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TEMAS DE LA SEMANA

Luis Pescetti: ‘Los chicos no son angelitos rosados’

Un estilo que oxigenó la música y la literatura infantil.

Por Natalia Gelos
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En la previa a la presentación de Nuestro planeta. Natacha, el último libro de Luis Pescetti, había ruido a recreo: grititos, bolsitas de papas fritas que se revuelven, gaseosas que se destapan, los pasos cortos de algún niño que corre hasta la butaca. Su Natacha es una niña de clase media con una curiosidad voraz y pensamiento crítico a toda hora. Una especie de Mafalda posmoderna. Esta vez, la saga la pone en medio de la revolución de un grado que se ve obligado a compartir las tareas con los chicos de otra escuela ¿La consigna? Modos de salvar el planeta. «Una tarea para todddddo el año», juega el escritor cuando lee los capítulos en voz alta. Y los chicos se ríen. Y los padres se ríen. Y Pescetti ríe también. Autor de casi treinta libros (para adultos y para chicos), de siete discos, de shows a sala llena, en todas sus disciplinas fue galardonado. Ha sido ganador de un Grammy Latino (2010), de un Casa de las Américas (1997), entre otros. Pescetti, que nació en 1958 en el pueblo santafesino de San Jorge, pero que luego vivió en México, en Suecia, en Cuba y en 2001 retornó a Buenos Aires, es la prueba de que no sólo se atrae público infantil con muchachitas de pollera corta, ex vedettes de pollera más corta o princesas y piratitas.

¿Cómo fue la experiencia con tu primer libro El pulpo está crudo?
Yo era profesor de música en escuelas primarias. Escribía, leía y todo lo compartía con mis alumnos. Tenía muchos textos y con ellos probaba. Cuando estaba comprando mi pasaje para Cuba me avisaron que el El pulpo está crudo iba a salir publicado. Yo estaba fascinado, y lo sigo estando, con los juegos que proponía Gianni Rodari en la gramática de la fantasía. Era una escritura que buscaba divertirme y a la vez proponía juegos de imaginación. Después empecé con más diálogo, como los Natacha, o con historias personales. Y volví a los juegos de lógica e imaginación, desde otro lugar.

¿Cómo elegís los temas?
Algo te llamó la atención y lo compartís. Así se van juntando anécdotas. Si no tengo nada significativo, que aporte algún sentido, no digo nada. Otras veces, quiero hablar sobre un tema determinado. Por ejemplo, en estos días los chicos tuvieron muchas noticias sobre los bancos y las crisis y las plazas que se toman y los indignados. Con eso hice la letra de una canción. A mí me importa que los chicos vean que la justicia es algo que se construye. La canción dice: «No todo lo que es justo se hizo ley/ni todo lo que es ley hace justicia».

¿De qué manera construís tu relación con los chicos?
Confío en que no tengo que estar bajándoles línea permanentemente. Eso marca la diferencia. Vos sabés como es un chico. Te acordás de como eras. Pero lo que pasa es que en el mensaje que uno le dirige a un chico, siempre se interpone el hay que educarlos, el hay que, y muchas veces la estrategia es equivocada. Los chicos no tienen ganas de que los tomen por tontos. No quiere decir que no los tenés que guiar, pero los tenés que tener en cuenta como personas que buscan ser eficaces, inteligentes, que no son angelitos rosados, o no al menos de una manera boba.

¿Tu público cambia según donde vayas?
Los chicos son distintos por zonas urbanas y rurales, y dentro de las zonas urbanas, por barrios. Por ahí pasa la diferencia, más que por grandes cortes culturales. A la hora de acercarse a un chico que está hiperestimulado, con cursos, banda ancha, blackberry, vas a tener que buscarle la vuelta porque tiene una sobrevalorización de él mismo, va a tender a posicionarse muy arriba. Lo que cambia es cuánto acceso y necesidad de consumo tenés.

Los chicos no leen, pero a vos te leen. ¿Por qué?
Las estadísticas del Ministerio dicen que leen más. Sí tienen más herramientas: pueden ser youtubers y subir sus videos, subir su perfil de Facebook y pasarse un rato en la Wii. Se complejizó la industria del entretenimiento.

En el páramo colorido que es su estudio, al final de un jardín frondoso en Belgrano R, Luis Pescetti trabaja por las mañanas. Cuando prepara un libro, se impone un régimen de mil palabras por día. Es su disciplina. También allí compone y por eso guarda un teclado y una guitarra con las que da forma a esas canciones que recrean el punto de vista de la infancia con sarcasmo y sin solemnidades. Surgen así canciones con ecos de Leo Maslíah, de zambas; temas que hablan de la cotidianeidad y dicen: «Mi papá no me mira, / mi mamá no me mira, / soy invisible…» o, con sorna, «Mamá, no quiero que hoy vayas al trabajo», en forma de blues, una técnica, bromea, «de manipular a los mayores, esos seres que, a veces, parecen no entender nada».

DZ/km

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