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Líderes comunitarios: te enseño a pasarlo bien

Durante tres años, chicos de bajos recursos son formados en recreación.

Por alejandro-margulis
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Puerto Pibes es un complejo inte­gral destinado a actividades re­creativas, turísticas y culturales para chicos y adolescentes de ba­jos recursos. Está asentado en Cantilo y La Pampa, en un predio verde cercano al río. Ahí concurren a capacitarse como promo­tores y líderes comunitarios chicos de toda la Capital, fundamentalmente de los secto­res más afectados por la exclusión. Clubes de jóvenes, centros asistenciales familiares, casas de niños y adolescentes, comedores y otras instituciones convocan a los chicos del denominado Cordón ZAP (Zona de Aten­ción Prioritaria) para que aprendan a ense­ñar a jugar y divertirse a sus pares. Puerto Pibes depende de la Dirección General de Niñez y Adolescencia del Ministerio de De­sarrollo Social.

El Gobierno de la Ciudad, el año pa­sado, intentó derivar el predio a la Poli­cía Metropolitana. Hubo protestas y recla­mos de los trabajadores, el periodismo y la gente los defendió. Finalmente, el desalojo quedó en nada y, por el contrario, ganó di­fusión el trabajo silencioso que vienen ha­ciendo desde hace varios años los recreó­logos que allí trabajan.

«Durante ocho meses estuvimos con­viviendo con la Policía Metropolitana y a principios de año recuperamos el espacio. Con esa ola vinieron muchos más docen­tes y recursos, y ahora a la ministra le en­canta… Medio paradójicamente, con esta gestión crecimos…», cuenta Pablo Ursul, de 36, técnico en recreación y coordina­dor del curso.

«Nuestros alumnos son pibes de en­tre 16 y 25 años que viven en villas de la Ciudad -explica Darío, otro docente-. No de­cimos que tienen sali­da laboral. Pero, para nuestra sorpresa, bue­na parte de los 580 egresados, de los cua­les unos 200 completaron el ciclo de dos años y medio, ya se encuentran trabajan­do.» Es tan grande la demanda del alumna­do que este año el curso abrió los tres pri­meros niveles al mismo tiempo.

Todos los sábados a la mañana, primero en el predio y más tar­de en los propios ba­rrios e instituciones de los que provienen, los estudiantes practican. Por ejemplo, coordinando grupos de 40 o 50 chicos. Esas actividades se realizan en pri­mer y segundo año. Ambos ciclos terminan con un gran campamento. La idea es ayudar a los chicos para que ellos mismos empiecen a gestar sus proyectos. «El tercer año es para poner en marcha un proyecto recreativo ar­tístico y comunitario propio», explica Ursul.

Cada diciembre los egresados viajan hacia un punto del país y en ese viaje (2500 kilómetros a recorrer en cinco días) el coor­dinador «se va corriendo» para que los pro­pios pibes (nunca menos de veinte por viaje) decidan la logística, desde qué comer hasta dónde ir y qué presentar a un público des­conocido. Así llevan por lugares que jamás habían soñado conocer obras artísticas, ta­lleres de participación y reflexión juvenil y una actividad recreativa masiva. Los alum­nos cobran 200 pesos por asistir al curso, parte de los cuales destinan a un fondo co­mún para la compra de equipamiento, ves­tuario o lo que consideren necesario para llevar adelante sus respectivas propuestas.

Veintiún equipos de entre cinco y siete chicos saldrán este año desde Puerto Pibes a hacer sus primeras prácticas de 2010. «Acá hay transformación. Desde niños fueron vis­tos de forma segmentada, como fatalmente destinados a ir hacia la marginalidad. Apar­tir de esta experiencia los llaman ‘profe’. Ya no son más los que recibían apoyo escolar sino que son ellos los que dan a su comuni­dad», comentan los recreólogos sin disimu­lar el orgullo.

«Muchos suelen decir: ‘Me rescatas­te. Era esto o el precipicio'», resume Juan Agustín Madueño, de 53. «La mayoría de sus situaciones de vida están signadas por una situación extremadamente marginal. En estos talleres, los chicos encuentran es­pacios, un lugar donde son escuchados, atendidos. La escuela común, en general, es expulsiva para estos pibes. una ins­titución tan rígida, son vistos como rebel­des de aspectos violentos. El docente pone más distancia y lo que los chicos demandan es mayor intimidad y compromiso. Los edu­cadores más populares saben qué estrate­gias utilizar para trabajar con ellos. Eso es, a la vez, lo sencillo y lo difícil. Nosotros aten­demos la cuestión afectiva y vincular, ante todo. Recién después viene todo lo demás», comenta Ursal.

 

Fuente Redacción Z
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