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TEMAS DE LA SEMANA

Los vencedores y los vencidos: El arte, caja de resonancia

Medio centenar de obras principalísimas señalan las marcas de la violencia vigentes en medio siglo de producción artística argentina.

Por M S Dansey
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Nada menos. La violencia, esa fuerza desenfrenada que arrasa con lo que tiene enfrente. Que destruye. Que ejercemos mu­chas veces a conciencia aunque sepamos que todo vuelve de otra manera. O quizá justamente por eso. Porque es parte de la naturaleza. Acaso hay algo más bello, verti­ginoso y atroz que la violencia del cosmos, el espectáculo de las estrellas.

Cómo no entender entonces el uso de la fuerza física y sus sucedáneos, la violen­cia verbal, la tortura, las armas. El ser huma­no da para todo. Es la criatura más cruel del planeta. Aunque también es cierto que así como se deja llevar por los raptos violentos, al mismo tiempo los denuncia, los señala, intenta identificarlos, busca sus raíces y en el mejor de los casos consigue encauzar esa energía hacia otros fines, de otros modos… Lo que se dice, superarla.

El arte no es ajeno a este fenómeno se­gún la curadora Ana María Battistozzi: “El arte ha actuado como caja de resonancia de la violencia de nuestro tiempo. Y ese eco ha sido revelado por gran parte del arte y la cultura argentinos en distintos momen­tos, como consecuencia de acontecimien­tos históricos o políticos puntuales pero, in­cluso, más allá de ellos”.

Los vencedores y los vencidos, la mues­tra que estará hasta el 9 de noviembre en el Museo de Arte Moderno (San Juan 350), alude al eslogan supuestamente conciliato­rio de la Revolución Libertadora. Sin duda un punto posible para empezar a pensar los procesos políticos de la Argentina con­temporánea, pero también cla­ve porque en ese marco históri­co surge, de manos de Rafael Squirru, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y esta colección, una de las más importantes, sino la más, para comprender al arte argen­tino de los últimos sesenta años. “Cruci­fixión”, de Norberto Gómez y “El parto” de Alberto Heredia son la mejor muestra de la producción de principios del 80, cuando los artistas pudieron referirse con mayor liber­tad a la barbarie de la dictadura. Hay otras piezas, como la pintura de Diana Dowek o el cartelón “Kremlin y castigo”, pintura a cuatro manos de Guillermo Kuitca y Alfre­do Prior, que denunciaban los abusos ideo­lógicos de la misma progresía.

Como éstas, las principales piezas de la muestra anclan en los hitos que marcaron la historia reciente del país. Algunas son ilustra­tivas como la instalación fotográfica de Gra­ciela Sacco sobre las manifestaciones de 2001 o la fotografía de Santiago Porter que retrata a la mamá de un nene de cinco años muerto en el atentado de la Amia. Otras son ilustra­tivas aunque de manera simbólica, como las mesadas de grasa vacuna de Cristina Piffer o las cucarachas de León Ferrari, acaso una alegoría de la corrupción de los 90.

Pero no todo es política de Estado. Sería iluso resumir el fenómeno dejando afuera las escenas de la vida cotidiana. Un autorretrato de la artista Ananké Assef la muestra en pose prísti­na, sosteniendo un cartel que dice Prohibido Violar. Igualmente retó­rico, pero mucho más lejos, sumido en un profundo existencialismo, los autorretra­tos de Oscar Bony fueron ejecutados por el mismo Bony con una nueve milímetros.

La violencia está en la misma práctica artística, ahí están las pinturas de Alber­to Greco, de Jorge de la Vega y de Felipe Noé que llegaron para destruir todo lo an­terior. O los anteproyectos de cárceles de Horacio Zabala, que más que una metáfora del terrorismo de Estado parecen tener que ver con la autocensura y la penuria del pro­ceso creativo. Es en ese momento, cuando la violencia se hace carne de uno mismo. Y va contra uno mismo. Cuando todo toma otro significado. Gestos menos explícitos y no por eso menos significativos como la de Mónica van Asperen, que clava agujas so­bre una tela para sostener exquisitos cilin­dros de vidrio.

Seguramente falten piezas fundamen­tales que nunca ingresaron en el acervo. Hablando de violencia se puede pensar so­bre la violencia que significa todo recorte curatorial, cuando no presupuestario. Se recuerda que fue el escándalo por una ma­niobra extorsiva que buscaba la donación compulsiva de obras lo que provocó la re­acción de la comunidad artística y el con­secuente cambio de autoridades en la con­ducción del museo.

Nobleza obliga: fue la antigua directora, Laura Buccellato, quien pensó esta muestra con Battistozzi que ahora la lleva a adelante bajo el paraguas de Victoria Noorthoorn, la nueva directora. Un ejemplo de buenas vo­luntades que viene a encauzar la fuerza tre­menda de este museo, una institución le­vantada por su propia comunidad.

Los vencedores y los vencidos. Marcas de violencia en la colección del Museo de Arte Moderno. MAMBA. San Juan 350.

 

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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