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Liliana Porter: Tu propia historia

Maraña de relatos sugeridos alrededor de mundos rotos y un hombrecito con hacha.

Por Marga Danchuk
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Habrá sido un estruendo. Ahora el silencio reina pero en alguna parte sigue sonando el estrépito de ese piano estrolado contra el piso, lo primero que uno ve ante el remolino de sillas, platos y jarras de porcelana, fotos, relojes, botellas y un universo de objetos cotidianos hechos añicos y esparcidos en la sala impoluta del MALBA.

Es la primera muestra de Liliana Porter (Buenos Aires, 1941) en esta institución y según dice la curadora, Graciela Speranza, es “la instalación más ambiciosa de su carrera”. Una especie de “retrospectiva sui generis” resumida en una sola obra. Porque en el cúmulo de escombros se descubren los personajes y las operaciones mentales que Porter ha venido trabajando, si no toda su vida, al menos los últimos 20 años.

“Abrumado con el desorden, el que mira tiende a enumerar“, dice Speranza en el catálogo. Y es muy cierto; es lo primero a lo que uno atina: “barcos, libros, relojes, soldados, tazas, viajeros, pedazos de loza” e incluso a clasificar “adornos, souvenires, miniaturas”. Pero en seguida ese orden se revela falso –¿acaso ese soldadito nazi es un juguete? ¿y qué sería el auto en el que viajan John y Jackie Kennedy rumbo a los disparos?– y se prueba otro: “cosas enteras, cosas viejas, cosas rotas”; y después otro: “personajes célebres y anónimos, animales reales y ficticios”, aunque también ese intento fracasa porque las categorías con las que se podría clasificar un conjunto tan diverso se multiplican a tal punto que finalmente no hay nada que lo reúna.

Hay otra reacción posible –natural e inevitable– y es la de trazar historias. Lo que se derrama alrededor del piano bien podría ser la sinfonía inconclusa que Porter, y cualquiera de su generación, que es la generación crecida durante la segunda mitad del siglo XX, tiene en la cabeza. Podría ser también que ese hombrecito con un hacha, que le da nombre a la instalación y está ahí, ubicado en uno de los bordes, sea el protagonista del descalabro. Dicen aquí y allá: Metáfora del tiempo que lo destruye todo. Pero a decir verdad hay tantos caminos como espectadores. Lejos de ser homogénea, la maraña tiene sus matices. Donde uno se detenga encontrará una escena con distintos protagonistas en actitudes similares: un jardinero regando, una mujer barriendo, un hombre desbrozando una madeja que, como la mugre, como la mata, claramente tiene otra escala. Quizás desde su perspectiva ellos no lo noten –o sí, ¿porqué subestimarlos?– pero definitivamente las labores emprendidas tienen una dimensión que los excede. Nuevamente se escucha aquí y allá: El hombre ante la utopía. No importa cuál fuere. Para el caso: las ansias de clasificar, de poner orden, de entender qué es lo que está pasando. Algo que nunca podremos del todo y sin embargo acá estamos.

La artista, se sabe, viene atesorando estas piezas desde que tiene memoria. Y ese empeño de coleccionista, como en el juego posterior de disponer las piezas en diálogo cruzado, son tareas del mismo orden utópico que, sin embargo, tienen la particularidad de permitirnos salir del mundo por un rato, de ubicarnos por fuera de l rutina y alcanzar un plano existencial donde sentir al mismo tiempo la voluntad divina y el límite humano. Todo al mismo tiempo, sobre las tarimas blancas que luego de un momento son las que realmente se imponen silenciosas. A esta altura, los estragos de la vida solo vienen a señalar el contorno de eso a lo que no tenemos acceso. Todo, parece, es solo cuestión de tiempo. No habrá final feliz en esta historia, pero tampoco habrá penas.

DZ/rg

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