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TEMAS DE LA SEMANA

Libros sobre la dictadura

Infinidad de investigaciones y obras de ficción abordan los años del terrorismo de Estado

Por Juan Pablo Csipka
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Desde el fin de la dictadura, hubo y sigue habiendo libros que dieron cuenta de lo vivido en la segunda mitad de los años 70. A continuación, un recorrido arbitrario por algunos títulos que se han vuelto clásicos.

A poco de reinstaurado el estado de derecho, Miguel Bonasso estremeció al país con Recuerdo de la muerte. Su novela de no ficción retrataba el horror de la ESMA a través de los ojos del secuestrado Jaime Dri, quien se pudo escapar de los marinos.

A fines de 1984, la conmoción por la entrega del informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas se convirtió en el libro Nunca Más. Publicado por Eudeba, agotó varias ediciones en los primeros meses de 1985, el año en que, en base a ese informe, se desarrolló el Juicio a las Juntas. Para esa época, Juan Gelman y Osvaldo Bayer desgranaron a cuatro manos las penas del desarraigo en Exilio.

Un año más tarde, y con el debate en ciernes del Punto Final, apareció Como los nazis, como en Vietnam, de Alipio Paoletti, que puso nombre y apellido a los principales represores del país de las Fuerzas Armadas y la policía. Mientras se discutía si se extendía la acción judicial a los mandos medios, La noche de los lapices, de María Seoane y Héctor Ruiz Núñez, ponía el foco en el secuestro de un grupo de estudiantes secundarios en La Plata que luchaban por el boleto estudiantil.

Para aquella época también vieron la luz textos sobre la experiencia militante, como Montoneros, final de cuentas, de Juan Gasparini; y Los últimos guevaristas, de Julio Santucho, hermano del fundador del PRT-ERP.

Así, en 1992 sería el turno del entonces recientemente indultado Emilio Eduardo Massera en Almirante Cero, de Claudio Uriarte. Para muchos, es la cumbre del relato sobre los 70, al poner al jefe de la Armada como exponente de su época y al Proceso como telón de fondo.

Con todo, el mayor impacto bibliográfico aun estaba por llegar: sería en 1995, con El vuelo, de Horacio Verbitsky. En base al testimonio del marino Adolfo Scillingo se pudo comprobar de forma definitiva, por boca del represor, una de las formas de exterminio de la dictadura: los vuelos de la muerte, desde los que se lanzaba a secuestrados anestesiados al Río de la Plata.

Sobre el final de los 90, militantes de base de los 70, víctimas de la represión y el exilio, le pusieron la voz al relato coral La Voluntad, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós, un monumental recorrido de más de mil páginas desde el comienzo de las ilusiones a fines de los 60 hasta la tragedia de la dictadura.

También se indagó en la relación del periodismo con el poder dictatorial, como hicieron Eduardo Blaustein y Martín Zubieta en Decíamos ayer: la prensa argentina bajo el Proceso. En la relación de la dictadura con el Plan Cóndor, en Los años del lobo, de Stella Calloni. En el reciclado de los grupos parapoliciales en bandas que realizaban secuestros extorsivos, en Buenos muchachos, de Carlos Juvenal. Y la experiencia del campo de concentración, desde la óptica de una sobreviviente, tuvo en Poder y desaparición, de Pilar Calveiro, un texto clave.

Con el nuevo siglo, en consonancia por los 25 años del golpe, llegaría el turno de la biografía de Jorge Rafael Videla, El dictador, escrita a cuatro manos por María Seoane y Vicente Muleiro. También los dos tomos de la Historia de las Madres de Plaza de Mayo, una investigación de Ulises Gorini.

Desde la ficción

La narrativa indagó sobre la dictadura explorando sobre diversos aspectos de la dictadura: la represión, el exilio, Malvinas. El material es amplio, sigue una lista parcial de textos de las últimas décadas.

De forma elíptica, la dictadura era retratada en 1980 en Nadie nada nunca, de Juan José Saer, y en Respiración artificial, de Ricardo Piglia. La Buenos Aires del Proceso también es perceptible en Manual de perdedores, de Juan Sasturain, publicada por entregas en La Voz a fines de la dictadura.

La guerra de Malvinas derivó en dos novelas antológicas: Los pichiciegos, de Rodolfo Fogwill (escrita en peno conflicto), y Las Islas, de Carlos Gamerro, que examina Malvinas desde el menemismo. Entre medio de ambas, estuvo la disparatada A sus plantas rendido un león, de Osvaldo Soriano, con cuya versión fílmica soñó Alberto Olmedo. Otra obra de Soriano sobre la dictadura fue Cuarteles de invierno, acerca de la vida en un pueblo del interior.

El clima opresivo de la dictadura en los días del mundial 78 derivó en Hay unos tipos abajo, de Antonio Dal Masetto. El policial Últimos días de la víctima, primera novela de José Pablo Feinmann, podía ser leído en clave política e 1979.

C. E. Feiling también se aproximó a la dictadura desde el policial con El agua electrizada. Allí recrea la figura de un represor ficticio al que incluso le agrega un legajo en la Conadep y lo introduce en el Nunca Más.

La memoria de los desaparecidos y el exilio fue el tema de Purgatorio, la última novela de Tomás Eloy Martínez. Martín Kohan se metió de lleno en la dictadura con Ciencias Morales, con la dictadura asfixiando a los estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires; y antes, en Dos veces junio, que abre con esta pregunta: “¿A partir de qué edad se puede empezar a torturar a un niño?”

Félix Bruzzone, hijo de desaparecidos, publicó el libro de cuentos 76 y la novela Los topos, textos en los que indaga sobre esa condición.

Si la historia es un material del que se nutre la ficción, la literatura argentina está lejos de agotar las posibilidades que brinda la tragedia de la dictadura.

DZ/JPC

Fuente Redacción Z
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