recoge la mayoría de los planteos de los secundarios, y el males­tar de muchos padres por la extensión de la medida de fuerza serán decisivos para ce­rrar el conflicto.

Tampoco muestran señales de alarma ante las consecuencias de las dos tragedias sucesivas. «Desde el Estado se hicieron bien las cosas. Esto no es Cromañón. Aquí no hubo corrupción ni coimas para no contro­lar», aseguran. Sin embargo, en el caso de Vi­lla Urquiza que­dó en claro que, más allá de la irresponsabilidad del ingenie­ro a cargo de la obra lindera al gimnasio, no se hicieron los controles adecuados y se des­oyó un pedido de intervención realizado por la Uocra. Y en relación al boliche Beara toda­vía no se explicó por qué hubo nueve inspec­ciones y ninguna detectó irregularidades. En tanto la cuestionada Agencia Gubernamen­tal de Control suspendió los permisos de es­pectáculos en boliches calificados como «ca­sas de fiestas privadas». La oposición señala que durante la gestión PRO se autorizó la realización de un centenar de recitales en esos «boliches disfrazados».

Según un coronel macrista, más allá de las chicanas, la comisión legislativa que in­vestiga las escuchas ilegales no provocará mayores zozobras. Es más, algunos legisla­dores oficialistas creen que podrán demos­trar en base a diversos testimonios que el juez federal Norberto Oyarbide, a cargo de la investigación judicial del caso, tiene in­tencionalidad política. Contarían con va­rias personas que ratificarían la versión por la cual el magistrado anunció que «se lle­varían puesto» al jefe de Gobierno meses antes de su procesamiento. Esto reafirma la idea que el PRO quiere instalar en la so­ciedad: Macri es víctima de una conspiración po­lítica orquestada por el gobierno nacional. Insisten con que se producirá «el efecto De Narváez», cuando el dueño del canal América fue vinculado a la causa de la efedrina y semanas después ganó la elec­ción en la provincia de Buenos Aires.

Aunque en las antípodas ideológicas del Partido Obrero, el análisis que hacen los di­rigentes del PRO es de impronta trotskista: «Cuanto peor, mejor». Ni los derrumbes con sus secuelas de muertos, ni las protestas de estudiantes y docentes, ni la investigación so­bre el espionaje telefónico harán mella en la candidatura. Están convencidos de que no pa­garán costos políticos. Según esta línea argu­mental, en la Capital Federal, los que apoya­ron al jefe de Gobierno lo seguirán haciendo y los habitantes del interior del país -ajenos a los conflictos porteños- seguirán valorándolo positivamente. Su exitosa gestión en Boca, las intensas recorridas por el país y las aparicio­nes públicas hacen la diferencia. Explican que muchos lo siguen ubicando lejos de la políti­ca y eso es un plus importante.

Los dos aspirantes a la sucesión en la ca­pital argentina, el jefe de Gabinete, Horacio Rodríguez Larreta, y la diputada Gabriela Mi­chetti, tanto por convicción como por con­veniencia alientan la candidatura presidencial de Macri contra viento y marea. En off no se dan tregua y en on defienden al Jefe que tal vez tenga que decidir «a dedo» entre am­bos. Coinciden en que el electorado se dividi­rá en tres tercios: kirchnerismo, UCR y aliados y Peronismo Federal en alianza con el PRO. Imaginan una segunda vuelta entre Néstor o Cristina y Mauricio, en la cual se impon­drían. La ausencia de candidatos «con votos» y atractivos para el electorado independien­te en el peronismo disidente (Duhalde, Solá, Das Neves y Rodríguez Saá) determinará la necesidad de una alianza con el PRO. «Ya de­mostramos que se le puede ganar a Kirchner si nos juntamos», dicen. Sólo la participación de Carlos Reutemann podría modificar este planteo. Mauricio a Presidente y De Narváez a la Gobernación, una suerte de Unión-PRO recargada con Duhalde en la distancia y todo el peronismo anti-K alrededor.
Según esta proyección el tra­je de candidato de Mauricio Ma­cri estaría revestido de amianto. Ese material que resiste los ata­ques del fuego pero que contie­ne elementos contaminantes. Los especialistas aseguran que su uso prolongado provoca irreparables daños a la salud. La última diri­gente que usó la metáfora del traje de amianto fue Hillary Clin­ton quien, al poco tiempo, era desbancada por Barack Obama como candidata demócrata a la presidencia.

 

Fuente Especial para Diario Z
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