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Los Perales: Mataderos blues

Fútbol, asado dominguero y promesas a San Pantaleón.

Por Leonardo Alías
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Parque Centenario
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El barrio comprende 45 monoblocks de tres plantas, pintados de blanco, sin graffitis ni intervenciones artísticas. En Los Perales no existe una entrada principal, por eso resulta difícil distinguir los frentes de los contrafrentes. A los departamentos de planta baja se accede directamente desde el exterior, sin entrar en el edificio. Cada uno tiene una puerta lateral con una escalera interior que comunica con el primero y el segundo piso. Los Perales fue fundado el 13 de septiembre de 1947 por Eva Perón y se terminó de construir a mediados del 49. Está ubicado en los límites de Mataderos, en el perímetro comprendido por las avenidas Lisandro de la Torre y Eva Perón, y las calles Carhué y Justo Suárez, frente al Mercado de Hacienda. En los papeles se llama, desde 1955, Manuel Dorrego. Aunque los vecinos nunca aprobaron el cambio de nombre.

Los días de semana el movimiento de Los Perales se teje con el trajinar de personas que salen a trabajar, de chicos que vuelven del club, de vecinos que tienden la ropa en la ventana, de mujeres que remueven la tierra de los canteros y sacan las hojas de las piletas de lona. Entre los edificios casi no hay espacios libres de árboles y plantas. Plátanos, álamos, palos borrachos, pinos que superan la altura de las construcciones. Tanto verde que dos de las calles que cruzan el barrio llevan nombre de flores: Irupé y Amancay. Y los domingos no sólo hay aroma a aire fresco, las parrillas escondidas entre las plantas convocan al asado familiar. Ese día se llenan las canchas de fútbol y de básquet.

Los sábados un gigante eclipsa la vida del barrio. Al llegar a la calle Cosquín, frente al block 9, aparece una mole de ladrillos y cemento gris. La tribuna da la espalda al barrio. Está repleta de pintadas que hablan de la pasión incondicional por el Torito de Mataderos. Es que hablar de Los Perales y no hablar de Nueva Chicago es como describir una banda de rock y olvidarse de la batería. Está atrás, es cierto, pero es uno de los nervios que le dan empuje.

Cuando juega Chicago el barrio se convierte en una marea verde y negra. Camisetas, banderas y gorritos deambulan hasta la hora del partido cuando las tribunas revientan con una de las hinchadas más populares.

También al fondo, pero por la calle Monte, está la iglesia de San Pantaleón, el santo de los enfermos. El 27 de julio es su fiesta principal. Todos los 27 llegan promesantes para pedir o para agradecer.

En la plaza algunos chicos juegan a la pelota, otros en las hamacas, subibajas y toboganes mientras los grandes conversan o pasean sus perros, se sientan en las mesitas a tomar mate. En dos pabellones curvos, al cruzar la plazoleta, se encuentran varios locales destinados a negocios. En la actualidad la mayoría están cerrados, sobreviven, casi en las sombras, un supermercado chino y un lavadero de ropa. En el otro pabellón funcionan una biblioteca y un centro de día.

A la noche, desde la avenida Lisandro de la Torre, Los Perales se transforman en un racimo de luces al sur de Mataderos. Los vecinos llegan con sus mochilas y bolsos al hombro, se internan por las veredas angostas y se diluyen en las sombras. La mayoría espera con ansiedad el fin de semana en el que Chicago vuelve a jugar de local.

Fuente Redacción Z
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