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Liniers, el trazo simple de las cosas

Franca González convirtió al dibujante en protagonista de su película.

Por nahuel-mercado-diaz
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La historia de esta película podría ser argumento de otra película. La documentalista Franca González obtiene una beca para filmar en Quebec, lo que la lleva al crudo invierno de Canadá. Comparte la casa con otro becario argentino: el dibujante Ricardo Siri, también llamado Liniers, el autor de Macanudo, Bonjour, Conejo, Olga, Enriqueta, Fellini, Cosas que te pasan si estás vivo, varios libros y kilómetros de historietas. Los veinte grados bajo cero y la nevada juegan en contra de los planes de la realizadora, que no puede salir a filmar. Mientras, en el mismo departamento, sin hacerse ningún problema y mirando nevar través de la ventana, el compañero de beca dibuja en su escritorio.

«Liniers trabajaba como un bestia. Yo me levantaba a las ocho de la mañana y ya estaba trabajando. Me impactó esa desesperación creativa, me hizo replantear muchas cosas. Así que dije: por qué empecinarme en sacar la cámara afuera si acá tengo un artista superinteresante y una posibilidad bastante extraordinaria para un documentalista: tener al personaje de una posible filmación en casa», cuenta Franca. Así comenzó el rodaje de Liniers, el trazo simple de las cosas.

La cámara sigue al historietista en su trabajo diario, firmando autógrafos en un colectivo, mirando en su sillón una película de Chaplin, contando fascinado como Matt Groening, el realizador de Los Simpsons, compra en Buenos Aires varios libros suyos. Y lo muestra en acción: dibujando un mural en la calle, pintando sobre el escenario en un recital de Kevin Johansen. Y reflexionando sobre su modo artesanal de trabajar: «Soy como un viejo que hace dibujos con sus manos, soy como Gepetto», dice Liniers. Y el público ríe y se conmueve como si estuviera leyendo una viñeta de Macanudo, el conejo con orejas grandes y anteojos. También conmueve Liniers, que desciende del mismísimo virrey Liniers, contado por él mismo. Del orgullo cuando en la escuela le enseñaron las Invasiones Inglesas y de la tristeza, a los pocos días, al enterarse del fin del antepasado. «La pucha, pensaba como que habían fusilado a mi abuelito». Y aunque lo dice entre risas, dan ganas de abrazarlo.

Claro que no fue tan fácil. La resistencia de Liniers a ser filmado en la intimidad, los límites y condiciones que impuso fueron un desafío. El tiernísimo afiche de la película lo refleja en forma de historieta: «¿Un documental sobre mí? ¿Te parece? ¿No conocés a alguien más interesante?», pregunta Conejo. «Fueron meses y meses de dormirme pensando cómo utilizar ese conflicto para que fuera parte del conflicto en la película. Fui tomando esas decisiones sobre la marcha, y, sinceramente, algunas las resolví recién en el montaje», dice Franca. Que ganó la partida lo testimonia Liniers mostrando viejos cuadernos de bocetos o hablando de su paternidad primeriza.

¿Hay una unión entre la forma de trabajar de Liniers y el concepto del documental?
En Canadá, una experiencia tan nueva, nos impactaban las mismas cosas. A veces no las comentábamos, pero a los pocos días descubríamos que cada uno había transformado a su lenguaje una misma situación. Una tarde me pasé filmando las bicicletas enterradas en la nieve, lo único que se veía era el manubrio y el asiento. Es fuerte porque la bicicleta pierde su utilidad en el invierno, hay que esperar seis meses para volver a usarla. A los dos días, entro al blog de Liniers y veo una viñeta que decía: «En Quebec las bicicletas hibernan». Casi el mismo encuadre.

El concepto de carpe diem se ajusta al documental: vivir el momento y esperar.
Totalmente. Yo intentaba descubrir de qué modo lo impactaban las cosas de la vida cotidiana y cómo se daba el proceso creativo, cómo transformar algo de la realidad en algo poético. Intenté buscar esas cositas cotidianas de las que él se nutría para transformarlas en dibujo, en ideas.

¿Y cómo se da?
Es un proceso solitario el de la inspiración, era un desafío tratar de mostrarlo en una película. Liniers trabaja en forma muy lúdica, como un niño que está todo el tiempo haciendo dibujitos, compulsivamente, esté en una plaza o tomando un café. Por eso, devela de un modo muy mágico el proceso creativo, que tiene que ver el talento pero sobre todo con el trabajo constante, con pasar por cien pruebas. Liniers rompe eso de que el artista es un ser inspirado. Genios hay solo unos pocos, dice, después el resto es mucho laburo. Ese concepto que sale de su cabeza es a fuerza de trabajo y observación, y de no perder cierta inocencia.

 

Fuente Redacción Z
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