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Lidia Borda, una filósofa de la tanguidad

La cantante dice que lo que le gusta del tango ‘es que me lleve a un lugar de misterio’.

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Es la cantante que en la actualidad le imprime una tenue nostalgia de suburbio al tango. Su voz trae un dejo a Homero Manzi, no sólo por el repertorio que elige, sino por la cadencia honda en la interpretación. Lidia Borda se ríe cuando le preguntan si es filóso­fa. Es que llama la atención su manera de reflexionar sobre la práctica artística. Con­fiesa que los bandoneonistas la detestan porque canta en un tono que no les resulta cómo­do, y a pesar de ello dice que no tiene problema en trabajar, por ejemplo, con Rodolfo Me­deros. A esta vecina de Parque Patricios le espera un año movi­dito, con dos discos nuevos en gateras: uno con sus músicos, Daniel Godfried y Ariel Arga­ñaraz, y otro con su hermano, Luis Borda.

Solés usar el término «tanguidad». ¿Lo acuñaste vos?
No, no es mío, sino del poeta Luis Navalesi. Es un término que tiene que ver con el ser tanguero y se relaciona no sólo con la música y la danza del tango. Ser tanguero es una forma de vivir, de pensar, de ca­minar, de hablar, de relacionarse con la geografía, y para eso no es necesario tener directa relación con el tango. Tiene mucho que ver con las inflexiones de la voz. Las inflexiones de la voz en Gardel dan una idea de cómo hablaban los porteños en esa época. Se ha­blaba bastante diferente, pero hay rasgos y pequeños tonos e inflexiones que no se han perdido.

Aunque difieren según los barrios.
Pero esas pequeñas diferencias regionales de la ciu­dad también existían cuando cantaba Gardel. Una chica de clase media no hablaba igual que una hija de obreros. El lenguaje urbano y de clase media alta tiene una impostación pretendidamente europeizada. Pero aun así, hay tanguidad en eso. Existen rasgos comunes en los que uno puede reconocer que se tra­ta de un porteño. La gente de afuera va a reconocer el canto nuestro. Por ejemplo, al en­trerriano y al correntino se les nota el río en las inflexiones. En cambio, a nosotros, lo que nos quedó fue el resentimiento por no poder usar el río. Y se nos nota en la voz.

¿Hay en tu carrera una es­trategia de paso atrás, de vuelta al pasado para pro­yectarte hacia el futuro des­de un lugar más originario?
Hay curiosidad, no es hay algo estratégico definido. Lo que me gusta del tango es que me lleve a un lugar de misterio, a un lugar que no puedo descifrar com­pletamente. Ese «cerrame el ventanal que arrastra el sol su lerdo caracol de sueño».

¿Cuál es el tema más difícil de cantar?
«Senda florida», de Gardel. No lo cantaría nunca. Es un temazo, pero tiene una melodía muy difícil. Mi voz es rara, porque siempre canto en tonos en los que a los músicos les resulta difícil tocar, sobre todo a los bandoneonistas, que me odian bastante. Igual tengo pensado hacer algo este año con Rodolfo Mederos.

DZ/km

Fuente Redacción Z
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