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Librerías de viejo: Vendedoras de tesoros inhallables o agotados.

Los coleccionistas las elogian por lo bien nutridas y por la cultura de los libreros.

Por Alejandro Guerrero
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Vendemos locura, vivimos de la locura», dice Alberto Costa, propietario de la tradicional librería La Cueva, en Sarmiento 1556. Y sigue: «Mucha gente no viene a comprar un libro, viene a comprar un objeto, un fetiche. No quieren libros para leer, sino para atesorar».
Es el caso, por ejemplo, de los libros intonsos. Es decir, aquellos que vienen con las hojas pegadas, porque sus cuadernillos son producto del plegado de un pliego más grande y sus bordes no están refinados; esto es, no han pasado por el proceso de corte que da uniformidad a las hojas. Era una forma de editar en otros tiempos y hoy se considera a esos libros objetos exquisitos, que emulan las ediciones antiguas en las que predominaba el acabado rústico. Quien compra esos libros los conserva así, con las hojas pegadas. Eso aumenta su valor porque demuestra, precisamente, que el libro no ha sido leído y ni siquiera abierto.
Por cierto, Costa habla de la especie de los coleccionistas, los que asaltan las librerías de viejo en busca de maravillas perdidas que jamás leerán. «Vivimos de los que no leen -dice el librero-. Los que compran para leer, leen, y por eso mismo tienen contacto con la finitud, saben que no pueden leer más de lo que compran. Los otros pensarán que podrán retirarse a una isla desierta o a un monasterio de monjes tibetanos y reencarnarse tres o cuatro veces, para leer todo lo que se compraron», aduce.
Se trata, además, de personas de poder adquisitivo importante, que pueden pagar, por ejemplo, 450 dólares por XIXme. Siécle. Les ouvres et les hommes. Sensations d’Art, de J. Berbey D’Aurevilly, una edición de 1886 encuadernada en tapa dura; o 600 dólares por Il liquorista pratico. Compilato sui piú recenti sistemi e senza il concurso della destilazione, editado en Milán, en 1897, por la casa Angelo Bietti.
Aunque no es, claro está, la única fauna que circula por las librerías de viejo, que son, desde hace mucho, una de las improntas de Buenos Aires.
la Biblia de Gutenberg
Tienen historia larga esos refugios porteños de bibliómanos del mundo. Un día de 1910, en la librería que Rafael Palumbo (donde fue empleado Roberto Arlt, y según la leyenda El juguete rabioso fue escrito entre esas estanterías) tenía en Lavalle al 800, entró un hombre que, tras revolver mucho rato, sacó un viejo libraco sucio de polvo. Fue con el ejemplar al mostrador y pidió precio. «Cien pesos», le contestó Palumbo. El hombre regateó y finalmente pagó 80. Al poco tiempo, la prensa internacional informaba que un ejemplar de la Biblia de Gutenberg había sido encontrado en una librería de viejo en Buenos Aires, y que el Museo Británico acababa de comprarlo en 10 mil libras esterlinas, una fortuna. El libro que Palumbo tenía en un estante lleno de polvo aún se exhibe en Londres.
«Eso ya no podría ocurrir -dice una buscadora experta de títulos antiguos que prefiere privarnos de su nombre- porque casi todo está en Internet, que cambió mucho el mercado de libros viejos.» Sin embargo, hay quien la contradice: «A veces el librero no sabe lo que tiene -el que habla es un periodista veterano-. Hace unos años, encontré en el parque Rivadavia, entre un montón de libros de saldo, un ejemplar de Política y delito, de Hans Magnus Enzensberger. Ese libro estaba agotadísimo y se vendían a buen precio hasta las fotocopias. El puestero me lo vendió en cuatro pesos».
En razón de esas historias, es lógico suponer que, de haber existido Milo Temesvar y su extraño libro, y Adso de Melk y su manuscrito -los personajes de Umberto Eco en la famosa novela El nombre de la rosa-, habría estado en la naturaleza de las cosas que el traductor de esa obra fantástica encontrara el libro clave en una librería de viejo de la avenida Corrientes, exactamente como ocurre en la novela de Eco., que lo cuenta así: «Si nada nuevo hubiese sucedido, todavía seguiría preguntándome por el origen de la historia de Adso de Melk; pero en 1970, en Buenos Aires, curioseando en las mesas de una pequeña librería de viejo de Corrientes, cerca del más famoso Patio del Tango de esa gran arteria, tropecé con la versión castellana de un librito de Milo Temesvar, Del uso de los espejos en el juego del ajedrez, que ya había tenido ocasión de citar (de segunda mano) en mi Apocalípticos e integrados, al referirme a otra obra suya posterior, Los vendedores de Apocalipsis. Se trataba de la traducción del original, hoy perdido, en lengua georgiana (Tiflis, 1934); allí encontré, con gran sorpresa, abundantes citas del manuscrito de Adso» (Umberto Eco, El nombre de la rosa).
Mesas de saldo
Dicen que la primera librería porteña estuvo en la actual esquina de Adolfo Alsina y Bolívar, donde ahora está Ávila, antes Librería del Colegio. En ese cruce de calles, llamadas entonces San Carlos y Trinidad, se instaló un comercio, llamado La Botica, que vendía comestibles, bebidas alcohólicas, aperos, ropa… y libros.
Ahora, los turistas que visitan esas manzanas del casco histórico de la ciudad suelen entrar a revisar los viejos anaqueles, o a pedir algún título especial. No ha de ser casualidad: después de todo, la librería figura en guías turísticas internacionales y hay en ella ediciones antiguas inhallables en otros sitios. «Los extranjeros -dice uno de los empleados- piden sobre todo Borges y Cortázar, y nosotros solemos recomendarles también otros autores». En Ávila hay primeras ediciones de obras de Leopoldo Lugones, Ricardo Güiraldes o Paul Groussac, entre otros. Y supo estar en esos anaqueles la primera edición de Personas en la sala, de Norah Lange, o una edición de El Quijote, ilustrada por Salvador Dalí. Joyitas para bichos de librerías.
Hay otras librerías, si se quiere, exquisitas hasta el elitismo. Por ejemplo, el Club Burton, en Estados Unidos y Chacabuco, en San Telmo.
Otra librería insoslayable es la Librería de las Luces (Avenida de Mayo al 900). La encargada, Josefa Rosa Cases, se enorgullece de haber cumpliudo ya seis décadas como librera. «Nuestro atractivo son las mesas de ofertas y saldos, pero tenemos todo tipo de lectores», explica.
En estos días, en estos refugios de papeles que amarillean hay temores por el aumento de los precios de los alquileres, sobre todo desde que cerró Capítulo Dos, en Alto Palermo, una librería que declarada patrimonio cultural de la ciudad. Sin embargo, a más de un siglo del día en que Palumbo perdió una fortuna, porque no sabía que la tenía, las librerías de viejo siguen allí.

DZ/rg

 

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